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La Knesset: Una votación parlamentaria para ocupar la historia y el futuro

El parlamento israelí, la Knesset, en una imagen de archivo.

Los muros de piedra se erigen meticulosamente para otorgar a quienes ocupan un asiento en este parlamento un sentido especial de su profundidad histórica, y de que no existe una historia de ningún otro pueblo en este país; que sólo existen ellos. Algunos de estos parlamentarios vuelven por la tarde con sus rifles automáticos a los asentamientos construidos en Cisjordania y contemplan el valle a través de la ventana de su casa erigida en la colina.

En última instancia, los miembros de la Knesset habrán participado juntos en la ocupación de la historia y la geografía. El pueblo palestino, arraigado en esta tierra, no existe en las mentes de los colonos, su gobierno y su parlamento, ni debe existir en el futuro.

La situación no comenzó con la promulgación de la ley del “Estado Nación Judío”, aprobada por la Knesset el jueves 19 de julio de 2018. Desde el principio de este siglo, la Knesset ha aprobado leyes con nombres y contenidos sorprendentes, saturadas con una mezcla de fanatismo, odio y racismo. Incluso durante el periodo de “paz con los palestinos”, cuando se firmaron los Acuerdos de Oslo, ni un solo oficial israelí llegó a pronunciar las palabras “el pueblo palestino”. Como mucho eran “palestinos”, sólo palestinos. No son un pueblo y no tienen derecho a serlo, ya que un pueblo ha de tener una patria, una historia, unos derechos. Todos ellos son tabú en la cultura política de Israel, incluso desde antes de la promulgación de la ley del Estado Nación Judío en este verano de 2018.

En las calles, el cántico más popular sigue siendo “muerte a los árabes”. Es fácil encontrarlo pintado en las paredes o inundando las redes sociales y los comentarios públicos en webs de noticias. Es el cántico preferido de los mítines fascistas en las plazas y calles.

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El estado maníaco del ejército y de la comunidad colona se ha intensificado hasta niveles sin precedentes, y no es sorprendente que vaya acompañado de la aprobación en la Knesset de una ley que parece estar más cercana a la cultura medieval que a la era democrática. La nueva ley apoya un complejo existencial que reside en el núcleo del proyecto estatal generado por el sionismo en el colapso de la era colonial. Este Estado se basa en representaciones míticas infantiles llenas de invenciones, malas interpretaciones y leyendas. Para proteger estos conceptos míticos, deben fusionarse para siempre con una serie de leyes o embalsamarse por miedo a que se pudran en esta nueva era de la conciencia.

La ley del “Estado-Nación Judío”, aprobada por la Knesset, puede resumirse como una encarnizada campaña contra la historia, el presente y el futuro de forma que consiga eliminar cualquier reconocimiento israelí de la existencia de un pueblo palestino. Lo que quiere decir este paralmento es que no existe una Palestina ni un pueblo palestino, ni siquiera unos palestinos, y que todo lo que va del mar al río es propiedad judía, sionista e israelí desde el amanecer del primer sol hasta el Día del Juicio.

La situación empeoró rápidamente después de que los legisladores israelíes se hartaran de la táctica de ir paso a paso. Su hambre por la expansión creció durante el mandato de Trump, animándoles a devorar la carne de un bocado en vez de comérsela lentamente, trozo a trozo. Esta codicia excesiva ha hecho que los miembros de la Knesset se olviden de que esta estrategia lenta es la receta perfecta para la asfixia racial y la lucha contra el futuro.

Pero, ¿qué podemos hacer frente a un parlamento que, desde su establecimiento, ha negado la existencia del pueblo palestino y de la historia verdadera del país? En cuanto a la votación celebrada el 19 de julio, fue una expresión explícita de su inmersión en la cultura de la negación, a pesar de que, a día de hoy, la cifra de palestinos en la Palestina histórica no es menor a la de judíos israelíes, además de los siete millones de palestinos exiliados en la diáspora como resultado de la Nakba. El verdadero significado de esta ley es que el pueblo palestino no existe y que este país no pertenece de ningún modo a los palestinos. Sin embargo, algunos israelíes reconocen la Nakba a su modo, cuando afirman públicamente que su gobierno llevaría a cabo una segunda Nakba contra los palestinos.

Mediante esta ley, el parlamento ha acabado con cualquier concepto concebible de un acuerdo político con el bando palestino, no sólo al considerar Jerusalén como la capital de Israel, sino también al exagerar los conceptos del “territorio de Israel”. El mayor problema es: ¿Cómo se puede llegar a un acuerdo para establecer un Estado cuando éste niega la existencia del pueblo que debería habitar dicho Estado?

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Los miembros de la Knesset fueron más específicos cuando comenzaron su nueva ley con la santificación de los asentamientos de Cisjordania. La ley estipula que “el Estado considera los establecimientos judíos como un valor nacional, y trabajará para animar y promover su establecimiento y desarrollo.”

En un Estado sin constitución, estos textos legales básicos se consideran al mismo nivel que una constitución, todos los derechos de esta vergonzosa ley quedan reservados para los judíos e ignoran al pueblo indígena del país, o a quienes se quedaron en el país tras la Nakba.

En cuanto al área del país y sus fronteras, la ley no especifica nada precisamente para adaptarse a las fantasías de la expansión. El derecho a la autodeterminación en este Estado ilimitado se menciona en la ley como un derecho otorgado a los judíos y sólo a los judíos, junto al derecho a determinar el destino de otros. En cuanto a los asentamientos, les pertenecen totalmente, creando una base para potenciales rondes de limpieza étnica y expulsiones forzosas, mientras que se reservan el derecho a atraer solamente a inmigrantes judíos del extranjero. Ni siquiera los hijos de los refugiados de Haifa, Jaffa, Galilea y el Negev esparcidos por el mundo tienen derecho a regresar, y, básicamente, no existen, según la lógica de este Estado.

El racismo ha resucitado y se ha recuperado en nuestro mundo. Debemos reconocer que el apartheid israelí funciona con una eficiencia sin precedentes, utilizando un parlamento ideal para esta tarea y un equipo de gobierno que incluye a algunos de los fascistas que viven en las colinas. Los “otros” que quedan en los pueblos del valle parecen ser tan sólo criaturas microscópicas de una clase más baja a la que fácilmente se puede ignorar o aplastar en caso de disturbios, ya que el país no les pertenece; no tienen historia, y se les quiere privar de futuro.

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Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen a su autor y no reflejan necesariamente la política editorial de Monitor de Oriente.

 

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