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Los tabúes israelíes deben abrirse a un debate sincero y abierto

Una foto tomada desde la Iglesia del Cristo Redentor muestra la Cúpula de la Roca y la cruz de la Iglesia del Santo Sepulcro en Jerusalén, el 17 de febrero de 2018 [Saeed Qaq/Apaimages]

Palestina nunca estuvo realmente ahí. Mil años es un período de tiempo sin valor, y todo lo que se ve sobre la tierra es una fina capa a la espera de ser eliminada por completo. No se trata de mi imaginación hablando; es la idea que domina la mentalidad de demasiados israelíes y sus seguidores gracias a la propaganda sostenida durante décadas, que ha alimentado las mentes de generaciones enteras con una serie de convicciones que no aceptan discusión ni revisión.

Uno de los tabúes más sensibles a este respecto es el mero reconocimiento de la existencia del pueblo palestino en el pasado, o incluso en el presente. La verdad, en cambio, se opone a las raíces mismas del sionismo. Los israelíes suelen hablar simplemente de “los árabes”, una solución conveniente al problema de tener que pronunciar la palabra “palestino”. Los árabes, razonan, son personas que vinieron del desierto y pueden regresar o pueden ser expulsados allí. “Este país nunca será suficientemente grande para que podamos vivir todos juntos”, sostienen los sionistas. “Tienen 20 países árabes, ¿por qué no se van allí?”. Esa “lógica” ingenua se puede usar en ambos sentidos: Ya que tenéis un gran amigo en el presidente de EE. UU. Donald Trump, entonces ¿por qué no os vais con él?

Esta mentalidad sionista ha proporcionado el pretexto cultural para la limpieza étnica que los “Nuevos Historiadores” de Israel han descrito en detalle, empezando por Benny Morris hasta las obras ampliadas de Ilan Pappé. Por lo tanto, no pierda el tiempo buscando referencias al “pueblo palestino” en cualquier documento emitido por funcionarios israelíes durante el “proceso de paz” en el último cuarto de siglo, porque no lo encontrará. Solo hay “palestinos”, pero la gente tiene una patria, historia, identidad, raíces y derechos, y estos son conceptos que los israelíes no pueden imaginar como parte de un país que, a su juicio, no es Palestina en absoluto. El hecho olvidado hoy es que el fundador del sionismo político, Theodor Herzl, y sus colegas de la Organización Sionista Mundial no tuvieron más remedio que referirse a este territorio como Palestina, un nombre que también se incluyó en todos los documentos posteriores, incluida la Declaración Balfour de 1917.

En manos oficiales israelíes, la arqueología y la historia están saturadas de propaganda. Las excavaciones y los museos israelíes están guiados por una  ideología que busca llegar a conclusiones específicas. La narrativa sionista comenzó en Europa a fines del siglo XIX y no en Palestina. La propaganda arqueológica debía fabricar la historia de un nuevo país para que coincida con el mito israelí. Esta historiografía oficial no reconoce lo que ha pasado durante los últimos 2.000 o 3.000 años, y no presta atención a lo que se salga de eso.

Sin embargo, los israelíes se enfrentan a un dilema: ¿qué hacer con un lugar que obviamente tiene, como todos en su origen, una cultura y un carácter indígenas, y éste es un ambiente árabe y palestino, musulmán, cristiano y judío, con la evidencia de esto igualmente obvia? ¿Cómo lidiar con todos estos minaretes, cúpulas y torres de iglesias que sobrevivieron a la demolición y destrucción -la obvia arquitectura árabe-; e incluso los olivos y palmeras que han sobrevivido al desarraigo y la quema? El truco israelí para superar este dilema tan real es escapar de la realidad basando las raíces su Estado en un período relativamente corto y específico de la historia antigua, maximizado por la ideología nacionalista. Esto es significativo, porque lo que vemos de Israel hoy es bastante superficial; retire esta capa y lo que encontrará debajo en realidad es la historia palestina. Sin embargo, los mitos sionistas interpelan a Trump y sus predecesores en la Casa Blanca, aunque solo éste último se ha atrevido a declarar que Jerusalén es solo de los israelíes.

La celebración de la narrativa israelí justifica la eliminación de grandes períodos históricos, que son negados para crear un escenario que corresponda a la historia imaginada basada en la ideología y la mitología sionista. En junio de 1967, por ejemplo, unos días después de ocupar la parte oriental de Jerusalén (habiendo ocupado el sector occidental desde 1948), las excavadoras israelíes destruyeron un barrio histórico en el corazón de la Ciudad Vieja. Esto representó una de las campañas de destrucción más grandes del siglo XX. El barrio marroquí, que incluía 135 edificios históricos que databan de hace siglos; fue destruido completamente para crear un espacio vacío en el corazón de Jerusalén que ahora es una gran plaza junto al Muro Occidental (El Muro de las Lamentaciones). ¿Quién es lo suficientemente atrevido hoy para comparar las imágenes de este área antes y después de 1967? ¿Quién recuerda el histórico barrio marroquí, con todas las características de los sitios arqueológicos que preceden a la época de Saladino? ¿Quién pregunta dónde fueron a parar los escombros de las antiguas piedras y monumentos del Barrio que estuvieron ahí durante más de 1.000 años?

Lo llamativo de esto, como de otros episodios de destrucción masiva que discreta y apresuradamente siguieron a la ocupación militar, es el hecho de que estos casos aún no han sido abordados en profundidad entre los mismos israelíes, o incluso internacionalmente. Este tipo de cosas siguen siendo uno de los principales tabúes israelíes. Todo lo relacionado con la identidad y la historia indígena de la Palestina ocupada es un serio tabú para los círculos israelíes.

La propaganda israelí ha enganchado a su audiencia a una ideología que les proporciona percepciones ingenuas sobre esa tierra basadas en la realidad que allí había hace 2.000 o 3.000 años y, por supuesto, nunca antes ni después. Esta propaganda comienza con las palabras del himno sionista, la Hatikvah, que la organización sionista más tarde manipuló para incluir a Jerusalén, aunque la ciudad no estaba mencionada por su autor, Naftali Herz Imber, cuando escribió la canción en 1877. Esto no se trata solo de las fabricaciones históricas de la propaganda, sino también se trata de la manipulación de las palabras en el himno, ya que algunas fueron tomadas del himno nacional polaco, y su melodía fue tomada de las canciones populares folclóricas europeas en muchas versiones.

La propaganda alimenta los discursos de los políticos para que puedan llenar las mentes israelíes con un concepto específico: Estuviste aquí ayer y por eso hoy vuelves aquí. La implicación de esto es que todos los que estuvieron aquí entre “ayer” y “hoy” no valen nada. Eran solo vagabundos sin raíces ni historia propia. Algunos más exacerbados que favorecen esta lógica pueden entender que la misma les da luz verde para destruir a los “vagabundos” y sus propiedades, y expulsarlos si es necesario. Es la mentalidad de “transferencia” y limpieza étnica; es la lógica de las excavadoras que aplastan la historia a favor de una narrativa inventada que crea “hechos sobre el terreno” de acuerdo con la mentalidad del partido de extrema derecha del primer ministro Benjamin Netanyahu, respaldado por el ejército, las bandas de colonos radicales, el Ayuntamiento de Jerusalén y la Autoridad de Antigüedades.

Danny Ayalon es un amigo cercano de Netanyahu, que ocupó el cargo de Viceministro de Relaciones Exteriores durante años, y que fue un feroz defensor de los asentamientos ilegales israelíes construidos en los territorios palestinos ocupados de Cisjordania y Jerusalén Este. Ayalon apareció en un popular video de propaganda sobre Jerusalén en el que parecía colarse en túneles debajo de la Ciudad Vieja y comenzaba a imaginarse caminando por allí hace 2.000 años. El video está lleno de ingenuidad histórica, como de costumbre, pero incluye una imagen verdaderamente horrible: la horadación de la Cúpula de la Roca y su recinto circundante, como si el hito más prominente de Jerusalén algo que puede ser destruido y reemplazado fácilmente.

Conocido por su actividad en las redes sociales, Ayalon ha hecho en el ámbito virtual lo que las organizaciones religiosas neofascistas han tratado de hacer en el mundo real mediante ataques e incursiones del Noble Santuario de Al-Aqsa durante décadas. Estos grupos sionistas de extrema derecha quieren destruir la Mezquita Al-Aqsa, la Cúpula de la Roca y otros monumentos islámicos y cristianos. Esta campaña comenzó con un incendio premeditado en Al-Aqsa en 1969, cuando se produjeron numerosos complots para atacar estos santuarios. El Jerusalén árabe, para ellos, es algo que hay que eliminar, como ya sugería Ayalon en el video.

Los llamados “ataques de venganza” de los colonos judíos incluyen incendios premeditados, vandalismo y graffiti en mezquitas, iglesias, monasterios, casas y tumbas de musulmanes y cristianos, con demandas en hebreo de que abandonen el país. Las personas responsables son producto del sistema educativo israelí. Fueron sometidos a la propaganda sionista, que llenó sus mentes con la idea de que son los poseedores de la historia y los dueños de la tierra. El resultado ha sido un flujo aparentemente interminable de ataques desde el comienzo de este siglo, algunos de los cuales resultaron en la quema de familias y niños; el entonces bebé de 18 meses Ali Dawabsheh fue quemado vivo junto con sus padres en un ataque incendiario de 2015 en su casa; su hermano de cuatro años Ahmed sobrevivió, pero con graves quemaduras.

Se ha venido creando una gran cantidad de propaganda teatral y accesorios para alimentar la mentalidad que provoca a los perpetradores de tales actos. Una de las instituciones más importantes del Estado israelí es la Knesset, el parlamento de Israel. Los miembros de la Knesset se sientan frente a un gran muro de piedra artificial, que es una forma de generar un sentido de profundidad histórica a su país. Las leyes racistas son redactadas por estos parlamentarios para que el estado pueda imponer una identidad judía en el país mientras ignora la mayor parte de su historia real y niega la existencia del pueblo palestino. Dichas leyes están aumentando en número, junto con las restricciones a las organizaciones israelíes de derechos humanos que se oponen a la propaganda oficial.

Entre los miembros de la Knesset hay colonos radicales que viven en casas construidas en tierras robadas a los palestinos de Cisjordania por la fuerza de las armas. Están convencidos de que Dios les concedió esta tierra miles de años antes de la toma de posesión del gobierno de Netanyahu. Algunos de ellos parecen creer que Dios está del lado de los matones armados que usan rifles automáticos para intimidar a los palestinos en sus propios hogares y quemar sus olivos. Debido a que son los dueños indiscutibles de la historia, sus asentamientos cuidadosamente fortificados generalmente se construyen en lugares estratégicos en las colinas, desde donde tienen una visión privilegiada sobre las aldeas palestinas a sus pies.

En las ciudades y pueblos de esta costa mediterránea, las preguntas más difíciles a las que se puede enfrentar el residente de una casa que fue robada en 1948 son: “¿Quién construyó esta casa, padre? ¿Quién plantó este árbol, madre? ¿Quién hizo este camino, abuelo? “. Tales preguntas desvelan tabúes israelíes muy sensibles; y si la paz sigue siendo una opción verdadera, deben romperse y abrirse a un debate sincero y abierto.

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