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Trump tiene el apoyo de Israel y de supremacistas blancos anti-semitas

El presidente de EE.UU. Donald Trump (D) da la mano al primer ministro israelí Benjamín Netanyahu mientras se reúnen en la Oficina Oval de la Casa Blanca el 5 de marzo de 2018 en Washington, DC [Olivier Douliery-Pool/Getty Images]

En el momento en que escribo estas palabras, todo indica que los Estados Unidos pasarán por dos procesos simultáneos. Uno es la victoria formal del oligarca del Partido Demócrata, el ex-senador por el estado de Delaware (consecutivos mandatos) y ex-vice presidente de Barack Hussein Obama (2008-2016). El otro es la judicialización del recuento de votos, con el actual presidente Donald Trump (electo en 2016 después de derrotar la ex-secretaria de Estado, ex-senadora por Nueva York y ex-primera dama, Hillary Rodham Clinton). En la primera disputa, las gigantescas corporaciones económico-financieras pueden distribuir sus recursos para ambos candidatos, siendo el demócrata poco bizarro. Ya que Trump es un amoral, empresario sin escrupulosos, que quebró seis veces y siempre salió más rico que antes de entrar en una enmienda judicial. Pero su base es real, sobrepasa las nubes de las Fake News y alcanza, directamente, las mayores neurosis colectivas de las demandas sociales blancas y empobrecidas.

He ahí la paradoja. Tratándose de la proyección de poder de los EEUU en Medio Oriente y, en especial, en las relaciones con su único aliado estratégico en la región, el Estado colonial de Israel, tanto Demócratas como Republicanos difieren poco en términos generales. Los posibles cambios de panorama, con más o menos multilateralismo delante de un probable gobierno Biden lo veremos en otro artículo.

Y en la dimensión doméstica de las políticas pro-Israel (dentro del escenario estadounidense y fuera de el), especialmente tratándose del sector de la nueva derecha y de la bisagra con el pentecostalismo sionista (un cinturón bíblico que sería, aparentemente, inexpugnable e imbatible electoralmente), lo veremos también en un texto específico. La paradoja de Israel y, específicamente, de las maniobras en las redes sociales y presiones cibernéticas de su Ministerio de Asuntos Estratégicos y Diplomacia Pública, se da con “amigos de su mejor amigo”. Veamos el tamaño de esta hipocresía.

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La estirpe supremacista estadounidense que el lobby no quiere incomodar

 

Trump necesita de la extrema derecha supremacista y blanca, una mugre racista, que odia todas las matrices culturales que no sean “blancas”. En este sentido, al menos en discursos y de movilizaciones, es más fácil ver en EEUU a agrupaciones judaicas anti-sionistas movilizadas contra los partidarios de Trump. Recordemos que él aún es presidente del imperio que incendió Medio Oriente en su primera visita y no tembló en transferir su embajada a Jerusalén, violando así el derecho internacional (otra de tantas violaciones). En términos públicos, intelectuales de origen judaico, comprometidos con la causa palestina, como Amy Goodman y Noam Chomsky, son adversarios directos de las tentativas de golpes jurídicos, mediáticos y de la federalización a través de intervención militar o con la Guardia Nacional de los estados y municipios rebeldes y antirracistas.

En resumen: Trump necesita de Israel y de la política belicista de Netanyahu y su socio más reciente, el genocida de Gaza (en 2012 y 2014) y general colonialista, Benny Gantz. A la vez, también necesita de las milicias y formaciones sectarias y paramilitares que manipulan la pobreza blanca interna (white trash, “basura blanca”, en el término ofensivo que utilizan), además de los millones de “machos alfa” recalcados que portan armas de gran calibre en función de la estúpida legislación de su país.

Teniendo en cuenta el modus operandi que bloqueó todos los caminos del ex-líder laborista  inglés Jeremy Corbyn al poder político, primero en las elecciones parlamentarias y después en el propio partido, a través del lobby coordinado por el Ministerio de Asuntos Estratégicos y Diplomacia Pública de Israel, la vigilancia agresiva de los antisemitas es mucho más pequeño que a los considerados “enemigos del proyecto colonial”.

No es por falta de información y, menos aún, de difusión del listado de los neofascistas. Un aliado del Estado de Israel muy conocido en los EUA es la Liga Anti-Difamación (ADL). Este su portal hace un mapa preciso de la nueva derecha (alt-right) y también de la derecha “cívica” o derecha generalista (alt-lite), que se auto-define como misógina, odia lo “políticamente correcto” y presenta algún grado de xenofobia en su defensa de la “civilización judaico-cristiana”. Además de eso, apunta los liderazgos reconocidos, sus organizaciones y portales de internet. Por la lógica de la derecha pro-Trump y, en especial, del proselitismo de defensa en la guerra cultural, la “alt-lite” es la poderosa arma de difusión no religiosa que Israel necesita para no depender sólo de los fariseos y de los grandes conglomerados mediáticos, para difundir sus tesis coloniales y la defensa del Apartheid normalizado en la Palestina ocupada.

Ocurre que el conjunto de estas organizaciones sumado a las más tradicionales, como la propia Klu Klux Klan, y milicias estatales forman la mayor amenaza de seguridad doméstica según el propio aparato represivo del imperio, empezando por el FBI y el ministerio del Interior y el DHS.

LEER: La guerra de palabras de la Crónica Judía contra los palestinos y sus partidarios

Como si no bastara, esas mismas agrupaciones xenófobas, anti-semitas y islamófobas (porque siendo alt-right o alt-lite, ambas corrientes también odian la mayoría semita, que es árabe) tendrían infiltrados en departamentos policiales de todo el país. Considerando que Trump, abiertamente, se negó a condenar la violencia supremacista en la Batalla de Charlottesville  en agosto de 2017 (ver ) y, nuevamente, se rechazó a hacer esa condena en el primer debate de la carrera presidencial, era de esperarse un “repudio enérgico”  por parte del gabinete conjunto de Netanyahu y Gantz. ¿Pasó algo relevante en ese sentido?  Nada.

Puede ser por cinismo, siguiendo una lógica maquiavélica del tipo “el amigo de mi amigo puede no ser mi enemigo”.  También puede ser por algo aún más repugnante, el reconocimiento tácito de que la “alt-lite” hace el juego grotesco de la “guerra cultural” que Israel tanto usa para ampliar sus redes de adeptos en su campaña colonial del Apartheid en Palestina y la guerra de conquista en territorios árabes. ¿Alguien en sana conciencia puede imaginar que la inteligencia sionista no haya investigado esos liderazgos y no pueda promover campañas difamatorias o intervenciones cibernéticas contra esas webs? ¿Una vez que la nueva extrema derecha se organiza claramente a través de internet, tomando en cuenta el dominio de la fuerza invasora de Cisjordania en este sector, el coste operacional de ese tipo de campañas sería ínfimo. ¿Por qué no lo hacen?

Varios pesos y varias medidas: el control chauvinista del discurso contra el antisemitismo

 

La izquierda de la comunidad judía tiene una relativamente nueva, pero muy vigorosa, organización nacional en los EEUU, es la Jewish Voice for Peace (JVP). Se trata de una estructura militante que, inclusive, apoya al BDS. La Liga Anti-Difamación simplemente clasifica a JVP cómo incentivadora de una “forma de antisemitismo”. El argumento es tétrico: “Además de eso, la insistencia continua del JVP de que prácticamente todas las críticas a Israel no pueden ser anti-semitas da cobertura a los anti-semitas que expresan su malicia para con los judíos como mero anti-sionismo”.

Sí, la JVP tiene razón. “Israel es un Estado y no representa las comunidades de la diáspora”.  Así de sencillo. Pero, si el gobierno de Tel Aviv se cree un bastión en la lucha contra el antisemitismo, debería dejar de decir anti-semita donde no hay, y sí es defensor de derechos humanos y de las reglas universales de refugio y retorno. Si quisiera combatir a anti-semitas declarados, bastaba con que el gabinete conjunto de Netanyahu y Gantz atacara la base ampliada de su mayor aliado, que tendría adversarios de sobra. Como se sabe, nada de eso va a ocurrir.

La misión de la izquierda es barrer de las calles al anti-semitismo y jugar en la basura de la historia con supremacistas y imperialistas de todos los matices.

Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen al autor y no reflejan necesariamente la política editorial de Monitor de Oriente.

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Bruno Beaklini (Bruno Lima Rocha Beaklini), activista socialista libertario de origen árabe-brasileño, politólogo y profesor de relaciones internacionales y periodismo. Escribe semanalmente para MEMO y sus textos se publican regularmente en portales como IHU, GGN, Brasil de Fato, Repórter Popular, Semana On, El Coyote, Blog de Canhota, Brasil de Fato, Forum, Outras Palavrasa, Brasil Debate y artículos especiales en Carta Maior. Tiene una presencia frecuente en las radios latinoamericanas y de habla hispana, además de participar en entrevistas para la TV hispana, Press TV, RT y Radio Sputnik. Editor de los canales del portal Estratégia & Análise.

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