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La parodia moral de Israel: exige dinero árabe e iraní para su propia ‘Nakba’

Judíos de Adén, Yemen, esperan para ser transportados a Israel en noviembre de 1949 [Twitter]

El juego ha empezado. Israel, lo crean o no, ha exigido que siete países árabes e Irán le paguen 250.000 millones de dólares en compensación por lo que dice que fue la expulsión forzosa de los judíos de los territorios árabes a finales de los años 40. Supuestamente, los acontecimientos que cita Israel sucedieron en un momento en el que las milicias sionistas judías estaban expulsando a cerca de un millón de árabes palestinos y destruyendo sistemáticamente sus casas, pueblos y ciudades por toda Palestina.

El anuncio israelí, que, supuestamente, se produjo tras “18 meses de investigaciones secretas” dirigidas por el Ministerio de Igualdad Social del gobierno, no debe incluirse en la agenda en expansión constante de las mentiras de Israel sobre su historia. En realidad, forma parte de un plan calculado del gobierno israelí, en particular de la ministra Gila Gamliel, cuyo objetivo es crear una narrativa contraria a la demanda legítima de la implementación del Derecho al Retorno de los refugiados palestinos expulsados por las milicias judías entre 1947 y 1948.

Existe una razón detrás de la urgencia de Israel por revelar una investigación tan cuestionable: el implacable intento que EEUU e Israel llevan ejerciendo durante dos años de rechazar los derechos de los refugiados palestinos, cuestionar sus cifras redefiniendo quiénes son y marginar sus quejas. Todo es parte del proyecto actual disfrazado como el “Acuerdo del Siglo”, cuyo claro objetivo es eliminar todos los problemas que son centrales para la lucha por la libertad de los palestinos.  

“Es hora de corregir la injusticia histórica de los pogromos [en contra de los judíos] en siete países árabes e Irán, y de restaurar, para cientos de miles de judíos que perdieron sus propiedades, lo que es suyo por derecho,” dijo Gamliel.

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La frase “ …corregir la injusticia histórica” no es distinta a la que usan los palestinos, que llevan 70 años exigiendo la restauración de sus derechos, reflejados en la Resolución 194 de la ONU. La combinación deliberada de la narrativa palestina y la sionista pretende crear paralelos, con la esperanza de que un futuro acuerdo político resulte en que las quejas se cancelen mutuamente.

Sin embargo, al contrario de lo que nos quieren hacer creer los historiadores israelíes, no se produjo un éxodo masivo forzado de los judíos en los países árabes y en Irán. Lo que se realizó fue una campaña masiva orquestada por los líderes sionistas del momento para reemplazar a la población árabe palestina indígena con inmigrantes judíos de todo el mundo. Los métodos para cumplir esta misión a menudo involucraban conspiraciones sionistas violentas, especialmente en Irán.

De hecho, el llamado a los judíos de todo el mundo para que se trasladaran a Israel sigue siendo el grito de reunión de los líderes israelíes y de sus partidarios cristianos evangélicos. Los primeros quieren asegurar una mayoría judía en el Estado, mientras que los últimos pretenden cumplir una condición bíblica para su tan esperado Armagedón y Rapto. Responsabilizar a los árabes y a Irán por este comportamiento irresponsable es una transgresión de la verdadera narrativa histórica, en la que ni Gamliel ni su ministerio están interesados.

Por otra parte, y a diferencia de lo que a menudo a firman los historiadores militares de Israel, la expulsión de los palestinos de Palestina en 1947-48 (y las subsecuentes purgas de la población nativa que siguieron a la guerra de 1967) fue un acto premeditado de limpieza étnica y genocidio. Ha formado (y sigue formando) parte de una campaña calculada a largo plazo que, desde el principio, ha sido la principal estrategia de la “visión” del movimiento sionista para el pueblo palestino.

“Debemos expulsar a los árabes y ocupar su lugar,” escribió el fundador de Israel, líder militar y primer ministro, David Ben Gurion, en una carta a su hijo, Amos, en octubre de 1937. Eso fue más de una década antes de que se implementara el Plan D (de Dalet), que supuso la destrucción de la patria palestina a manos de la smilicias de Ben Guion y de los grupos terroristas sionistas.

Palestina “contiene un vasto potencial de colonización,” escribió también Ben Guion, “que los árabes ni necesitan ni están capacitados para explotar.” Esta clara declaración de un proyecto colonial en Palestina, expresada con el mismo lenguaje y insinuaciones inconfundiblemente racistas que acompañaron todas las demás experiencias coloniales occidentales durante muchos siglos, no sólo la hizo Ben Gurion. Simplemente estaba parafraseando lo que por aquel entonces se entendía como el quid de la empresa sionista en Palestina.

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Como concluye el profesor palestino Nur Masalha en su libro La expulsión de los palestinos, la idea del “traslado” – el término sionista para referirse a la limpieza étnica – del pueblo palestino fue y sigue siendo fundamental para el cumplimiento de las ambiciones sionistas en Palestina. Los “pueblos árabes palestinos que se resistan dentro del Estado judío deben ser destruidos… y sus ciudadanos expulsados fuera de las fronteras del Estado judío,” escribió Masalha, citando History of the Haganah, de Yehuda Slutsky. La Haganá fue la principal milicia sionista, que acabó convirtiéndose en las Fuerzas de Defensa Israelíes junto a remanentes de los grupos terroristas Irgun y el Stern Gang.

Lo que esto supuso en la práctica, como explica el historiador palestino Walid Khalidi, fue el ataque conjunto y sistemático por parte de varias milicias judías contra todos los centros de población de Palestina, sin excepciones. “Para finales de abril [de 1948], la ofensiva combinada de la Haganá e Irgun había rodeado completo [la ciudad palestina de] Jaffa, obligando a la mayoría de los ciudadanos que quedaban a huir por mar a Gaza o a Egipto; muchos se ahogaron en el camino,” escribió Khalidi en Before Their Diaspora.

Esta tragedia acabó afectando todos los palestinos dentro de las fronteras de su patria histórica. Decenas de miles de refugiados se reunieron con otros cientos de miles en varios senderos polvorientos a lo largo del país, creciendo en número a medida que avanzaban, antes de finalmente colocar sus tiendas de campañas en áreas destinadas a ser campamentos temporales de refugiados. Por desgracia, estas zonas siguen siendo campamentos de refugiados palestinos a día de hoy, extendidos a lo largo de la Cisjordania ocupada, la Franja de Gaza, Jordania, Siria y Líbano.

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Nada de esto fue accidental. La determinación de los primeros sionistas a establecer un “hogar nacional” para los judíos a expensas del pueblo árabe palestino fue comunicada abierta, clara y repetidamente a lo largo de toda la formación del pensamiento sionista, y se tradujo en la realidad.

Han pasado setenta años desde la Nakba – la Catástrofe de 1948 -, e Israel nunca ha sido responsabilizado de sus acciones, ni los refugiados palestinos han recibido ni un ápice de justicia, aunque sea pequeña o simbólica. Que Israel pretenda recibir compensación por parte de los países árabes e Irán es, por lo tanto, una parodia moral, especialmente dado que sigue habiendo refugiados palestinos languideciendo en campamentos a lo largo de Palestina y Oriente Medio.

 

Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen a su autor y no reflejan necesariamente la política editorial de Monitor de Oriente.

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