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Lo que esconde la reinversión en Irak y cómo deben reaccionar las potencias regionales

Niños iraquíes que han tenido que huir de sus hogares por culpa de la guerra juegan en el campo de refugiados de Debaga en Makhmour, cerca de Mosul, Irak [Reuters/Azad Lashkari /File Photo]

El 80% de las necesidades humanitarias inmediatas de Irak han sido cubiertas por los propios iraquíes, que intentan reconstruir vastas extensiones del país después de la presencia del Daesh. El otro 20% ha resultado de una campaña de recaudación de fondos internacional inciada por Haider Al-Abadi, pero no está logrando sus objetivos.

El primer ministro iraquí afirma que aún se necesitan 88.200 millones de dólares, preferiblemente por medio de donaciones. Hace dos semanas, salió de una conferencia en Kuwait con cerca de 30.000 millones de dólares, la mayoría de los cuales se dedicarán a pagar préstamos e inversiones. A pesar de todas las fanfarronadas pan-árabes en apoyo de Irak cuando el Daesh apareció en escena, todavía se presta muy poca atención a la realidad en el país, aunque los extremistas hayan sido expulsados.

Aunque quienes atendieron a la conferencia fueron animados a ser muy generosos, el evento se organizó para favorecer a las inversiones privadas. La primera jornada estuvo presidida por cargos de la Unión Europea, y se dedicó a plantear los problemas: más de dos millones de iraquíes desplazadas, un tercio del presupuesto de reconstrucción necesario sólo para la construcción de viviendas, y, sobre todo, la devastación de Mosul.

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Es revelador que toda la segunda jornada se dedicara a exhibir más de doscientos proyectos para empresas privadas de inversión. “Irak está abierto a los invertores,” anunció Sami Al-Araji, el jefe de la Comisión Nacional de Inversiones del país.

Durante la tercera jornada se contaron las donaciones, las inversiones y los préstamos efectuados. Las donaciones directas supusieron el porcentaje más pequeño de la financiación. Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Qatar y Kuwait contribuyeron con 5.000 millones de dólares en ayuda financiera, la mayoría en forma de préstamos. Irán apenas ha colaborado; a pesar de haber intervenido militarmente Irak, los organismos oficiales iraníes no han contribuido con nada, y se marcharon a mitad del programa.

El frío enfoque de EAU y Arabia Saudí es revelador. Su respuesta conjunta a la petición de ayudar a un Irak devastado por el Daesh apenas puede compararse con cómo respaldaron al dictador egipcio Abdel Fattah Al-Sisi cuando arrebató el poder a los Hermanos Musulmanes en un golpe de Estado en 2013. Si sólo nos fijamos en las cifras, el acontecimiento del golpe de Estado les hizo mucha más ilusión a Riad y a Abu Dhabi, a pesar de su retórica anti-Daesh. Dejaron 25.000 millones de dólares en Egipto, mientras que apenas proporcionaron una décima parte a los iraquíes.

Esta diferencia de enfoques es deprimente. Sin embargo, para ser justos, la corrupción es una razón medio decente para insistir en hacer préstamos o inversiones en Irak en lugar de donaciones directas. En 2016, Transparencia Internacional posicionó al país entre los 10 más corruptos del mundo. Desde la invasión estadounidense de 2003, el país ha sido sujeto a un saqueo bipartidista de los cofres públicos. Los “soldados fantasma” – que sólo existen en la nómina del Estado – les cuestan a los contribuyentes iraquíes y a sus aliados internacionales unos 600 millones de dólares al año en salarios falsos que reciben comandantes del ejército y sus socios corruptos. Mishan Al-Jabouri, parlamentario iraquí, declaró al Guardian en 2016: “Cuando la gente de aquí roba, roba abiertamente. Se jactan de ello. Es un virus, como el ébola. Se llama corrupción.”

Pero Irak necesita dinero. Sus presupuestos financieros de 2016 se diseñaron con un precio de 45 libras por barril de petróleo en mente, pero el precio acabó muy lejos de eso. Desde entonces, las reservas de efectivo están en caída libre. En la conferencia de Kuwait, los miembros del Banco Mundial afirmaron que, desgraciadamente, Irak tenía cada vez más deudas, sabiendo que es poco probable que Bagdad sea capaz de pagarlas.

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Por supuesto, la deuda también es un arma diplomática. La manera de Arabia Saudí y EAU de verter dinero sobre Egipto no se trataba sólo de una autopreservación cínica; ahora, Egipto es más que nunca un Estado cliente, y depende casi totalmente del dinero extranjero para sobrevivir. Lo mismo podría decirse de Irak. Durante años, Bagdad ha recurrido a Teherán, no a Riad, para buscar ayuda. Entonces, ¿por qué deberían involucrarse ahora los saudíes? Su único incentivo podría ser el capital geopolítico que acumularán por ofrecer préstamos. Donar dinero para reconstruir un país proporciona a los donantes poca influencia una vez que se ha gastado el dinero; sin embargo, los préstamos pueden crear oportunidades en el futuro.

Naturalmente, los que pierden son los más de dos millones de iraquíes desplazados internamente; los niños cuyas escuelas han sido destruidas; y sus padres, cuyos puestos de trabajo han sido reducidos a escombros. Decenas de miles de hogares en Mosul necesitan una reconstrucción completa. Los esfuerzos de reconciliación avanzan, pero serán frágiles hasta que la economía de las zonas iraquíes destruidas por Daesh se haga más fuerte.

Que una conferencia de “ayuda” del siglo XXI favorezca a los inversores privados y a los prestamistas antes que a los filántropos no es algo sorprendente. Irak lleva siendo un desfile para los contratistas privados desde la invasión de 2003, sean estadounidenses, franceses, británicos, rusos o chinos. Los grandes países árabes, así como Irán, deberían dar un paso al frente y abrir sus cofres.

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