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Las tres posibilidades en el futuro de Irán

Manifestantes sostienen pancartas y banderas mientras participan en una marcha a favor del gobierno en Mashad, Irán, el 4 de enero de 2018 [Nima Najafzadeh / Anadolu Agency]

Al hablar del futuro de Irán, encontramos tres posibles caminos: la revolución, el cambio de régimen y la reforma. La doble cara que muestra el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, al ofrecer un diálogo con Irán sugiere que los dos primeros no son probables.

Para una evolución sólida de cada salida, es necesaria una sinergia teórica y empírica. En relación a la primera opción, existe una despreocupación por los hechos. Para disgusto de los teóricos de la conspiración, las teorías clásicas de la revolución postulan que las revoluciones sociales no se fabrican. Ya en el siglo XIX, Wendell Phillips enfatizó que “las revoluciones no se fabrican, llegan”. El estallido de una revolución es en realidad bastante “mecánico”, requiere de varias “uniformidades” para que se den las condiciones adecuadas para un estallido “espontáneo”.

Además, tal y como indica Theda Skocpol en su estudio de la última “gran revolución” en Irán en 1979, los movimientos sociales masivos tienen que lidiar con los instrumentos de represión del Estado; por lo tanto, el aparato de seguridad debe quedar debilitado por un colapso estructural antes de que la acción colectiva pueda triufar.
Esto explica por qué las protestas nacionales en Irán en 2009 y en 2017 no dieron sus frutos. Incluso con el apoyo externo de la diáspora iraní, como ha propuesto el Secretario de Estado norteamericano Mike Pompeo, o con la “asistencia” estadounidense, como expone la jurista iraní Shirin Ebadi, el éxito de la revolución es poco probable.

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Aún más improbable es la posibilidad de un cambio de régimen mediante campañas de “promoción de la democracia”, especialmente por una que venga respaldada por el gobierno de Trump. La descertificación del acuerdo nuclear, la prohibición de entrada a EE.UU. contra los musulmanes, el apoyo al partido traidor de los Mujahedin de Irán (MEK), junto a las guerras y las amenazas con sanciones draconianas no hacen de Estados Unidos un aliado muy fiable para los iraníes. La última víctima de la retirada de Trump del acuerdo nuclear es la famosa industria de alfombras de Irán, en la que el 50% de los trabajadores se ha quedado sin empleo.

De facto, la República Islámica ha soportado un estado de guerra desde su inicio. Irán ha vivido un levantamiento tumultoso revolucionario con unas consecuencias caóticas. Antes de entrar en su fase termidoriana (la fase de convalecencia de una revolución), fue testigo de una revolución cultural con sus consiguientes restricciones sociales y de una guerra traumática de ocho años contra Irak, en la que sus soldados fueron víctimas de la guerra química.
Si el régimen todavía no ha colapsado, es que, probablemente, no lo hará con declaraciones de solidaridad hacia el pueblo iraní. Como explica Hamid Dabashi, desde la invasión de Alejandro Magno en el 330 a.C., “los iraníes detestan las intervenciones extranjeras en su patria.” De hecho, los iraníes han luchado constantemente por sus derechos y opciones políticas, en palabras de Dabashi, “bajo sus propias condiciones.”

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Existe una escuela de pensamiento que sostiene que las amenazas de cambio de régimen no son más que una táctica para coaccionar al régimen a cambiar sus políticas. Esto es plausible; sin duda, la administración de Trump debe saber que carece de las fuentes culturales e intelectuales para la tremenda tarea de conseguir el suficiente apoyo “en el terreno” como para derrocar al régimen de la República Islámica. El principio declarado de la promoción de la democracia estadounidense se ha visto envenenado por alianzas extrañas y desventuras en la región, eliminando su credibilidad como autoproclamado defensor de los derechos humanos.

Con la revolución y el cambio de régimen descartados, ¿cuáles son las posibilidades de reforma? ¿Está el movimiento de reforma totalmente acabado, como sostiene Alireza Nader?

En Irán existe un transfondo permanente de reforma – a la deriva – que se mantiene vivo mediante una compleja dialéctica entre el Estado y la sociedad. Mientras que el régimen iraní tiene el propósito implícito de allanar su camino de desarrollo individual (Sonderweg), el pueblo iraní impulsa reformas que reflejan el tipo de modernidad que concibe; dicho de otra forma, una modernidad dirigida “desde abajo“. Por ejemplo, puede que la decisión de permitir a las mujeres entrar en los campos de fútbol no fuera una prioridad para el régimen, pero esta prohibición  discriminatoria fue eliminada gracias a un diálogo entre el Estado y la sociedad.

La “reforma” se consagró en el acuerdo nuclear de 2015. El discurso revolucionario oficial de Irán evita hablar de cesiones a Occidente. El acuerdo, atrapado en medio de disputas entre facciones, podría haber sido vetado por el Líder Supremo de la Revolución Iraní (su título constitucional), Ali Khamenei, pero no lo hizo. De hecho, el acuerdo nuclear simbolizó el triunfo del realismo y el pragmatismo sobre el ideal revolucionario anticuado y anti occidental. Sin embargo, la retirada de Trump del acuerdo extinguió su significado diplomático e histórico.

El Líder Supremo de Irán, Alí Jameneí.

Los pequeños pero significativos cambios políticos de Irán han pasado desapercibidos en los medios occidentales. El hecho de que no exista un hashtag en Twitter referido a la reforma iraní, y sí una plétora de hashtags para el cambio de régimen refleja que las iniciativas del régimen, por muy pequeñas que sean, están enterradas bajo la avalanchad de histriónicos anti-régimen. Por ejemplo, en enero de este año, tras las maifestaciones nacionales por todo Irán durante el mes anterior, el sistema judicial iraní inició una reforma de la ley de tráfico de drogas suspendiendo la ejecución de 5.000 reclusos. En abril, el parlamento aprobó una enmienda (a la que aún le queda pasar por una segunda ronda) que, según Hassan Norouzi, portavoz del comité judicial parlamentario, podría conmutar las sentencias de muchas de las 5.000 personas que se encuentran en el corredor de la muerte por delitos de drogas.

Hace poco, el país pasó un hito para los derechos de las minorías. El 21 de julio, el concejal Sepanta Niknam, de la ciudad zoroastra de Yazd, fue reinstalado en su cargo tras 9 meses de suspensión. De acuedo a la nueva legislación aprobada por el Consejo de Conveniencia (un organismo elegido personalmente por el Líder Supremo), las minorías religiosas – zoroastras, judíos y cristianos – ahora pueden ser elegidas para presentarse a las elecciones municipales. Esta ley cancela la regla del Consejo Guardián de que un no musulmán no puede ser miembro de un organismo que tome decisiones en distritos electorales de mayoría musulmana.

Actualmente existe un debate en marcha sobre la obligatoriedad del hiyab en el coche, algunas mujeres rechazan cubrirse el cabello mientras están conduciendo, llevando a un debate más amplio sobre cuál es el espacio público y cuál el privado. La judicatura iraní y las fuerzas policiales insisten en que el interior de un coche se debe considerar espacio público. El presidente Hassan Rohaní ha declarado que la esfera privada de las personas debe ser respetada, y que el trabajo de la policía no debe ser “administrar el islam”. El debate no se limita a los reformistas. Abolfazl Najafi Tehrani, un clérigo establecido en la capital iraní, twiteó hace poco: “Los coches de la gente, como sus casas, son su propiedad y su espacio privado, y vulnerar esa privacidad solo consigue disturbar la seguridad moral de las personas y dañará la confianza de las mujeres en la policía”.

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Estas señales de un cambio incluyen las actitudes cada vez más progresistas en lo que se refiere a la mujer. Iran Air, la compañía aérea nacional, ha nombrado por primera vez como directora ejecutiva a una mujer, Farzaneh Sharafbafi. Otras medidas de carácter progresista se están viendo también en relación a los problemas ligados al alcohol. Todo tipo de uso del alcohol está prohibido según la legislación vigente, pero el gobierno parece dispuesto a abordar el problema del alcoholismo como una crisi de salud pública y no como una cuestión moral, para lo que ha abierto 150 centros de desintoxicación para alcohólicos en todo el país.

La reforma no sólo vendría a satisfacer las indudables aspiraciones de la sociedad post-revolucionaria iraní, sino que un apoyo a la reforma interna en Irán sin amenazar al país con un cambio radical de régimen o una guerra podría tener un efecto positivo y mitigar el estado de inseguridad de Irán, que influe en su comportamiento y cálculos regionales. El llamado “eje de la resistencia”, por ejemplo, ha sido diseñado para garantizar la continuidad del régimen y para llenar su sensación de soledad estratégica.

De cara a animar los planes de Irán para una serie de reformas de carácter progresista, la comunidad internacional debería trascender la lógica que ha venido dominando durante las últimas cuatro décadas, cambiando la perspectiva del “o todo o nada”. La revolución iraní no surgió de la nada, y desde Occidente se hacen juicios de valor demasiado fáciles sobre la base de una especie de absolutismo moral que yerra al explicar las realidades sociales concretas.

El futuro de Irán afecta en definitiva al futuro de toda la humanidad. Un enfoque no invasivo basado en la noción de “evolución democrática” bien podría permitir a Irán salir de su callejón sin salida en las relaciones internacionales y ayudarle a superar sus problemas internos.

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Ghoncheh Tazmini es miembro asociada del Centre for Iranian Studies, dependiente del London Middle East Institute, en la School of Oriental and African Studies (SOAS), University of London.

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