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El levantamiento en el sur de Iraq podría provocar la mayor revuelta de la historia reciente del país

Ciudadanos iraquíes protestan contra el gobierno, 15 de julio de 2018 [Agencia Hayder Abu Rizq / Anadolu]

Como era de esperar, las décadas de sufrimiento acumulado en la zona rica en petróleo del sur de Irak acabaron por explotar. Motivados por las promesas incumplidas del gobierno, la crisis eléctrica y el calor asfixiante del verano, las calles se llenaron de manifestantes que querían hacerse escuchar. “Abajo los partidos religiosos” – “fuera lo ilegítimo” – “abajo el gobierno” – gritaban los hombres de Irak. ¿Es posible que los ciudadanos iraquíes, entre ellos, la juventud sin empleo, estén hartos de su vida precaria? ¿Es posible que, luchando contra la cultura de la corrupción endémica de Irak, los iraquíes quieran resucitar el Movimiento de Protesta Nacional que fue violentamente reprimido por el ex primer ministro iraquí, Nuri Al-Maliki, en la primavera de 2012 y, de nuevo, en 2013?

El trato ‘deja vu’ – el intento de desestimar al movimiento como protestas ‘de bolsillo’ insignificantes y ya vistas antes –  sigue siendo atractivo para algunos analistas. Sin embargo, este enfoque no es acorde a la realidad. El levantamiento actual en el sur constituye la mayor protesta desde los levantamientos de Shaabaniyah contra Saddam Hussein en 1991. Las protestas entraron en su segunda semana el lunes, y los manifestantes prometieron no rendirse en los próximos días y semanas. El implacable calor del verano iraquí ha obligado a los manifestantes a organizar una pequeña siesta, pero las manifestaciones se reanudan a las 4 de la tarde. La cifra de muertos citada por agencias en árabe e inglés va de los 8 a los 30, pero no se ha alcanzado ningún consenso.

Ciudadanos iraquíes protestan contra el gobierno, 15 de julio de 2018 [Agencia Hayder Abu Rizq / Anadolu]

 La dura reacción de Bagdad refleja más las debilidades del Estado que sus fortalezas. Se reforzó la seguridad y se desplegaron nueve batallones (incluyendo brigadas del ejército, unidades antiterrorismo y la División de Respuesta a Emergencias) en un intento por proteger las instalaciones del gobierno, lo que indica un miedo a perder el poder. Estas mismas instalaciones se han convertido en características importantes del intrincado paisaje de Irak, atacadas por representar símbolos perdurables de las injusticias, tanto políticas como económicas, perpetradas por los líderes de Irak.  Las carreteras que conducen a estas instalaciones y a campos petrolíferos importantes se cerraron para impedir entraran o salieran cargamentos terrestres de ciertos puertos. Los manifestantes atacaron otros símbolos que le otorgan a la ‘ocupación suave’ de Irak una presencia material. Prendieron fuego a un anuncio publicitario en una de las principales calles de Basra en el que salía la cara de Ayatollah Khomeini mientras gritaban “Irán, fuera”.

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En Najaf, los manifestantes irrumpieron en el segundo mayor aeropuerto de Irak y detuvieron brevemente el tráfico aéreo, mientras que edificios del gobierno y de los partidos políticos en Najaf, Samawah, partes de Bagdad y otras muchas ciudades han sido incendiados y vandalizados. En un intento por calmar la ansiedad pública o recuperar el control provincial, el primer ministro en funciones, Haider Al-Abadi, aterrizó en Basra el pasado viernes, a medida que se intensificaban las protestas callejeras. Su séquito armado le llevó a un lugar seguro, después de que miles de personas irrumpieran en su hotel gritando ‘sois todos unos ladrones’. La imposición de un estado de emergencia y de toques de queda en varias ciudades del sur son otros factores que reflejan la incapacidad de establecer un diálogo entre el Estado y sus constituyentes sureños.

El último acto de resistencia de las calles iraquíes no es sin precedentes. Estas escenas son una repetición de veranos anteriores, en los que las manifestaciones populares han sido boicoteadas o reprimidas violentamente. Equipos SWAT, la policía local y las fuerzas de seguridad han disparado contra multitudes desarmadas por exigir seguridad laboral, electricidad subsidiada y el fin de la privatización del sector eléctrico del país, que obstaculiza el crecimiento económico de toda la nación.

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Las demandas de los manifestantes han sido consistentes, algo que no puede decirse en cuanto al gobierno central. Está empezando a cristalizar un movimiento político callejero, cuyas aspiraciones han sido saqueadas junto al dinero de la nación. Su infravaloración como algo sin sentido político quizá sea una respuesta nacional al declive que puede haber sido causado por un status quo invertido. El último levantamiento podría ser un intento de las provincias locales de retomar las riendas y gobernarse a sí mismas. Sin embargo, el cambio democrático que llevan 15 años esperando los iraquíes no llega.

Si bien el autogobierno representa un compromiso a medio camino, Basra es algo demasiado valioso para Bagdad. Puede que una violenta represión asesine a un mayor número de manifestantes, pero la multitud ha demostrado estar dispuesta a enfrentarse a la clase política cleptocrática de Irak. La violencia fratricida perpetrada por las fuerzas de seguridad reasignadas de los territorios norte a los sur también corre el riesgo de galvanizar un mayor apoyo, que podría generar una explosión de agitación popular en Irak.

La violencia continuará mientas Bagdad tema que el poder de las masas pueda derrocar a la élite de la Zona Verde.

Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen a su autora y no reflejan necesariamente la política editorial de Monitor de Oriente.

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Nazli Tarzi es una periodista británico-iraquí especializada en Oriente Medio, con especial interés en Irak.

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