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El silencio y los hijos de la guerra sucia

El humo asciende tras una explosión durante las operacionees militares del ejército iraquí para liberar a la ciudad de Mosul de los terroristas de Daesh [Yunus Keleş/Anadolu]

Parece existir un silencio absoluto a nivel político y mediático respecto al uso de fósforo blanco por parte de EE.UU. y sus aliados en Mosul y Raqqa. Al mismo tiempo, una riada de declaraciones de políticos y periodistas de todos los países no deja de llenar los periódicos de condenas al Dáesh por el uso de diversas armas en estas mismas ciudades.

Las víctimas, en ambos casos, son los civiles. El número de muertos y desplazados de sus hogares no deja de aumentar. Sin embargo, las estadísticas carecen de sentido en esta absurda carrera entre unas fuerzas cuya “victoria” sobre la contraria será construida sobre los cadáveres de los caídos, muchas veces enterrados en los escombros de sus propios hogares y otras tantas entre edificios reducidos a cenizas.

En este contexto de muerte, ambas partes son iguales. El primer grupo terrorista es la alianza angloamericana que ha invadido, ocupado y asentado el sectarismo y la corrupción en la región, inculcando el deseo de venganza entre los nuevos políticos que dominan la zona. Son ellos, los extranjeros, los que deberían responsabilizarse en primer lugar de lo ocurre en la zona, independientemente de cuánto son los medios capaces de dar la vuelta a la realidad y de cómo intenten las instituciones supuestamente democráticas ocultar dichos crímenes.

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El segundo grupo de terroristas lo conforman aquellos que participaron de la ocupación de la región y cuyos crímenes facilitaron la emergencia de unas organizaciones que se han tornado más y más salvajes con el paso del tiempo. Su terrorismo es la otra cara del terrorismo de estado que ha sometido a una nación entera y destruido un país. Este grupo ha arrestado, torturado y asesinado diariamente –con la bendición de las fuerzas políticas locales e internacionales– bajo el pretexto de “combatir el terrorismo”.

Bajo esta difusa definición, sujeta a interpretaciones subjetivas y a coberturas mediáticas prefabricadas, los asesinatos son llevados a cabo por drones –como ocurre en Yemen– y bombardeos –tales como el de Gaza, Siria e Irak. Recientemente, en Irak, los pilotos estadounidenses fueron acusados de estar borrachos mientras llevaban a cabo los bombardeos sobre Mosul. Cientos de civiles murieron en la operación, pero los altos mandos militares de EE.UU. emitieron un comunicado, asegurando que había seleccionado los objetivos en base a informes de inteligencia del ejército iraquí.

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La reacción de las autoridades iraquíes frente a las críticas a los tropas estadounidenses –que no a los bombardeos como tal– fue un mero gorjeo similar al de los pollitos al salir del cascarón, y duró unas pocas horas antes de desaparecer. El crimen real cometido por las fuerzas de EE.UU. es el uso de fósforo blanco en Mosul y Raqqa. La respuesta de las autoridades iraquíes ante esto ha sido incluso menos llamativa. ¿Por qué? ¿Acaso el fósforo blanco es un arma “inteligente” capaz de reconocer a los militantes del Dáesh y seguirlos hasta sus escondrijos incluso si se encuentran rodeados de personas inocentes? ¿O quizás es porque es un arma estadounidense bendecida por los regímenes árabes como método para reforzar la voluntad de la población civil de luchar contra las organizaciones terroristas? ¿No es tal vez, simplemente, un arma para “limpiar” las ciudades de manera rápida y eficaz?

El fósforo blanco no está prohibido como arma química per se, de acuerdo con los estándares internacionales. No obstante, no debería ser usado en áreas habitadas por civiles pues tiene tremendos, inmediatos y duraderos efectos sobre el cuerpo humano. Quema la piel al mínimo contacto, y permanece activo incluso tras ser enterrado durante un tiempo

Los EE.UU. no ven nada malo en usarlo en todo el mundo y en diversos contextos bélicos. Fue usado en Vietnam, más recientemente también, en 2004, la ciudad iraquí de Faluya. Israel lo usó en Gaza contra los palestinos, en 2009. En 2016, lo usó la coalición liderada por Arabia Saudí en Yemen. El periódico británico Times publicó un reportaje titulado “Los libertadores de Mosul acusados de usar fósforo blanco”, en octubre de 2016, acusando a las fuerzas de la coalición de usarlo en la aldea de Karemlash, cerca de Mosul, basándose en informes y fotografías recopilados por Amnistía Internacional. A pesar de que Karemlash fue evacuada, el fósforo blanco permanecerá en su suelo durante largo tiempo, suponiendo un peligro para sus habitantes mucho después de que puedan regresar a sus hogares.

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“El fósforo blanco puede causar heridas terribles, penetrando profundamente en la carne hasta alcanzar el hueso”, explica Donatella Rovera, investigadora de Amnistía Internacional. “Es posible que arda parcialmente y que luego sus llamas se reaviven semanas después de su uso”.

A pesar de los terribles efectos del fósforo blanco sobre los seres humanos (o quizás, precisamente, por ellos), los EE.UU. lanzaron más de este material sobre Mosul y Raqqa el 3 y el 9 de junio, respectivamente. Los ataques se saldaron con la vida de 20 personas que se encontraban en un cibercafé, según Human Right Watch.

Los ejércitos son siempre advertidos del uso de dicha sustancia “como arma inflamable contra personas o infraestructuras en áreas pobladas” pues podría “añadir una sustancia tóxica más a una guerra sucia en la que los químicos han sido usados como armas en numerosas ocasiones”. ¿Cuál es la posición de los gobiernos árabes frente a esta cuestión? No tienen una opinión clara. Los gobiernos están de acuerdo con los que usan dichas armas, mientras no las uses contra sus propios pueblos. Las acusaciones y condenas, en el caso de que se produzcan, nunca pasan de esto.

La doble vara de medir de los países árabes hacia sus ciudadanos, caracterizada por la opresión y la tiranía, por no hablar de la hipocresía de los grandes poderes al promover la defensa de los derechos humanos y la democracia de manera totalmente selectiva, llevan a los pueblos árabes situarse al borde del abismo. El contexto es desesperante, lleno de frustración y marcado por la emergencia de una nueva generación de ciudadanos que se verán obligados a vivir en tiendas en los márgenes de la sociedad. Un amplio número de ellos son vulnerables a ser reclutados por cualquiera que les alcance una mano amiga o un arma. Ellos son los hijos de esta “guerra sucia”.

¿Qué les deparará el futuro? ¿ Y a nosotros? Son ellos, los que sufren cada día amenazas de bomba, cuya existencia está marcada por la penuria, los que conformarán el futuro de los países en los que viven, de la misma forma que lo harán sus hijos, actualmente privados de cuidados básicos y de educación. Para ellos poco significan las palabras patria, ciudadanía o lealtad, y serán ellos los que comuniquen este mensaje a las generaciones futuras, a lo largo y ancho del mundo.

 

Traducido de Al-Quds Al-Arabi, 20 de Junio de 2017

 

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