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‘Si no hubiera habido invasión estadounidense, el Daesh no existiría’

El poeta y escritor iraquí Sinan Antoon (Sinan Antoon/Facebook)

The Corpse Washer (“El lavador de cadáveres”) es la aclamada segunda novela del escritor y poeta iraquí Sinan Antoon.

El personaje principal de la novela, Jawad, pertenece a una familia musulmana chíi y es escultor en una Bagdad arruinada, pero tendrá que asumir el trabajo de su padre, que se dedica a lavar cadáveres -según dicta la tradición musulmana, antes del enterramiento el fallecido debe ser lavado entero y perfumado-, que le atrapará en los terrores de la guerra. “Si la muerte fuese el cartero, tendría correo todos los días”, asevera Jawad.

Irak aparece destrozada por las guerras religiosas internas alimentadas por la intervención de ciertos países de Occidente. En la locura que es la guerra, Jawad realiza con agua los ritos del lavado funerario mientras, sin darse cuenta, va regando con el mismo agua el granado de su jardín. Jawad se niega a comerse las frutas de este árbol, ya que no hay nada en esta vida de lo que disfrute, ni de sus amantes, ni de su país, mientras que las frutas son regadas con toda la sangre que se ha derramado.

Jawad tiene pesadillas con cadáveres, un recordatorio constante de que ahora la muerte está por todas partes en Irak. A través de los ojos de Jawad, somos testigos de la lenta muerte de un país. The Corpse Washer es un libro feroz – una novela rojo sangre, como la fruta de la granada.

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The Corpse Washer enfatiza en cómo el caos se ha apoderado del país, y como la muerte parece no terminar nunca. Antoon está convencido: “Hay tanta muerte en mi país como en Siria. Cómo lidiar con la mortalidad es una de las cuestiones más antiguas de la literatura. La complejidad de Jawad está en que no cree en la otra vida. Así que, para él, nada tiene sentido.”

“Existe un arte, una artesanía en su trabajo”, continúa Antoon acerca de la profesión de Jawad. “Para su padre era muy importante que siguiera estas tradiciones. También hay cierta poesía en los rituales. La belleza de hacer algo bueno, respetar el cuerpo, asegurarse de que está limpio. Pretendía demostrar como de brutal es la guerra con todas las nuevas maneras de asesinar… hoy en día, a algunos cuerpos les faltan partes… en el pasado, un limpiador de cadáveres no tenía que enfrentarse a eso.”

El árbol de la granada se convierte en el árbol de la vida y la muerte, y Jawad se niega a probar sus dulces frutos. Este árbol es una constante metáfora a lo largo de la novela: “Para alguien como Jawad, que vive en una Bagdad ocupada, no hay una separación entre la vida y la muerte. Este árbol simboliza ese problema, al igual que la idea de que las frutas provengan de un árbol regado con agua para limpiar cadáveres”, dice Antoon.

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Irak es el tema principal del libro – una versión idealizada del país que Antoon abandonó en 1991 le lleva obsesionando desde entonces. A grandes rasgos, habla sobre Oriente Medio y todo lo que está ocurriendo allí, que ha traído el “viento de la muerte” sobre sus habitantes: “La vida diaria se ha militarizado. Vemos la muerte diariamente; imágenes instantáneas y constantes de la muerte. Esto afecta a la psique de todos los ciudadanos.”

Antoon describe a su país como “una sociedad traumatizada”, añadiendo: “uno de mis amigos suele decir que salen de casa sin saber si volverán”.

Uno de los personajes de la novela es el tío comunista de Jawad, que antes era un opositor político contra Saddam Hussein y se exilió en Alemania, regresando 20 años después. Antoon también expresa su punto de vista a través de este personaje:

“La intención de Estados Unidos era ocupar el país y asegurar el poder estadounidense. No era traer la democracia. Eso era una tontería. Nunca van al tercer mundo a llevar la democracia, siempre es al contrario. Sabemos que colocan a los dictadores donde están. Los iraquíes sabían que EEUU no traía democracia. Querían poder, eso es todo. No creo que ningún Estado tenga buenas intenciones, creo que EE.UU. es una potencia imperial, corporativa, militar e industrial, y las intenciones individuales no importan.”

Según Antoon, la guerra de Irak es una guerra colonial: “En 2003, como en todas las operaciones coloniales, se produjo una erradicación de la cultura indígena. Estados Unidos desmanteló el Estado iraquí. Pero este Estado tenía 85 años y no fue construido por Saddam Hussein. Desmantelaron el ejército, eliminaron a la policía y a todos los ministerios, y no los reemplazaron con instituciones mejores. EE.UU. permitió el caos y la destrucción de nuestra cultura. Según el derecho internacional, cuando un país invade otro, tiene que garantizar la protección de los civiles. Estados Unidos permitió que se saquearan los museos. Muchas piezas arqueológicas fueron robadas y ahora están fuera del país.”

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Antoon está especialmente enfadado por la separación de la sociedad que ha hecho EE.UU. basándose en las diversas creencias religiosas, lo que ha conducido a una guerra civil. Fue uno de los 200 escritores iraquíes que advirtieron sobre la invasión:

“Instalaron un gobierno basado en sectas, institucionalizando el sectarismo. Eso supone la destrucción de la identidad nacional iraquí. Recuerdo que, cuando era un niño, había cierta tensión entre musulmanes y cristianos o entre chíitas y sunníes; sin embargo, estas tensiones no se traducían en consecuencias políticas. Lo que importaba eran las clases y la ideología. Ahora se trata de sectas y religiones. Y, con Daesh, el sectarismo se volvió internacional. Si no hubiese una invasión estadounidense, no existiría el Daesh.”

Soldados estadounidenses desplegados en Irak [DVIDSHUB/Flickr]

“Sabemos que la mayoría de los líderes de Daesh fueron formados en las prisiones americanas de Irak”, continua. “Es un error que sigue repitiéndose. Todo esto ha pasado antes en Afganistán. Este país ha sido el teatro de una guerra mundial desde la invasión soviética. Estados Unidos, Pakistán y Arabia Saudí exportaron a estos yihadistas. Y entonces Afganistán colapsó. En Irak no hay policía, no hay ejército, no hay un Estado que proteja sus fronteras, así que no es de extrañar que haya terrorismo. ¿Cómo evitarlo? No sabíamos lo que significaba el terrorismo antes de 2003, ya que no había Daesh antes de 2003. No digo que me gustara Saddam Hussein. Es el mismo proceso de no reconocer los errores. Lo mismo sucedió en Libia. A todo el mundo le daba igual bombardear a este país, enviar a hombres a luchar contra Gaddafi – como el último atentado en Manchester. Cuando conviertes a hombres en soldados, buscarán otras guerras en las que luchar. Así que hay un precio que pagar.”

“The Corpse Washer” llama la atención sobre cómo la intervención de un país occidental en un Estado de Oriente Medio supuso la catástrofe: “¿En qué momento de la historia se ha visto que la invasión de un país supusiera algo bueno para el país invadido? Nunca. Estados Unidos tiene que lograr una justicia y una democracia reales en su país, para las personas negras, por ejemplo. Aún no has perfeccionado algo por ti mismo, ¿y quieres irte al extranjero a venderlo? Llegaron a Irak con esta mentalidad orientalista. Creen que todos los iraquíes son iguales, sunníes o chíitas, no piensan que son seres humanos complejos. Esta mentalidad lleva así desde el siglo XIX. Lo hicieron todo mal, fue un desastre absoluto.”

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Sin embargo, Antoon es optimista, aunque no se describe a sí mismo como una persona optimista. Ahora su esperanza está puesta en los jóvenes iraquíes, que han intentado romper la división sectaria mediante campañas como ‘Antes de todo, soy iraquí’. La Primavera Árabe también ha demostrado que los pueblos árabes están deseosos y dispuestos a ser libres:

“Olvidamos que, años antes de las revoluciones, la mayoría de los expertos nos decían que nunca habría una revolución debido a la cultura, la religión y la sociedad, afirmando que a los árabes nos encantan las dictaduras… y, aun así, se produjeron las revoluciones, como un milagro. Demostraron que los árabes son dinámicos y que les encanta la libertad. Pero el mundo es muy complicado. Las potencias globales y regionales no quieren que triunfen las revoluciones. Arabia Saudí, Qatar y demás monarquías no quieren que florezca la democracia. Se nos olvida que existe algo llamado contrarrevolución. Las revoluciones plantaron las semillas – ahora sabemos que los dictadores pueden ser derrocados.”

 

 

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Hassina Mechai es una periodista franco-argelina, especializada en relaciones internacionales y concretamente en Oriente Medio y Norte de África.