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El fin de los problemas de Irak y Siria y la desaparición de Daesh

Cuando un problema tiene demasiados elementos enredados, y se hace difícil realizar análisis profundos, las teorías de la conspiración parecen ser una buena herramienta para explicar lo inexplicable. Esto se aplica perfectamente a la situación actual en Oriente Medio. Muchos observadores todavía no están dispuestos a ceder en su enfoque de facto, aunque cada desarrollo regional muestre claras señales de servir un papel crucial para las potencias extranjeras, no sólo en lo que se está produciendo, sino en el contexto de una debacle en la que lleva sumergida la región durante décadas, o quizás siglos. Tales señas conducen a la interpretación de que cambios dramáticos podrían producirse dentro de poco.

Para empezar, la unidad de los árabes no puede ser beneficiosa para las potencias extranjeras que tienen intereses en la región. Si estuvieran unidos, serían un poder que no permitiría que otros los usaran ni tuviesen sueños imperialistas en una región geoestratégicamente tan importante. El creciente papel de Irán en Irak, Siria y el Líbano es el ejemplo más claro de cómo la división, los escenarios fallidos y los gobiernos débiles no son más que un paso atrás para que otras potencias penetren y luego dominen la situación.

Esta hipótesis no se limita a la vieja definición de poderes en forma de Estados; también incluye a los nuevos actores transfronterizos como los grupos terroristas. Dicho esto, no debe sorprender que Al-Qaeda – y luego Daesh – aparezcan y florezcan en Irak, en el contexto del caos que provocó la invasión y ocupación estadounidenses. El mismo escenario de caos y Estado fallido se aplica a Afganistán, Siria, Libia y Yemen.

La historia es un buen punto de partida para mostrar cómo las grandes potencias intervienen en la región para asegurar sus propios intereses estratégicos. Los ejemplos son numerosos, pero tal vez el acuerdo Sykes-Picot de 1916 sea el caso más evidente de las grandes potencias que acordaron dividir el mundo árabe en estados competidores. Aunque los árabes nunca han conformado un solo estado, han vivido en regiones particularmente grandes e interconectadas como el Levante (que abarca lo que ahora son Palestina, Líbano, Siria y Jordania) y el reino de Egipto y Sudán (ahora dividido en dos Estados).

La intervención extranjera y la fragmentación de los árabes tomó una línea más acentuada con la ocupación estadounidense de Irak. Esta ocupación no sólo significó la caída de un Estado, un presidente y una dictadura, o incluso el fin del nacionalismo árabe que Saddam Hussein fue uno de los últimos líderes árabes en abrazar; también significó un terremoto geopolítico en toda la región, con un cambio profundo en el equilibrio de poder en Oriente Medio en general. Curiosamente, el colapso del régimen de Saddam significó que Irak se convirtiese en presa de Irán. También significó el estallido de conflictos sectarios entre la mayoría de los iraquíes, que son chiíes, y que vivieron durante décadas bajo un gobernante suní y la minoría de suníes privilegiados bajo el régimen Ba’ath de Saddam. Esto impulsó las reclamaciones separatistas de los kurdos en el norte. Las posibles repercusiones tenían mucha más consideración antes de que Estados Unidos ocupara y luego se retirara de Irak.

Aparte de la historia, estos eventos nos llevan al surgimiento (o creación por parte de ciertos poderes, si queremos ser honestos) de un nuevo actor regional conocido como Daesh. Este llamado “Estado islámico” es la manifestación de una interpretación extremadamente radical del “Islam suní”. En este contexto, cabe destacar que Daesh no existía antes de la ocupación estadounidense de Irak y sus raíces se remontan al afiliado de Al-Qaeda Abu Musab Al-Zarqawi en 2004. En respuesta al abismo de desconfianza entre las diversas sectas y el peligro inmenso que este grupo planteaba, las otras sectas comenzaban a estar  ansiosas por protegerse, y a veces por responder con las armas. Como resultado, el papel de las milicias sectarias aumentó y, para añadir más leña al fuego, las tendencias separatistas se han visto más justificadas que en ningún otro momento en el pasado. Los llamamientos de los kurdos iraquíes a la independencia se han propagado a otros países y han alentado a los kurdos en Siria y Turquía a seguir su ejemplo: Es probable que veamos otra llamada similar entre los kurdos en Irán tarde o temprano.

Al parecer, al igual que sus predecesores en la era de Sykes-Picot, las superpotencias han descubierto que re-fragmentar y re-dividir la región es lo mejor para servir a sus intereses estratégicos. El elemento kurdo es crítico en la ecuación regional de Oriente Medio, particularmente porque las tendencias separatistas de los kurdos en un país han llevado a otras en los estados vecinos. En un movimiento sorprendente, Washington ha puesto en riesgo su relación estratégica con Turquía bajo la Administración Trump, al firmar un nuevo acuerdo de asociación con varios grupos kurdos en Siria.

Walid Faris, asesor de asuntos en Oriente Medio durante la campaña electoral de Trump, dijo al periódico Al-Sharq Al-Awsat que Damasco reconoce plenamente que la administración estadounidense no permitiría al régimen mover sus fuerzas al este de Siria ni hacia Al-Hasaka ni hacia las zonas de combate anti-Daesh. Esto, según Faris, explica por qué EE. UU desplazó a más marines estadounidenses al noreste de Siria. En otras palabras, Washington anhela convertirse en la columna vertebral de las fuerzas que avanzarán y liberarán las zonas de territorio controladas por Daesh, unas áreas sobre las cuales Washington no permitirá que el régimen recupere el control.

Los movimientos en el campo conducen a una conclusión similar. De hecho, con la creciente presencia de las principales potencias en el conflicto sirio, estos acontecimientos muestran que el papel de otros actores (milicias como Hezbollah, Daesh y Al-Nusra, o estados como Irán y Turquía) llegará a su fin. En otras palabras, tales transformaciones (especialmente el papel creciente de las fuerzas rusas) pueden llevar al final de la presencia iraní en Siria. La desaparición de las otras milicias parece estar a la vuelta de la esquina, al menos en las zonas controladas por el régimen sirio. El despliegue de las fuerzas rusas cerca de la frontera libanesa es un ejemplo de ello, donde el papel de Hezbollah ha terminado, sobre todo después de lograr un cambio demográfico y consolidar una estructura sectaria en las distintas regiones dentro de Siria.

Del mismo modo, la notable presencia de Estados Unidos y el creciente número de sus tropas sobre el terreno ha llevado a escenarios paralelos dentro de las zonas suníes (actualmente ocupadas por Daesh) o zonas kurdas. Parece como si se hubiera llegado a un acuerdo entre las dos grandes potencias para dividir Siria en esferas de influencia basadas en parámetros religiosos o étnicos.

Aunque Siria era antes un dominio exclusivamente ruso, el papel e intereses significativos de Irán no fueron siempre bien recibidos en Moscú. La división de Siria entre Moscú y Washington y la eliminación del papel de otros actores parece ser una situación de ganancia total para los estadounidenses y los rusos. Para que no haya ningún malentendido sobre el resultado, desde el estallido de las revueltas árabes en 2011, Siria y el propio Bashar Al-Assad no fueron las únicas cartas de Rusia en Oriente Medio. Moscú ha estado desarrollando relaciones estratégicas y forjando alianzas más amplias en varios otros estados de Oriente Medio, incluyendo Israel, Egipto e incluso Turquía. Por otra parte, es obvio que la nueva administración estadounidense tiene una visión más clara de lo que se puede hacer en Siria, en comparación con Obama.

En este contexto, el Dr. Faris dice que pese a a las disputas políticas, un encuentro entre el Presidente Trump y su homólogo ruso Vladimir Putin podría producirse pronto. Su solución pública para Siria pasa por un solo camino: la retirada de todas las fuerzas armadas y milicias extranjeras, a saber, Hezbollah, las milicias iraquíes, la Guardia Revolucionaria Iraní, Al-Qaeda, Daesh, Al-Nusra y todos los que llegaron a Siria con ayuda del régimen iraní. Faris agrega que Washington y sus aliados de la OTAN, por un lado, y Rusia y sus aliados internacionales como China, por el otro, podrían ponerse de acuerdo en esta solución.

Además, todas las partes también coinciden en que la primera etapa que puede conducir a una solución en Siria comienza con la “desaparición” de Daesh. Después de esto, una autoridad suní árabe moderada debe asumir el poder en las áreas actualmente controladas por los rebeldes.

La lógica detrás de tal paso es que si Daesh es reemplazado por el régimen sirio (como lo que está sucediendo en Irak)  puede crear un nuevo problema en la región. Por lo tanto, según Faris, el papel de varios países árabes suníes moderados va a ser importante porque existe la necesidad de una alianza sobre el terreno, ya que Estados Unidos no está preparado para un despliegue importante de tropas .

Podríamos argumentar que Siria se dirige así hacia una división tripartita: una esfera de influencia rusa, en la que viviría el régimen sirio y los alawíes; una esfera de influencia estadounidense, con la oposición suní y sus ramificaciones; y otra esfera de influencia estadounidense, para los kurdos. Huelga decir que podemos ver fácilmente una imagen especular en Irak, que está plagada de conflictos religiosos y étnicos y un millar de incertidumbres, con unas divisiones más claras que nunca.

Por tanto, no será descabellado ver pronto el fin de la guerra siria y de la misma manera la desaparición de Daesh, especialmente tras haber cumplido casi el siniestro propósito para el cual fue creado; es decir, la consolidación de los conflictos religiosos regionales. Daesh no tiene ningún futuro en el escenario que va a pactarse y por tanto su desaparición es algo inevitable.

 

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