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El mundo árabe busca disputas internas antes que confrontar a sus enemigos

Las banderas de Argelia y Marruecos ondean en Argel, Argelia, el 24 de enero de 2012 [FAROUK BATICHE/AFP/Getty Images].

Como si no bastaran los problemas internos que afronta el mundo árabe, parece que hacen falta más crisis y tensiones entre los Estados regionales. Una nueva y vieja crisis en el noroeste de África ha vuelto a surgir; el gobierno argelino ha decidido cortar las relaciones diplomáticas con Marruecos, y lo ha justificado alegando las acciones "hostiles" de este último en territorio argelino. Argelia acusa a Marruecos de provocar incendios en algunas provincias argelinas y de espiar a los funcionarios argelinos mediante el programa de espionaje Pegasus, afirmando que esto forma parte de un diabólico complot marroquí-sionista para desestabilizar a Argelia mediante el apoyo a dos movimientos separatistas.

En realidad, la crisis entre los dos países no es resultado de los acontecimientos actuales. Se remonta a muchas décadas atrás. En 1976, por ejemplo, también se cortaron las relaciones entre los países vecinos por orden del monarca marroquí de la época.

El conflicto fronterizo comenzó tras la independencia de Argelia en 1962, cuando estallaron los combates en lo que se conoce como la Guerra de la Arena. En aquella época, el ejército argelino contaba con el apoyo de Egipto. El entonces presidente de Egipto, Gamal Abdel Nasser, se consideraba el padrino de todas las revoluciones árabes y apoyó la revolución argelina con fondos y armas. Era hostil a todas las monarquías árabes, a las que calificaba de obsoletas y partidarias del imperialismo mundial.

Esta hostilidad entre Argelia y Marruecos continuó hasta que en 1988 se firmó un acuerdo de normalización de las relaciones con mediación saudí. Sin embargo, esto no eliminó la mala sangre. En un momento dado, el cónsul marroquí en el oeste de Argelia lo describió como "un país enemigo".

El embajador de Marruecos ante la ONU, Omar Hilale, aprovechó una reunión de los Países No Alineados a mediados de julio para reclamar la independencia del pueblo cabileño en Argelia. El gobierno de Argel llamó a consultas a su embajador de Rabat, una medida diplomática habitual en los conflictos entre países. El embajador aún no ha regresado a Rabat.

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Es cierto que el llamamiento de Marruecos a la independencia del pueblo cabileño fue un intento de ajustar cuentas políticas con Argelia, en respuesta al apoyo de este último al Frente Polisario y al reconocimiento de la República Árabe Saharaui, que Rabat considera territorio marroquí.

La cuestión del Sáhara Occidental es uno de los conflictos políticos y humanitarios más largos del mundo actual. El territorio es rico en recursos naturales y fue colonia española de 1884 a 1976, tras lo cual Marruecos y el Frente Polisario, apoyado por Argelia, se enfrentaron por el derecho a su soberanía.

Marruecos quiere expandirse en el desierto, rico en fosfatos, aumentando su influencia y asumiendo el liderazgo en la región. Argelia, por su parte, quiere frenar la influencia marroquí y considera que está bien capacitada para ser el líder regional. Por ello, Argel animó al Frente Polisario a declarar una República Árabe Saharaui independiente, convenció a muchos países para que la reconocieran y respaldó la presencia del Polisario en la precursora de la Unión Africana, la Organización de la Unidad Africana. Se acordó su adhesión, por lo que Marruecos se retiró. El Sáhara Occidental sigue siendo un asunto complejo y espinoso para sus vecinos.

El ex presidente estadounidense Donald Trump utilizó el territorio como moneda de cambio para que Marruecos normalizara sus relaciones con Israel, a cambio de lo cual Washington reconoció la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental. En cualquier caso, el Reino mantiene desde hace tiempo estrechos vínculos con Israel; bajo el rey Hassan II hubo décadas de lazos de seguridad que fueron negados por ambas partes. El disidente marroquí Mahdi Ben Baraka pidió ayuda a los agentes de la inteligencia sionista para asesinar a Hassan, pero éstos informaron al monarca marroquí y le ayudaron a localizar a Baraka en París. Fue torturado hasta la muerte, y su cuerpo nunca se ha encontrado.

El rey Hassan recompensó a los israelíes por su apoyo permitiendo la emigración de los judíos marroquíes y aprobando el establecimiento de una oficina del Mossad en el país. A cambio, el Estado ocupante dio armas y entrenamiento al ejército marroquí. Israel también ha proporcionado al país norteafricano tecnología de vigilancia y ha supervisado la reestructuración de la agencia de inteligencia marroquí.

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El aspecto más peligroso de las acciones del rey Hassan fue que pasó a Israel detalles de las capacidades militares de los estados árabes recogidos en una cumbre de 1966 en Casablanca. Los agentes del Mossad estaban dispuestos a escuchar la cumbre y grabar ellos mismos los procedimientos, pero aparentemente Hassan tenía miedo de ser expuesto, así que aceptó hacerlo él mismo. En 2016, el jefe retirado de la Inteligencia Militar israelí, Shlomo Gazit, dijo que "estas grabaciones fueron un logro milagroso y dieron al ejército la esperanza de que ganaríamos la guerra contra Egipto."

Dados los grandes servicios que el rey Hasán había prestado a los sionistas, era natural que se convirtiera en un canal de comunicación entre Israel y el mundo árabe. Antes de la firma del acuerdo de paz de Camp David, se celebraron en Marruecos reuniones secretas entre funcionarios israelíes y egipcios. Además, se dice que fue Israel quien convenció a Estados Unidos para que diera ayuda militar al Reino. Estas relaciones han continuado bajo el hijo de Hassan, el rey Mohammed VI, que buscó la ayuda israelí para conseguir que EEUU reconociera la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental.

Este es un breve resumen de las relaciones secretas entre la entidad sionista y Marruecos, que tuvieron lugar durante el reinado de Hassan II y continuaron durante la era de su hijo, el rey Mohammed VI, que pidió ayuda a los sionistas para convencer a Estados Unidos de que reconociera la soberanía de su país sobre el Sáhara Occidental. El líder de la comunidad judía de Marruecos, Sergei Bargudo, actuó como mediador del rey y se reunió con líderes judíos estadounidenses y funcionarios sionistas para conseguirlo. Ahora todos estos vínculos han salido a la luz.

A los observadores de los recientes acontecimientos entre Argelia y Marruecos no les habría sorprendido la decisión de Argelia de cortar los lazos con Rabat. El pueblo argelino está sufriendo bajo el régimen, por lo que la medida del gobierno se habría tomado para desviar la atención de los problemas en casa.

Marruecos no es inocente en todo esto. Cuando el ministro israelí de Asuntos Exteriores, Yair Lapid, visitó Rabat el mes pasado, expresó la preocupación de la entidad sionista por el papel de Argelia en la región y su importante acercamiento a Irán.

La situación entre Argelia y Marruecos resume la posición de los árabes en su conjunto. Estamos más inclinados a disputar entre nosotros y a buscar el apoyo de los enemigos mutuos en el proceso, que a trabajar juntos para enfrentarnos a esos enemigos.

Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen al autor y no reflejan necesariamente la política editorial de Monitor de Oriente.

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