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De Munif a Khashoggi: El precio de disentir en la nueva era saudí

Manifestantes protestan frente a la Casa Blanca tras conocerse la muerte del periodista saudí Jamal Khashoggi (Twitter)

El Reino de Arabia Saudí cuenta con un historial de tensión con sus intelectuales y disidentes desde su creación. El reino moderno, al que algunos se refieren como el Tercer Estado Saudí, es el resultado de un proyecto de unificación nacional que se produjo entre 1902 y 1932 bajo el liderazgo del padre fundador del país, Abdul Aziz bin Abdul-Rahman Al-Saud.

En efecto, la unificación de la mayoría de las provincias de la Península Arábiga fue fruto de una misión militar y política en la que la familia Saud ejerció su control sobre las numerosas tribus y los jeques de la región. Estas tribus funcionaban previamente como sus propias micro-soberanías independientes, definidas por conceptos de nasab (pertenencia tribal y comunidad), que podían rastrease a través de linajes de sangre y un modo de vida pastoral acorde con su entorno.

Los beduinos, prominentes en esta zona del mundo árabe, eran resistentes al concepto de las fronteras nacionales, ya que su subsistencia y su supervivencia estaban ligadas a desplazarse de tierra. Por lo tanto, el establecimiento del Reino moderno de Arabia Saudí, como era de esperar, no se produjo sin resistencia contraria a la narrativa oficial de su creación que prevalece en los libros de historia del Reino.

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    Entre los primeros en oponerse a esta narrativa estuvo uno de los intelectuales y escritores más formativos del siglo XX: el novelista saudí-iraquí Abdulrahman Munif (1933-2004). Munif, hijo de una madre iraquí y un padre del desierto saudí del Néyed y nacido en Amman, Jordania, vivió siempre en el exilio. Pasó su adolescencia en Jordania, donde quedó conmocionado por la derrota de Palestina en 1948 y la agenda pan-arabista, antes de estudiar en Irak y conseguir un doctorado en petro-economía en Belgrado, Serbia.

El periodista saudí-iraquí Abdulrahman Munif (Wikipedia)

Munif vivió en varios países del mundo árabe y Europa, trabajando simultáneamente como editor y asesor político, antes de asentarse en Damasco, Siria, los últimos años de su vida. Respecto a la carrera de Munif y su posición en los círculos intelectuales del mundo árabe, hay que señalar que trataba de manera única las causas árabes. Munif, que hizo la transición de asesor político del partido Ba’ath a escritor en 1970, se desilusionó con el activismo político como método de movilizar al estrato popular de la sociedad. Así, eligió centrarse en escribir novelas, usando un registro lingüístico en un punto medio entre el dialecto informal y el árabe moderno formal estándar. Su objetivo era llegar a todos los miembros de la sociedad, a todos los ciudadanos, desde el trabajador a la élite intelectual.

En el momento de su auge intelectual, era quizá el único escritor en el canon literario árabe que abarcaba una amplia gama de temas – desde Palestina hasta el Levante y el Golfo – en su corpus literario. De hecho, fue la publicación en serie de su quinteto épico, Ciudades de sal (publicado en serie entre 1984 y 1989) lo que provocó la indignación de la familia real saudí, que lo desterró indefinida y revocó su ciudadanía saudí.

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Ciudades de sal es una serie de libros que tienen lugar en un reino sin nombre del desierto árabe. La serie se burla de miembros de la élite política árabe, advirtiendo a su vez de los peligros de pedir ayuda a las potencias coloniales europeas para el proceso de modernización del reino. Los personajes de este quinteto legendario tienen un parecido extremo a la familia Al-Saud, mientras que la empresa de perforación petrolera establecida con ayuda de las potencias occidentales es una referencia directa a nada más y nada menos que ARAMCO. El héroe de la novela, un profeta beduino llamado Mit’eb Al-Hathal, advierte sobre la destrucción de los bellos oasis del país a raíz de la extracción de petróleo, y define a la ciudad en nacimiento como una compuesta de sal, fácil de disolver debido a su falta de sostenibilidad.

Munif insiste en que la modernidad debe conseguirse de un modo orgánico para la forma de vida árabe. El coste de su compromiso al cambio social para el plebeyo fue su ciudadanía. Desde entonces, fue ajeno a todos los países y sociedades en los que vivió. El Reino de Arabia Saudí sólo reconoció la importancia de sus contribuciones literarias e intelectuales después de su muerte en 2004, y ofreció a su esposa, la señora Suad Kawadri Munif, una restauración póstuma de su ciudadanía, la cual ella rechazó.

La experiencia de Munif puede servir como un antecedente que facilite nuestra compresión del caso de Jamal Khashoggi. Mientras el mundo observa con incredulidad la desaparición y  el subsecuente asesinato y desmembramiento del periodista saudí, no hace falta profundizar mucho en la historia de Arabia Saudí y en su relación con sus intelectuales para entender que los reinos no son más que dictaduras oligárquicas ocultas bajo otro nombre; debemos reconocer la innegable realidad de que la palabra escrita es la principal amenaza para mantener una farsa política.

Khashoggi, aunque considerado como un ‘nuevo disidente’, expresó su preocupación por el mal trato hacia los progresistas saudíes, como la defensora de los derechos de la mujer Lujain Al-Hathloul. Respaldó varios movimientos, como el que pedía el fin de la tutela masculina como condición para que una mujer pudiera viajar, así como el derecho a conducir. Mientras que el príncipe heredero, Muhammad bin Salman, y Khashoggi compartían una misma opinión respecto a varios temas importantes, se consideró que Khashoggi abogaba por una forma extrema de progresismo, considerado peligroso por el círculo gobernante. El papel de Khashoggi como periodista y editor podía suponer una plataforma con la que influenciar y alcanzar a millones de personas, y la élite gobernante consideraba esto algo demasiado arriesgado, a pesar de que, irónicamente, tenía una larga historia con la familia Khashoggi.

Cuando Jamal Al-Khashoggi entró en el consulado saudí en Estambul el 2 de octubre de 2018 simplemente para obtener un documento, pagó el precio de su ideología con su vida, la misma que intentó salvar al auto imponerse el exilio. A Khashoggi le importaba la gente para la que escribía. Sus columnas periodísticas eran plataformas para el diálogo, el progresismo y la emancipación mental. Ahora también sirve como ejemplo para todos sus compatriotas que intenten continuar su misión. Munif sólo fue apreciado por sus ideales después de su muerte. ¿Algún día se apreciará con la misma nostalgia el recuerdo de Khashoggi?

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    Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen a su autor y no reflejan necesariamente la política editorial de Monitor de Oriente.

 

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