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Cuando las protestas pacíficas son un crimen

Las fuerzas israelíes disparan gas lacrimógeno contra los manifestantes palestinos que conmemoran el 70° aniversario de la Nakba en Gaza,14 de mayo de 2018 [Agencia Ramez Habboub / Anadolu]

 

El 11 de mayo cargué mi teléfono móvil, llené el depósito de gasolina y me fui a participar en el séptimo viernes de la “Gran Marcha del Retorno”, junto con miles de civiles en la Franja de Gaza. Como palestino, unirme a las protestas es la norma, pero también soy periodista, e informar sobre las agresiones israelíes contra manifestantes pacíficos es mi deber.

Llegué a la zona sobre las 16:45, hora a la que los manifestantes de Gaza ciudad, donde vivo yo también, aparecieron todos juntos. Muchos se pusieron a compartir recuerdos e historias que les habían narrado sus padres y sus abuelos, sobre sus hogares en la Palestina histórica, sobre la vida anterior a la Nakba de 1948, antes de que las milicias sionistas les obligaran a abandonar sus hogares.

Algunos de los manifestantes se pusieron a quemar neumáticos y a lanzar piedras hacia los cientos de francotiradores israelíes apostados al otro lado del alambre de espino que según la ocupación israelí marca el límite oriental de Gaza. Puedo decir con certeza que, desde el comienzo de la “Gran Marcha del Retorno”, ninguna de las piedras se ha acercado ni alcanzado a un solo francotirador israelí. Los francotiradores están apostados a por lo menos 200 metros de distancia de donde se encuentran los manifestantes, por lo que las piedras no representan peligro alguno para ellos.

A pesar de esto, las fuerzas de ocupación lanzan continuamente gas contra los manifestantes, empleando para ello drones o vehículos militares blindados. Este año, el gas que utilizan es extraño, y quienes lo inhalan sufren síntomas desconocidos en años anteriores.

 

Algo estalló dentro de mi pecho

Sobre las 17:00 un grupo de periodistas, todos ellos con chalecos antibalas con la palabra “PRENSA” claramente impresa en ellos, se encontraba congregado a unos 50 metros de la valla. La mayoría eran extranjeros, o trabajaban para medios extranjeros. Se colocaron frente a los manifestantes.

 

 

Yo me erguí y filmé una cometa que volaba sobre sus cabezas, y que los israelíes estaban tratando de desviar con un dron. De repente, sentí como si algo golpeara la parte superior del lado derecho de mi espalda, y una corriente eléctrica recorrrió mi cuerpo. En ese momento, algo explotó en mi pecho. Me habían disparado.

Periodistas y manifestantes se acercaron en seguida para ayudarme. Luego llegaron varios sanitarios y me llevaron a una ambulancia, estacionada a más de 200 metros de distancia porque las fuerzas israelíes las atacan si están más cerca.

 

Un diagnóstico erróneo debido a la falta de equipamiento médico

Me llevaron directamente a la UCI del hospital Al-Shifa, donde recibí tratamiento en seguida, pero la falta de equipo instrumental médico apropiado dio lugar a un diagnóstico erróneo.

Los médicos al principio pensaron que la bala, que penetró por mi espalda, sólo había dañado mis pulmones. Me pusieron un tubo en el pecho para vaciarlo de la sangre que lo llenaba y que no me dejaba respirar. Después de eso empecé a mejorar.

Los resultados de una radiografía no mostraron signos de que la bala, o trozos de metralla, siguieran dentro de mi cuerpo, así que los médicos pensaron que estaba limpio.

Sin embargo, horas después, mi condición empezó a deteriorarse. Me sometieron a más radiografías y pruebas, pero con el limitado instrumental médico del que disponemos en Gaza, los médicos no pudieron identificar cuál era el problema.

Al día siguiente, un equipo de cinco cirujanos me operó para descubrir qué era lo que me estaba debilitando. Fue entonces cuando me quedé inconsciente, y no despertaría hasta cinco días después.

 

 

Mis hermanos me explicaron que, aparte de dañarme los pulmones, la bala me había roto el diafragma y había pasado rozándome el hígado, causando una hemorragia que me llenó el estómago de sangre. Estas lesiones, me explicaron, estuvieron a punto de causarme la muerte.

 

Armas inusuales

Dos días después me dieron el alta de la UCI , pero tuve que seguir en el hospital para que el personal médico atendiera mis heridas, que, para entonces, ya se habían infectado.

Según me explicó el doctor Ata Muftah, las heridas de la mayoría de los pacientes heridos por balas israelíes acababan infectándose. Él lo atribuye al uso de algún tipo de sustancia tóxica, empleada con este fin por parte del ejército israelí.

Permanecí en el hospital durante 20 días. Antes de irme, pregunté otra vez si no habían encontrado ningunga bala en mi cuerpo, pero los doctores lo negaron.

“Encontramos el punto de entrada de la bala, en la parte superior de la espalda, pero no encontramos la bala”, me dijo el cirujano Ashraf Al-Ashqar. “La metralla podría haberse disuelto o podría tratarse de bala de fibra que no aparece en las radiografías”, agregó.

 

Un trol sionista me amenaza

Desde el inicio de la “Gran Marcha del Retorno”, que comenzó el 30 de marzo, utilicé las plataformas de las redes sociales para mostrar a todo el mundo la agresión de Israel y la injusticia que sufren los palestinos bajo la ocupación. Tres semanas después de que empezaran las protestas, el 20 de abril, un trol sionista me dejó el siguiente mensaje: “Vamos a por ti”.

Tan sólo tres semanas después, me dispararon. Ante los ojos de 20 periodistas. Si esto fue el cumplimiento una amenaza, se trata de otro crimen cometido por Israel.

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