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La Palestina ocupada: mi experiencia personal

Muro del apartheid en Cisjordania.

Imagina vivir como si estuvieras encerrado en tu propia casa; teniendo que demostrar tu existencia constantemente, en cada puesto de control; y que tus creencias religiosas fueran cuestionadas en cada lugar sagrado. Esa es la realidad diaria de los palestinos que viven en la Palestina ocupada por Israel, donde sus actividades y movimientos diarios están constantemente vigilados. Lo he visto con mis propios ojos.

Desde el aeropuerto de Ben Gurion, cogí un taxi que conducía un palestino de mediana edad. Me contó que había sido testigo de algunos de los peores crímenes de las Fuerzas de Defensa israelíes en su país. “Roban tierras, roban dignidad y roban vidas,” me dijo, “y lo hacen con orgullo y arrogancia.” No fue hasta que llegamos al primer puesto de control y vi los muros que separaban los Territorios Palestinos Ocupados de la entidad sionista de Israel que fui consciente del apartheid impuesto por el Estado. La gente está separada, como el acceso a los lugares sagrados entre judíos, cristianos y musulmanes, aunque estas religiones no tengan nada en común.

El apartheid israelí también es visible en la infraestructura – las carreteras estrechas, las casas derruidas y los edificios superpoblados en los que tienen que vivir los palestinos – así como las casas y mercados abandonados, en particular en la ciudad de Hebrón. Los palestinos no tienen permitido construir, renovar o ni siquiera proporcionar servicios municipales básicos en sus propios territorios sin el permiso escrito del gobierno israelí. Las calles están repletas de soldados israelíes, que supervisan las actividades diarias de los jóvenes palestinos, que suelen ser sospechosos de actividades ilegales y, por lo tanto, se enfrentan a una detención injustificada, a menudo simplemente por expresar su indignación por la ocupación militar actual.

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    Es evidente que muchos palestinos sufren de un grave desorden de estrés postraumático; muchos fuman excesivamente. Apenas existen centros de recreación para entretener a los jóvenes, así que prefieren molestar a las fuerzas de ocupación israelíes, lanzando fuegos artificiales, piedras o haciendo ruido en lugares con mucha presencia militar. A muchos les acaban disparando. La valentía de estos jóvenes palestinos da miedo, pero, a la vez, es encomiable; me recuerda al levantamiento del 16 de junio de 1976 en Soweto, en el que los jóvenes negros sudafricanos se lanzaron a las calles para manifestar su ira contra el apartheid.

La realidad que viven los palestinos en su propio territorio es similar, y quizá peor, que la del apartheid sudafricano. El “muro de separación” es una presencia claramente visible de la división impuesta.

Las creencias palestinas que, supuestamente, pretenden unificar a los palestinos cristianos y musulmanes con los judíos, suelen distorsionarse en manifestaciones del apartheid. El lugar de sepultura del profeta Abraham (Ibrahim), la paz sea con él, en la mezquita de Ibrahim, en Hebrón, es un punto álgido entre judíos y musulmanes. Se ha construido un muro dentro de la mezquita para mantener separadas a ambas comunidades. El 25 de febrero de 1994, un colono judío ilegal se puso su uniforme de las FDI, cogió su rifle y disparó a los musulmanes que se habían reunido para el rezo del alba. Asesinó a 29 hombres y jóvenes – algunos de tan sólo 12 años – e hirió a otros 125, antes de ser desarmado y golpeado hasta la muerte.

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    La ocupación israelí de Palestina ha resultado en divisiones culturales, sociales, políticas y económicas, basadas fundamentalmente en el racismo centrado en la identidad religiosa. EL hecho de que los musulmanes, sean palestinos o turistas extranjeros, que visitan los lugares sagrados de Jerusalén y otras ciudades tengan que demostrar su identidad islámica es una acción inhumana y humillante impuesta por los soldados israelíes. Me hicieron sentir como a un criminal en la mayor parte de las ciudades palestinas que visité, y más aún en Israel; en el aeropuerto, me registraron después de encontrar una kifaya (bufanda palestina) en mi equipaje. Me interrogaron durante casi 30 minutos, preguntándome sobre mi paradero, el propósito de mi visita y por qué tenía la bufanda en mi maleta. Concluí que los israelíes no quieren que nadie visite los territorios palestinos ocupados; no quieren que el mundo vea las condiciones brutales e inhumanas en las que están obligados a vivir los palestinos en su propio territorio. Les impiden a los viajeros, los simpatizantes de palestina y a otros grupos ejercer su libertad y su derecho de afiliación, al igual que les impiden a los palestinos ejercer su derecho humano internacional a la autodeterminación.

Hay muchos observadores internacionales que han ido a Palestina para ver e informar sobre las condiciones de vida de los palestinos. Me encontré con uno de estos grupos en Hebrón, la Presencia Internacional Temporal en Hebrón (TIPH), que lleva allí más de 10 años. Estos observadores no han hecho mucho para condenar a Israel por su ocupación militar en Hebrón y la destrucción que ha generado en esa parte de Palestina. Apenas publican sus investigaciones en plataformas públicas accesibles a la comunidad internacional. Por lo tanto, algunas de las atrocidades cometidas por Israel pasan desapercibidas y ni siquiera llegan a oídos de la ONU.

Soldados israelíes en Hebrón (Cisjordania), el 16 de septiembre de 2016 [Wisam Hashlamoun/Apaimages]

    ¿De quién pueden depender los palestinos para la ayuda humanitaria, la justicia y el ejercicio de su derecho a regresar a su territorio? Organizaciones internacionales como la ONU parecen haberse olvidado del pueblo de Palestina más allá de las meras reprimendas verbales de la entidad ocupante. Mientras tanto, Israel parece no tener ningún respeto por las leyes y resoluciones internacionales, y continúa robando a los palestinos su tierra, su dignidad y sus vidas con aparente impunidad.

Es importante que cuando pretendamos comprometernos con la solidaridad con los palestinos entendamos exactamente lo que significa. Las cosas son difíciles para el pueblo de la Palestina ocupada, y nuestra mera presencia en su territorio significa mucho más de lo que podamos imaginar. El apartheid impuesto por Israel es mucho más intenso de lo que creemos. Los palestinos tanto cristianos como musulmanes están atrincherados tras muros que pretenden alejarles de su tierra, su herencia y su dignidad. Es algo que nosotros, los sudafricanos, conocemos demasiado bien.

  Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen a su autora y no reflejan necesariamente la política editorial de Monitor de Oriente.

 

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Nwabisa Sigaba es asistente en el programa de Doctorado de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Sudáfrica.