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Escritor invitado: El desafío del cambio de imagen de Arabia Saudí

El Príncipe Heredero saudí, Mohammed Bin Salmán, en Nueva York, el 7 de agosto de 2018 [Mohammed Elshamy/Anadolu Agency]

Aunque el Reino de Arabia Saudí es una creación relativamente reciente, basa gran parte de su pretensión de legitimidad en que es la “patria” del islam. Los monarcas saudíes atesoran particularmente su título de Custodio de las Dos Mezquitas (Makkah y Medina). A pesar de que el comportamiento personal de ciertos miembros de la gigante familia real saudí no cumple con los principios básicos de la enseñanza islámica, el rey gobierna un país que tiene la religión como núcleo. Además, el reino ha definido su propia rama distintiva del islam sunní; el wahabismo es fundamentalista en el verdadero sentido de la palabra, en cuanto a que los adeptos buscan orientación vital para su vida en la comprensión del texto del Corán y de los hadices, mientras que rechaza muchos aspectos de la modernidad y denuncia interpretaciones alternativas.

Hace algunos años, cuando visité las instalaciones de Saudi Aramco en la Provincia Oriental (una zona con una alta concentración de musulmanes chíies), el mánager que me las enseñaba declaraba con orgullo que Dios había dado petróleo al Reino como recompensa por seguir el verdadero camino del islam. Realmente lo pensaba. Además, Arabia Saudí ha utilizado un porcentaje significativo de la riqueza generada por ese petróleo para exportar el wahabismo a otras partes del mundo, como Pakistán. Mientras que otros Estados del Golfo ricos en petróleo, como Kuwait, han canalizado parte de sus riquezas a países pobres en forma de ayuda de desarrollo, los saudíes tienden, en cambio, a financiar mezquitas y madrasas. Mientras tanto, millones de trabajadores inmigrantes, sobre todo de Egipto, han regresado a sus hogares, influenciados por la atmósfera religiosa que experimentaron en el Reino.

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    Sin embargo, la religión no es la única herramienta que utiliza Arabia Saudí para cumplir su deseo de tener la hegemonía sobre Oriente Medio y más allá. Animado por Estados Unidos y Reino Unido, entre otros, el Reino ha adquirido mucho más hardware militar del que necesita para defenderse. Sin embargo, Riad argumenta que es necesario para contrarrestar la “amenaza” de Irán. La tensión entre ambos países sólo se basa tangencialmente en diferencias teológicas entre el islam sunní y chiita. El principal obstáculo saudí para la Revolución Islámica iraní de 1979 fue que derrocó a la institución de la monarquía, y la monarquía es uno de los pilares gemelos de la sociedad saudí, junto al islam wahabí. Todos los Estados del Golfo Pérsico tienen gobernantes reales, y cuando el Consejo de Cooperación del Golfo consideró invitar a Jordania y Marruecos a unirse hace unos años, se hizo evidente que la institución es una especie de sociedad de preservación monárquica.

Con justificación, uno podría preguntarse si un sistema basado en la realeza y en la religión es adecuado para el propósito en nuestra era postmoderna. Sin duda, muchos de los miles de jóvenes saudíes que se fueron a estudiar a universidades británicas o estadounidenses se lo preguntan. La inquietud entre los jóvenes saudíes, tanto en su país como en el extranjero, ha sido uno de los grandes estímulos para la aceptación de la familia real de que, si el sistema va a sobrevivir, tiene que existir cierto grado de reforma. El príncipe Mohammad Bin Salman, catapultado a una posición privilegiada por su padre, el rey Salman, es la personificación de ello. Por supuesto, algunas de las medidas promovidas desde que se convirtió en el heredero del trono saudí y en la principal fuerza política del país han sido bastante comedidas dentro de los estándares globales. Medidas como la apertura de unos cuantos cines y el permitir a las mujeres conducir han llevado al Reino al siglo XX, pero aún queda mucho para llegar al XXI. Sin embargo, con la ayuda de costosas agencias de relaciones públicas occidentales, Arabia Saudí está diseminando una narrativa de cambio progresivo.

Carictura: Las mujeres saudíes ahora pueden conducir [Sarwar Ahmed/MiddleEastMonitor]

    En esto radica un cierto peligro, ya que existe una contradicción entre el cambio progresivo y la doctrina conservadora del wahabismo. Cuando Arabia Saudí abra sus puertas a los turistas occidentales – como ya se está considerando seriamente – ¿cómo reaccionarán las autoridades religiosas? La hostilidad hacia la estancia de tropas americanas en el Reino durante la Guerra del Golfo de 1990-91 y sus consecuencias fue tanta que, al final, tuvieron que marcharse a bases más hospitalarias en Bahréin y Qatar, lo cual no es un precedente muy alentador. Muchos saudíes disfrutan de sus vacaciones en los alrededores más liberales de Londres, Casablanca o Beirut, pero eso no significa necesariamente que vayan alegrarse de ver cómo el Reino saudí se convierte en algo más parecido al resto del mundo secular. No sólo son los imanes quienes ven a la religión y a la monarquía como los pilares del país.

Mientras tanto, Bin Salman está suavizando la actitud del Reino en el panorama mundial de maneras que no siempre coinciden con la vocación religiosa del país. Una de las consecuencias de la rivalidad con Irán es que Riad ha buscado aliados para enfrentarse a Teherán. De acuerdo con el viejo dicho de que el enemigo de mi enemigo es mi amigo, ha aumentado la comunicación con Israel, aunque esto ha sido en gran parte encubierto. Como aliado clave tanto de Israel como de Arabia Saudí, Estados Unidos está encantado con esto, y ahora que Mike Pompeo y John Bolton han asumido altos cargos en el gobierno de Trump, podemos esperar una retórica más coordenada y enérgica contra Irán por parte de estos tres Estados.

En 2011, durante la llamada Primavera Árabe, los saudíes (y emiratíes) intervinieron en Bahréin para ayudar a reprimir las manifestaciones mayoritariamente chiíes en la rotonda de Pearl de Manama y sus alrededores, acusando a Irán de utilizar a los manifestantes para derrocar a la monarquía bahreiní. Menos publicitada ha estado la represión del gobierno saudí contra los manifestantes chiíes en la Provincia Oriental del Reino. Sin embargo, sería erróneo considerar estos disturbios dentro de términos puramente religiosos – como el enfrentamiento entre sunníes y chiíes – ya que las causas raíces se encuentran en el acceso desigual al empleo y a oportunidades, así como en los mayores niveles de pobreza en la comunidad chií.

Del mismo modo, gran parte de los medios occidentales prefieren retratar el conflicto en Yemen como una guerra de poder entre la Arabia Saudí sunní y el Irán chií, aunque la realidad es mucho más complicada. Mohammed Bin Salman esperaba que una intervención dura en Yemen en 2015 lograse una victoria rápida que aumentara su popularidad y la de su país, pero, como les pasó a los estadounidenses en Irak y a los rusos en Afganistán, es raro que estas intervenciones tengan resultados fluidos y positivos, demasiado sencillos para una situación caótica. Lejos de mejorar la reputación del príncipe heredero y de Riad, la guerra de Yemen se está convirtiendo en una carga.

Manifestantes sostienen pancartas críticas con Mohammed Bin Salman en una manifestación frente a la oficina del Primer Ministro del Reino Unido, el 7 de marzo de 2018 [Tayfun Salcı/Anadolu Agency]

    De momento, ha tenido más éxito su intervención contra la corrupción dentro de la propia Arabia Saudí. Hay que admirar la desfachatez con la que aprisionó a varios multimillonarios en el Hotel Ritz Carlton, en Riad, y confiscó parte de su riqueza. En teoría, el hacer frente a la corrupción debería congraciar a Bin Salman entre las autoridades religiosas, pero es arriesgado, ya que ataca al corazón mismo del sistema saudí. La “comisión” – eufemismo para los sobornos – está incorporada en casi todos los acuerdos comerciales – las  empresas extranjeras saben su costo – y la wasta, o la influencia que ejerce la red de contactos de cada uno, aún es elemento esencial a la hora de conseguir cualquier cosa en Arabia Saudí. Tanto la moralidad religiosa como las reglas internacionales deberían respaldar la abolición de ambas, pero, al confrontarlas, el heredero estaría jugando con fuego. La tradición es el núcleo de la cultura saudí y, en muchos aspectos, es tan importante como el propio islam.

Inevitablemente, hay que preguntarse si Mohammad Bin Salman será capaz de rehacer la imagen del Reino, como parece que desea, y de convertir al país en una nación moderna y progresista, a pesar de que su sociedad se base tanto en la tradición y la religión. ¿O las reformas que está induciendo, supuestamente, con la aprobación de su padre, no serán más que decoración, como los cines?

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    Las potencias occidentales, dirigidas por la administración de Trump y el gobierno conservador de Reino Unido, le animan, pero eso no garantiza su triunfo. Hace poco, un dron de juguete voló cerca de un palacio en Riad y provocó una gran alerta de seguridad. No fue sólo cuestión de paranoia de la poderosa familia real; reflejó el hecho de que, como en Irán en 1979, a día de hoy existen grupos en Arabia Saudí que estarían encantados de alzar su bandera, promover su idea del islam y expulsar a la monarquía y todo lo que conlleva.

Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen al autor y no reflejan necesariamente la política editorial de Middle East Monitor.

 

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Jonathan Fryer es un escritor, conferencista y locutor residente en Londres que se ha especializado en Oriente Medio desde que formó parte de la cobertura informativa de 24 horas de la BBC sobre la Guerra del Golfo de 1990-1991. Es un comentarista habitual en la región de los canales de televisión árabe y persa, además de dar conferencias en la Escuela de Estudios Orientales y Africanos de la Universidad de Londres (SOAS).

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