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La migración en Sudán: los peligros de escapar de la crisis económica

Refugiados después de ser rescatados del Mediterráneo el 15 de junio de 2017 [Agencia Marcus Drinkwater / Anadolu]

Para los jóvenes de Sudán no es difícil comprender el vínculo entre aprender inglés y acabar muerto en el Mar Mediterráneo. Puede sonar descabellado pero, a menudo, aprender un idioma extranjero es el primer paso del proceso de emigración a viajes vecinos, como Libia, por el que se pagan grandes cantidades de dinero a los traficantes de seres humanos para conseguir cruzar de manera precaria en pateras inflables hasta Europa.

Durante años, a pesar de las difíciles condiciones económicas, las escuelas de idiomas como el American Discussion Club (ADC) de Jartum han expandido sus operaciones; por ejemplo, ha pasado de tener una sola sede principal a contar con tres edificios en el corazón de la capital. El centro procesa a cientos de estudiantes al mes. Aunque no sugieren que las escuelas de idiomas actúen a sabiendas como medios para los futuros jóvenes migrantes, tras haber dado clase de inglés personalmente en el ADC, me he encontrado con incontables estudiantes que hablan de forma privada o abierta acerca del viaje a Europa, a pesar de que existe un claro peligro.

El mes pasado, aparte de la devastada Siria, Sudán apareció de forma oficial como el país con el mayor número de solicitantes de asilo registrados en el mundo. Las cifras del año pasado publicadas por PEW Research muestran que casi 1,75 millones de sudaneses abandonaron su patria y buscaron asilo en otros lugares. No algo de extrañar para quienes se han gastado cientos de miles de libras en rutas y estrategias para salir de Sudán. Muchos de los migrantes son de la región de Darfur, afectada por el conflicto civil al oeste del país, pero cada vez más sudaneses de otras zonas deciden ignorar el peligro de la migración con la esperanza de lograr un futuro mejor.

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Hablé con una familia de una pequeña ciudad llamada Al Huda, en el Estado de Geizera, que sigue esperando noticias de su hijo de 25 años. Llevan más de un año sin saber anda de Ahmed Musa. Fue uno de los “afortunados” que cruzaron hasta la isla italiana de Lampedusa con la ayuda de los traficantes y que buscaron refugio en la ciudad alemana de Luneburg. Las autoridades francesas frustraron su intento de llegar a Reino Unido, ya que cerraron el campamento de la “Jungla”, en Calais. Un año después de que llegara a Alemania, contacté con Ahmed gracias a las redes sociales. Las autoridades procesaron su caso; no le otorgaron el estatus de refugiado y le ordenaron que abandonara el país. Sigue en Alemania de manera ilegal, intentando evitar que le detengan, y le es imposible contactar con su familia.

La historia de Ahmed y la fuga masiva de Sudán no es un fenómeno nuevo, siempre ha habido un gran número de sudaneses nativos en los Estados del Golfo. Según la Organización Internacional para las Migraciones (OIM), en 2011, “Sudán cuenta con una cifra de entre 880.000 y 1.338.000 migrantes económicos; más de la mitad de ellos están concentrados en Arabia Saudí, y el resto se ubica en otros países árabes o, en menor proporción, en países occidentales.”

El informe afirma que dos tercios de estos inmigrantes no tenían una amplia formación, pero que cerca de un tercio eran trabajadores “de cuello blanco” o altamente cualificados, “… como especialistas médicos, ingenieros, profesores de universidad, maestros, abogados, asesores jurídicos, empresarios y gerentes, lo que sugiere una fuga de cerebros en ciertas categorías profesionales, como, por ejemplo, los profesionales de la sanidad”.

Más recientemente, el deseo de abandonar Sudán ha dado un giro más peligroso. Durante los dos últimos meses, YouTube se ha plagado de vídeos de sudaneses siendo torturados y retenidos por bandas criminales en Libia. La semana pasada se publicaron más vídeos perturbadores en los que se oía como los cautivos eran golpeados y cómo los jóvenes sudaneses eran obligados a pedir a sus familias que enviasen dinero ante la cámara.

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Los familiares de estos hombres cuentan que difundieron estos vídeos en las redes sociales para intentar crear conciencia y recaudar el dinero que exigen. Por suerte, en el último caso, según el gobierno libio respaldado por la ONU, las Fuerzas Especiales del país encontraron el lugar en el que los jóvenes estaban retenidos y arrestaron a los miembros de la banda criminal que estaba involucrada.

La ironía de la situación reside en que el alto porcentaje de migración de 2017 se produjo el año que la Unión Europea pagó más de 200 millones de euros a Sudán para evitar la inmigración a Europa, y también proporcionó formación policial y equipo al Ministerio del Interior en Jartum. En abril de 2016, la Comisión Europea anunció la entrega de un paquete de desarrollo de 100 millones de dólares a Sudán, con el objetivo de abordar las “causas principales de la migración irregular y el desplazamiento forzado”.

Sin embargo, parece poco probable que estas causas principales sean abordadas hasta que se estabilice la situación política y económica en Sudán. Los sudaneses bromean con que sólo el 10% de la población apoya al otro 90%. Puede que no sean cifras exacas pero, durante décadas, el grueso de la población ha dependido en gran medida de las remesas de los ciudadanos sudaneses que trabajan en el extranjero. Aunque el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) sugirió hace una década que las remesas ascendían a casi 1.500 millones de libras, se estima que la cifra ha aumentado sustancialmente. Aun así, el PNUD señaló que las remesas per cápita en Sudán siguen siendo más bajas que las de otros países árabes.

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Los sudaneses utilizan canales informales para enviar dinero “a casa” y realizar transacciones que no afectan al sistema financiero oficial. Por lo tanto, la cantidad real enviada regularmente a Sudán no está del todo clara. Son comunes los esquemas que permiten a las empresas amasar divisas en el extranjero o incluso comprar propiedades en Sudán sin que las finanzas lleguen a tocar las fronteras del país. Además, las observaciones señalan al uso de remesas para el consumo diario, la educación y la sanidad, así como eventos ocasionales como bodas, entierros y migraciones.

El sueño de poder estudiar en el extranjero cueste lo que cueste sigue siendo la esperanza del 62% de la población sudanesa, menor de 25 años, según las últimas cifras del censo. Muchos pasarán años intentando abandonar Sudán, pero, eventualmente, se rendirán. Muy pocos lo conseguirán, y algunos acabarán muertos o torturados y maltratados por los traficantes de personas.

 

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