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La muerte de un general durante este aniversario de la Guerra de Irak nos recuerda que la justicia siempre llega

La gente se une para protestar contra la invasión de Iraq en 2003 [Kevin Krejci / Flickr]

Este mes, hace 15 años, dio comienzo la invasión de Irak, a pesar de varios meses de protestas globales, cuando George W. Bush y su cómplice voluntario, el primer ministro británico Tony Blair, hicieron sonar los tambores de guerra. La “Operación Libertad Iraquí” no sólo llevó al país rico en petróleo a dos décadas de caos, sino que también acabó por desestabilizar al resto de Oriente Medio, engendrando revoluciones fallidas y varias guerras, además de la aparición de grupos como el Daesh, la organización que ha llevado el terrorismo a las calles de Estados Unidos, Francia, España y Reino Unido, por nombrar algunos de los lugares afectados.

En términos humanos, más de un millón de viudas y huérfanos iraquíes surgieron de entre los escombros de sus hogares mientras que millones más se han convertido en refugiados esparcidos por Siria, Yemen y otros países de Oriente Medio. Los desplazamientos masivos de personas se han convertido en lo habitual, ya que las bombas vendidas por Occidente se lanzan sobre territorio árabe. Irán y Rusia también se han unido. Creo que todo esto ha sucedido porque, allá por 2003, Bush y Blair decidieron que querían cambiar el régimen de Bagdad y nos mintieron sobre las “armas de destrucción masiva.”

Todavía no se ha responsabilizado a nadie de esta carnicería, aunque el mundo se ha hecho mucho más pequeño para gente como Bush y Blair, quienes, tras haber sido acusados de crímenes de guerra, prefieren evitar ciertos países. Muchos creen que nunca se enfrentarán a la justicia, pero yo no estoy tan segura; la semana pasada, la muerte ex general argentino Reynaldo Bignone me hace confiar en que la justicia siempre llega.

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Hace tiempo, Bignone también pensó que podría estar por encima de la ley, pero llegó a un fin ignominioso cuando un shock séptico provocó su muerte. En lugar de fallecer en paz en compañía de su familia y amigos, lo último que vio el ex general, de 90 años de edad, fueron los barrotes del hospital militar en el que dio su último aliento. Condenado por incontables crímenes contra la humanidad en varios juicios, se trataba del último dictador militar de Argentina.

Envalentonado por su estatus en el apogeo de su poder, encarceló, torturó, asesinó e hizo desaparecer a decenas de miles de personas. Bignone fue declarado culpable de numerosos crímenes, entre ellos el secuestro de bebés de presos políticos. Unos días antes de su muerte, fallecía otro ex general, Luciano Menéndez, otro miembro de la brutal junta militar de Argentina y quien también había sido condenado por crímenes contra la humanidad.

Dudo que Bignone o Menéndez se mancharan las manos directamente pero, como Bush, Blair, el sirio Bashar Al-Assad o incluso la birmana Aung San Suu Kyi, eran quienes dictaban las órdenes o tenían acceso a información vinculada a crímenes muy graves. Cuando los generales argentinos se dispusieron a destruir las pruebas de sus crímenes e intentaron justificar sus acciones, también dictaron leyes para proteger a los oficiales militares de ser procesados, parecidas a las leyes de inmunidad que tenemos hoy en día. Para la felicidad de las víctimas de sus terribles crímenes, el pasado volvió para atormentarles y desapareció toda inmunidad de la que podían gozar.

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En 2005, el Tribunal Supremo argentino anuló las leyes de amnistía y permitió que se celebraran juicios para procesar a los involucrados en la “Guerra Sucia” (1976-1983) del país. La justicia fue servida para Bignone en abril de 2010, cuando fue declarado culpable como líder de la base militar Campo de Mayo, donde se había retenido ilegalmente a miles de personas. También había dirigido la ocupación militar del hospital Posadas, en la provincia de Buenos Aires, donde se estableció otro centro de detención ilegal.

Despojado de su rango militar en 2014, nunca expresó arrepentimiento por sus acciones; de hecho, intentó justificarlas en sus memorias en 1992. De la misma manera, Bush y Blair escribieron sus memorias sin mostrar señales de arrepentirse, y aún se niegan a ser responsabilizados de su invasión ilegal de Irak y del devastador efecto dominó que causó en la región. Sin embargo, vale la pena recordar que quienes estuvieron en el poder durante los días oscuros de dictadura en Argentina también pensaron, como Bush y Blair, que eran inmunes, que estaban por encima de la ley y que no tendrían que justificar sus acciones a las millones de personas cuyas vidas fueron destrozadas para siempre por sus decisiones.

Tony Blair y George W. Bush se dan la mano después de su conferencia de prensa en la Sala Este de la Casa Blanca el 12 de noviembre de 2004.

Otra persona que se niega a aceptar su responsabilidad por crímenes de guerra es la líder de facto de Birmania, Aung San Suu Kyi. Sin embargo, el pasado martes se vio obligada a cancelar una aparición pública programada en el Instituto Lowy, en Sídney, Australia. Sus asesores hablaron de una enfermedad repentina pero probablemente se trató de algo relacionado con los abogados que presentaron una solicitud privada para enjuiciarla por crímenes de guerra contra las minorías rohinyá en el Estado Rakhine de su país.

Suu Kyi ha negado los muchos informes creíbles de testigos oculares sobre crímenes sistemáticos, entre ellos asesinatos extrajudiciales, desapariciones, violencia, violaciones, detenciones ilegales y la destrucción de pueblos enteros por parte del ejército birmano. Es probable que se apele contra el comunicado del fiscal general australiano, Christian Porter, que declaró que no puede ser procesada en Australia, ya que tiene inmunidad diplomática.

Sin embargo, quienes creen que Suu Kyi es en parte responsable de las atrocidades que han obligado a cerca de 700.000 rohinyá a huir a Bangladesh para sobrevivir, han dejado claro que, allí donde se aplique la jurisdicción universal o los Estatutos de Roma, se enfrentará a acciones legales similares.

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Sin duda, los acusados de crímenes de guerra, desde políticos a generales israelíes a personas como Bush y Blair, siguieron de cerca los acontecimientos en Australia. Está claro que la situación está cambiando, sobre todo en Estados Unidos, donde hace poco llegó a las librerías un nuevo libro titulado “The Trial of Prisoner 043”. La novela expone la distorsión de los hechos y de las declaraciones públicas presentadas por el gobierno de Bush en el periodo previo a la Guerra de Irak y también examina algunos de los errores que se produjeron después de que estallara.

Escrito por el autor y productor de Hollywood, Terry Jastrow, la obra empieza con Bush siendo secuestrado en el famoso campo de golf de St. Andrew, delante de las narices de los guardaespaldas de su servicio secreto. Después, le suben a un avión y le llevan ante la Corte Penal Internacional. La premisa del libro – que la CPI se arriesgaría a procesar a Bush por crímenes de guerra – es, en sí misma, una prueba de cómo cada vez más gente de todo el mundo cree que la Guerra de Irak es injustificable.

Dado que Aung San Suu Kyi tendrá que testificar después de salir de Australia, el mundo se ha convertido en un lugar más pequeño para quienes, desde su puesto, toman decisiones terrible con las que dañan permanentemente a vidas y países inocentes. Por más que intenten cambiar la historia y triturar las pruebas, ahora saben que hay demasiada gente buena dispuesta a luchar por que se haga justicia contra quienes se consideran por encima de la ley y esperan que todos los demás obedezcamos sin hacer preguntas.

Los señores Bush y Blair deberían preocuparse, ya que la justicia siempre llega.

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