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Detrás de la fachada de la democracia, Irak es un Estado fallido

Las fuerzas de seguridad iraquíes celebran el éxito de la liberación de Mosul de Daesh el 9 de julio de 2017 [Agencia Yunus Keleş / Anadolu]

Ayer, hace 15 años que Estados Unidos remodeló a su gusto la República Iraquí, pero el molde democrático en el que se ha forzado al país ha demostrado ser incompatible con el comportamiento de las élites rebeldes de Bagdad. El proceso político apoyado por las fuerzas de ocupación alimenta ese comportamiento y permite que se ignoren acciones censurables.

Asociar la situación actual de Irak con el intento de “Estado fallido” siempre ha sido una constante, pero la negación de la realidad ha anulado el sentido crítico. Paulatinamente, se ha ido produciendo derrota tras derrota pero, para los ciudadanos, la vida ha llegado a tambalearse con el Daesh, sobre todo en las provincias de mayoría sunní, derrocadas batalla tras batalla. El Daesh ha sabido desenmascarar al sistema político comportándose como un “enemigo adaptativo y paciente” – según las palabras del general del ejército británico, Felix Gedney – .

“ISIS [Daesh] no tiene el monopolio del terrorismo en Irak. De hecho, algunas de las milicias chiitas cruciales para derrocar al ISIS [Daesh] también han sido acusadas de cometer atrocidades”, declaró a PBS News la periodista británico-iraní Ramita Navai.

La cobertura periodística está ligeramente salpicada con el término ‘Estado fallido’, aplicado como una tarjeta roja política para descalificar o proteger a países y pasar así con un barniz democrático a quienes pretenden alzarse en el poder usando la la inestable empatía de las fuentes externas.

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Incluso los espectadores que dieron su aprobación a las acciones militares de Estados Unidos y su ‘retórica de buenos hechos’ reconocerán que el fracaso comienza a desenmascarse en 2003. La intensa búsqueda de un cambio de régimen etiquetó al antiguo régimen como un ‘enemigo mortal’. Sin embargo, pocos anticiparon que el nuevo régimen también se convertiría en un adversario dentro de una retorcida historia que ha agotado los recursos financieros de Estados Unidos, que tratan de recuperar las pérdidas militares absorbiendo los recursos locales y pagando la factura con tal de mantener vivo a su paciente agonizante.

En los círculos mediáticos americanos se ha hablado de medidas como eliminar al ejército convencional iraquí, establecer legislaciones protectoras de comercio y economía o hacerse con el control de los ministerios más importantes de Irak. Cuando se argumenta la tremenda pérdida de vidas iraquíes, utilizan réplicas ingeniosas para dejar de lado las pérdidas y el trauma nacional. “No tenemos esas cifras a mano”, declaró la semana pasada a Al Jazeera Mark Kimmitt, general estadounidense de brigada retirado, después de que el presentador Mehdi Hassan le preguntara sobre el número de muertos.

La velocidad vertiginosa con la que se formó la insurgencia iraquí y la incapacidad de las tropas de responder a la rápida propagación del fuego no se discutieron entre los comandantes estadounidenses en un tono populista. En los años posteriores, aumentó la preocupación del gobierno de Bush sobre el fracaso del Estado, ya que la caída prevenible de Irak en una guerra entre facciones desató nuevas tragedias.

Admitir el fracaso del Estado habría perjudicado la defensa del intervencionismo militar. La secretaria de Estado estadounidense, Condoleezza Rice, lo describía como “una estrategia capaz de funcionar” en una convención de la Liga Americana a finales de 2006. Rice predijo lo que ocurriría una década después: “si nos retiramos antes de finalizar el trabajo, las consecuencias del fracaso serán graves.”

Irak no es distinta a la norma con respecto a las intervenciones militares internacionales vividas en Haití y Afganistán. La confesión interminable, la convergencia de partes no estatales, los desastres medioambientales, las ventas ilegales de recursos nacionales, la bancarrota y la reducción de los ingresos harían del término ‘Estado fallido’ la descripción categórica más adecuada para el Irak contemporáneo.

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Como advirtió en 2006 la primera mujer secretaria de Exteriores de Reino Unido, Margaret Beckett, Irak “es un país que tiene el riesgo de convertirse en una nación sin gobierno y sin leyes”, una declaración que se ha hecho realidad 12 años después.

La fragilidad es otra excusa a la que recurren los medios para mantener la fachada democrática y correr el telón sobre los abusos sobre los derechos humanos. Estados Unidos, que, durante las campañas de liberación, se mantenía mudo sobre los abusos contra los derechos humanos, ha denegado a sus antiguos aliados, Qais Al-Khazali, Hadi Al-Ameri y Hadi Al-Meri, su apoyo militar y logístico.

La toma progresiva de las fuerzas paramilitares, absorbidas por el aparato militar oficial del Estado y cuyos miembros participan en las elecciones de este año, ha destrozado el disfraz de democracia con el que Estados Unidos había vestido a Irak.

Hoy, el país se viste de negro, mientras que EEUU se pregunta si presionar el botón de reinicio respecto a su presencia en Irak. Estados Unidos se ha envuelto en una guerra de palabras con los iraquíes, con los que se alió al capitalizar su odio contra el antiguo régimen. Ha respondido a las amenazas de las milicias recuperando las promesas de una expansión militar, según Ali Al-Murshidy, miembro del parlamento y de la Alianza Nacional de Irak.

El apoyo popular a la intervención militar ha caído hasta niveles más bajos que nunca, ya que los 15 años de ocupación han causado 2 millones de víctimas iraquíes.

Es posible que los medios coercitivos ya no le sirvan al gobierno de Trump, pero, sin duda, eso no hará que EEUU admita que el sistema político que instaló ha fracasado estrepitosamente.

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Nazli Tarzi es una periodista británico-iraquí especializada en Oriente Medio, con especial interés en Irak.

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