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Erdogan exhibe su fuerza ante los planes de Trump

El presidente turco Recep Tayyip Erdogan pronuncia un discurso en Ankara el pasado 22 de enero de 2018 [Turkish Presidency/Murat Cetinmuhurdar/ Anadolu Agency]

Al presidente turco Recep Tayyip Erdogan le gusta la retórica desafiante y es un rival perfectamente capaz de hacer frente al presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, a la hora de pronunciar discursos intransigentes. Sin embargo, a diferencia de su homólogo de Washington – quien es, más bien, un oportunista muy ruidoso – la estrategia del presidente turco acerca de la política exterior parece ser perfecta.

No es ninguna coincidencia que el vicepresidente de Trump, Mike Pence, llegara a Oriente Medio el mismo día que Turquía inició una ofensiva militar contra los aliados kurdos de EEUU, que llevaban ya varios años operando en la frontera sirio-turca. Erdogan le ha regalado a Pence un asiento en primera fila para una clase magistral sobre la política exterior en Oriente Medio, demostrando a Estados Unidos la falta de eficacia y poder que tienen en la región.

Incluso el rey Abdullah II de Jordania, viejo amigo de Washingtgon, advirtió a Pence el domingo que EEUU debe “reconstruir la confianza” después de la declaración que hizo Trump sobre Jerusalén en diciembre. Las señales de advertencia llevan ahí meses, y, mientras que el reconocimiento de Trump de Israel y la intención declarada de relocalizar la embajada estadounidense de Tel Aviv avivaron las llamas de la indignación en Ankara, Erdogan no utilizó su pólvora y esperó al momento oportuno para atacar. Mientras tanto, Trump siguió rodeándose de simpatizantes de Israel, aunque debería haber estado hablando con verdaderos expertos en la región y no con aduladores pro-israelíes, entre ellos el embajador estadounidense en Tel Aviv, David Friedman, un conocido partidario de los asentamientos judíos ilegales en la Cisjordania ocupada.

El dramático cambio de la política estadounidense respecto a Jerusalén provocó protestas generalizadas en Palestina y otros países musulmanes; era de esperar. Lo que no era tan predecible es que recibiera una condena mundial, también por parte de países de la OTAN y algunos aliados tradicionales de EEUU. Estados Unidos se está saliendo del redil y se está aislando cada vez más gracias a la incapacidad de Trump de comprender la región. Mantener a un puñado de déspotas árabes dóciles en sus bolsillos llenos de petro-dólares no le permitirá comprar el tipo de influencia y poder de los que una vez gozó Estados Unidos.

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A lo largo del fin de semana, el ejército turco atacó a las fuerzas kurdas respaldadas por EEUU en el norte de Siria, a pesar de las advertencias verbales del país americano. A muy pocos países les agradaría la ocupación a largo plazo de tierra en sus fronteras por parte de 30.000 tropas extranjeras, y Turquía no es una excepción. Sin embargo, Estados Unidos esperaba que el gobierno en Ankara se quedara a un lado y no hiciera nada respecto al creciente enclave kurdo en Siria, conocido como Afrín.

Por lo tanto, era inevitable – y tremendamente obvio para todo el mundo menos para la administración de Trump – que las tropas terrestres turcas fueran movilizadas. Durante el fin de semana, 24 horas después de un intenso bombardeo aéreo, Ankara inició una incursión terrestre, callada Operación Rama de Olivo. No me queda claro qué tiene que ver una rama de olivo con ataques aéreos, bombas y balas; en términos de códigos militares incongruentes está a la altura de la ridícula “Operación Libertad Duradera” del gobierno de George W. Bush durante la invasión y la guerra de 2003 en Irak. La operación estratégica de Erdogan actuó en 150 puntos del territorio kurdo durante la tarde del sábado.

Las milicias kurdas con apoyo estadounidense respondieron bombardeando la provincia turca de Kilis, en la frontera; parece que ha comenzado una guerra entre la Turquía y las llamadas Unidades de Protección Popular (YPG) y su ala política, el Partido de la Unión Democrática (PYD). En lo que concierne a Ankara, ambos son partes del ala siria del Partido de los Trabajadores de Kurdistán (PKK), designado como organización terrorista.

Sólo un tonto habría ignorado las señales de advertencia y, sin embargo, hoy en día vemos como los aliados de Turquía de la OTAN expresan su preocupación (y una sorpresa mal fingida) sobre la ofensiva militar. Ankara ha expresado muchas veces su indignación sobre la expansión de las YPG en el norte de Siria, y ha cuestionado la participación americana desde que EEUU empezó a respaldar y a entregar armas al grupo mientras encabezaba las ofensivas contra el Daesh en la región.

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Parece que Trump ha subestimado al presidente Erdogan, creyendo ingenuamente que, como aliado de la OTAN, simplemente se pondría del lado de la política exterior estadounidense. El líder turco lo advirtió, y, a día de hoy, ha demostrado ser un hombre de palabra. La ofensiva de Afrín se produjo después de que Estados Unidos anunciara que entrenará a un ejército que patrulle las fronteras de Siria, un ejército que incluiría a las YPG como componente clave, a pesar de que Trump le asegurara personalmente a Erdogan hace unos meses que EEUU frenaría su apoyo a las YPG.

Turquía no es una entidad servil u oprimida dispuesta a someterse dócilmente a los dictados de Estados Unidos o de Occidente. Intervino en la guerra de Siria en agosto de 2016 para limitar la expansión kurda al oeste del río Éufrates y, a su vez, también expulsó al Desh, que controlaba ciudades fronterizas importantes.

En resumen, Trump y sus generales (¿de verdad les escucha?) han llevado a Turquía a iniciar esta ofensiva militar unilateral en Afrín. Lo que debería preocupar aún más a la OTAN es que, claramente, esto se ha hecho bajo la aprobación del presidente ruso, Vladimir Putin. Sin duda, era obvio que, si los países de la OTAN ignoraban el dilema de Turquía, otra entidad que operara en la región – Moscú, por ejemplo – se pondría manos a la obra.

Sólo nos queda concluir que Estados Unidos y la OTAN son cada vez más irrelevantes, no sólo en Siria, sino en Oriente Medio en general. La región está remodelando su propio paisaje y las nuevas potencias emergentes parecen ser Rusia, Irán y Turquía. Al menos de manera superficial, todo esto parece suponer buenas noticias para Bashar Al-Assad, el déspota líder de Siria, que se acerca al fin de la guerra de siete años con una victoria militar a su favor.

El presidente sirio Bachar Al Assad en Sochi, Rusia, el pasado 21 de noviembre de 2018 [Kremlin Press Office/Anadolu Agency]

Una vez más, Occidente tiene que asumir cierta culpa, debido a su clara falta de entendimiento sobre la región y la resultante falta de acción. Más importante aún es la rápida disminución de la influencia estadounidense, posiblemente acelerada por la arrogancia e ignorancia del gobierno de Trump. Hace un par de años, hubiese sido inconcebible que las tropas turcas se unieran a los rebeldes sirios para atacar a las fuerzas de la YPG, armadas por Estados Unidos, pero esto es exactamente lo que está sucediendo, y existe un apoyo generalizado del pueblo turco a la ofensiva militar de Erdogan contra los enemigos de su país.  

El presidente turco ha advertido que la presencia militar kurda no sólo amenaza a las fronteras de Turquía, sino también a la integridad de la soberanía siria. Insiste en que las tierras que ocupan los kurdos han de ser devueltas a Siria.

Estados Unidos ha pedido a Turquía que detenga su ofensiva, pero, mientras Ankara insista en que aún es un aliado de confianza dentro de la OTAN, está claro que no se pondrá fin al ataque contra las fuerzas kurdas en Afrín. Si bien el reacercamiento entre Rusia y Turquía es motivo de preocupación para la OTAN, los Estados miembros de la organización saben que ningún país ha hecho más por destruir al Daesh y ayudar a la inteligencia occidental que Turquía.

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La OTAN lleva cinco años ignorando las advertencias y las peticiones de Erdogan; esto ha vuelto para atormentarla, ya que ahora no tienen poder para intervenir a favor de los kurdos. Mientras tanto, Francia ha pedido una sesión de emergencia del cada vez más inútil Consejo de Seguridad de la ONU, pero hay poco que la ONU pueda hacer – o haya hecho – por la región.  

El Daesh se ha convertido en un actor secundario insignificante, y la política occidental tiene un impacto mínimo o inexistente en la política de Oriente Medio. De nuevo, los críticos pueden señalar a la administración de Trump como la causa del declive. Obviamente, la decisión del presidente de los Estados Unidos sobre Jerusalén, tomada a pesar de las advertencias de Ankara y de muchos otros, no ha sido de ninguna ayuda.

Así, Erdogan se ha enfrentado a Trump por pisotear por completo la sensibilidad cultural y religiosa del mundo musulmán e ignorar las consecuencias totalmente predecibles de su caótica política exterior. Le puedes amar o le puedes odiar, pero el líder turco ha emergido como un intermediario de poder regional con amigos tanto en Moscú como en Teherán, mientras conserva la confianza de la OTAN. Si Mike Pence y sus asesores tienen algún tipo de sentido común, abandonarán su gira por Oriente Medio e irán directamente a Ankara. Les convendría usar lo que dure el vuelo para rezar porque el presidente Erdogan tenga el tiempo y la intención de hablar con ellos.

 

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