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Oriente Medio cerca de usted

2017, año de caos e inestabilidad bajo la doctrina Trump

Imagen del presidente estadounidense Donald Trump [Gage Skidmore / Flickr]

Ha pasado un año desde que Donald Trump fue nombrado presidente de los Estados Unidos, y lo que muchos se preguntan es si EEU puede recuperarse de una caída tan humillante. Su presidente ha sido descrito como “vulgar”, “racista”, “ignorante” e “infantil”. Se cuestiona su salud mental, así como la salud de la propia democracia estadounidense.

¿Cómo ha llegado un hombre con un historial tan accidentado y sin experiencia política; un hombre que incita públicamente a la violencia y promete aprobar leyes racistas y discriminatorias; un hombre que etiqueta a continentes enteros como “vertederos”; a ocupar la oficina más poderosa del mundo? ¿Es Trump un síntoma de la enfermedad que acabará con la preeminencia global de Estados Unidos? Estas preguntas seguirán ocupando a los historiadores y analistas durante décadas.

Si Trump es un indicio del momento Lucio Aurelio Cómodo de Estados Unidos – periodo al que los historiadores se refieren como el fin del Imperio Romano – quizás Oriente Medio, en este paralelo histórico, será recordado por la sobreexcitación y el gasto excesivo de EEUU, poniendo fin a su naciente imperio.

Las escapadas de Trump en Oriente Medio, a pesar de prometer ser un presidente no intervencionista, no sólo han generado caos e inestabilidad, sino que también ha dañado permanentemente el débil poder de EEUU en la región. Al llegar al puesto, hace justo un año, tenía varios temas sobre la mesa respecto a Oriente Medio: “debilitar y destruir” al Daesh, finalizar la guerra en Siria y reiniciar las negociaciones entre Israel y Palestina. Este presidente poco convencional se complicó a sí mismo al prometer el desplazamiento de la embajada estadounidense de Tel Aviv a Jerusalén, introducir una “prohibición total contra los musulmanes”, anular el acuerdo nuclear con Irán y firmar lo que él llamó el “acuerdo del siglo” entre Israel y Palestina.  

Los primeros meses de la presidencia de Trump supusieron un tremendo esfuerzo para los pilares de la democracia estadounidense. La libertad religiosa está consagrada en la Constitución de EEUU, pero, aun así, Trump dirigió un ataque abierto contra este pilar de los principios democráticos seculares de los Estados Unidos. Los tribunales de la nación resistieron a la presión del nuevo presidente y anularon su prohibición racista contra los musulmanes.

En los primeros meses, Trump también tuvo la oportunidad de cumplir con otra promesa electoral; “asesinar” al acuerdo nuclear con Irán. En este frente, parecía que Trump había empezado una guerra que no podía ganar. Los otros siete signatarios del acuerdo – Irán, la UE, Rusia, Alemania, Francia, China y Reino Unido – insistió en la implementación total del Plan de Acción Integral Conjunto, que fue acordado en 2015. A pesar de amenazar con descertificar el acuerdo, Trump no llegó a cumplirlo. Sin embargo, donde no había resistencia, Trump resultó ser el heraldo del caos y la inestabilidad.  

La doctrina de Trump

Es irónico que el caos y la inestabilidad se convirtieran en las cualidades distintivas de lo que pasó a conocerse como la doctrina Trump. En Oriente Medio, la simplicidad casi infantil de la doctrina incitó a la peor crisis diplomática de la región el año pasado. Michael Wolff explicó esta nueva mentalidad en su libro “Fuego y Furia: Dentro de la Casa Blanca de Trump”: “Básicamente, existen cuatro jugadores (o, al menos, nos olvidamos de todos los demás) – Israel, Egipto, Arabia Saudí e Irán. Los tres primeros pueden unirse contra el cuarto. Y Egipto y Arabia Saudí, dado lo que quieren con respecto a Irán – y con todo lo que no interfiera con los intereses de Estados Unidos – presionará a los palestinos para llegar a un acuerdo. Voilà.”

En el bestseller, que confirma gran parte de la disfuncionalidad y el caos del primer año de gobierno de Trump que han filtrado los medios, se dice que el presidente decidió un nuevo conjunto de presunciones sobre Oriente Medio y adoptó unas ideas muy diferentes sobre cómo rehacer su política. Los gobiernos previos entendían que la región necesitaba un enfoque matizado. Calculaban la “álgebra infinitamente compleja y multilateral de amenazas, intereses, incentivos, acuerdos y relaciones en constante evolución para llegar a un futuro equilibrado”, escribió Wolff, mientras explicaba la determinación de Trump a hacer las cosas de forma distinta.

La doctrina de Trump “consiste en reducirlo todo a tres elementos: potencias con las que pueda trabajar, potencias con las que no pueda trabajar y potencias sin poder suficiente a las que podemos ignorar o sacrificar funcionalmente”. Son, según Wolff, “temas de guerra fría”.  

 

Visita “crucial”

Trump confió a su yerno, Jared Kushner, un completo desconocido en los círculos de la política exterior, la implementación de la doctrina; sus órdenes eran reconstruir Oriente Medio. Wolff afirma que Kushner “se convirtió en una de las personas clave del gobierno – del mundo, de hecho”. Es más, es tan significativo que parecía que tendría un papel importante en el bloqueo de Qatar y el reconocimiento de Trump de Jerusalén como la capital de Israel. Ambas acciones encajan perfectamente en la cosmovisión de Trump. El verano pasado, en su primera visita al extranjero con su tarea de “hacer América grande otra vez”, Trump visitó Riad. Aunque hay quien pensó que esta fue una elección peculiar, Wolff no está de acuerdo. Había algo que se había “alineado curiosamente”, explica, entre la familia de Trump y el nuevo príncipe heredero de Arabia Saudí, Mohammad Bin Salman. Señala que ambos pretenden hacer cambios importantes en sus respectivos países.

Bin Salman y Kushner están convencidos de que el establishment saudí no estuvo a la altura de los desafíos del siglo XXI. “Saber poco”, escribe Wolff, “les hizo sentirse a gusto juntos”. Se dice que a Kushner le sorprendió gratamente la rapidez con la que se hicieron amigos. Recalca que fue “como conocer a alguien simpático en tu primer día de campamento”.

Para Trump, la reunión con los saudís supuso un cambio. Se alega que dijo que “los saudíes van a financiar una presencia militar completamente nueva en el reino, suplantando e incluso reemplazando la sede del comando estadounidense en Qatar. Y se producirá ‘el mayor avance de la historia en las negociaciones entre Israel y Palestina’. Será un cambio crucial, algo que no se ha visto nunca”.

 

Quid pro quo saudí-estadounidense

El equipo de Trump y del rey Salman de Arabia Saudí llegó a un acuerdo. El quid pro quo fue, al menos a ojos de Trump, bastante directo, y EEUU salía siempre ganando. A cambio de apoyar el intento de Bin Salman de convertirse en el príncipe heredero y renunciar a Qatar, a Estados Unidos se prometieron miles de millones de dólares en inversiones saudíes y un socio dispuesto a implementar el “acuerdo del siglo” entre Israel y Palestina. Ambos proyectos requieren de un golpe de Estado de algún tipo, y a Trump no le molesta en absoluto. Se ha informado de que el presidente estadounidense se jactó en junio de que, tras sustituir a Muhammed Bin Nayef, el antiguo príncipe heredero, por Bin Salman mediante un golpe de Estado pacífico, había puesto a su hombre al mando en Riad.

“De manera dramática”, apunta Wolff, “fue un cambio de dirección de la actitud y estrategia política – y su efecto fue casi inmediato. El presidente, ignorando o incluso desafiando al consejo de política exterior, les dio permiso a los saudíes para acosar a Qatar”. A pesar de que Qatar ha sido un gran aliado de EEUU en la región, Trump adopyó la visión de que Arabia Saudí no está involucrada en el terrorismo y que Qatar es el principal financiador de los grupos terroristas. Para la consternación del Departamento de Estado estadounidense, aparentemente el presidente dio luz verde para un golpe de Estado sutil en Doha. En plan hubiese funcionado su Turquía no hubiese intervenido cuando el parlamento turco votó para permitir que se enviaran tropas a Qatar. La decisión frenó los planes de invasión de Arabia Saudí.

 

Jerusalén

Con “su hombre a cargo” en Riad, Kushner empezó a juntar las piezas para firmar el “acuerdo del siglo”. El president palestino Mahmoud Abbas fue convocado en Riad y se le presentó un ultimátum: podía respaldar el acuerdo de paz israelí-palestino de Trump o renunciar. Se ofreció un acuerdo sólo unos días después de que Jared Kushner hiciera una visita imprevista a la capital saudí para conocer a Bin Salman. Se ha dicho que ambos han ideado un plan en el que parece que Abbas no tiene voz. La propuesta saudí para una iniciativa de paz entre israelís y palestinos ofrece a los últimos el pueblo de Abu Dis como la capital de Palestina, en lugar de Jerusalén.

Ninguno de estos proyectos se desarrolló como lo había ideado la nueva alianza. Qatar no sucumbió y los palestinos rechazaron el plan de paz falso. El fiasco debería haber hecho descarrilar la intención de Trump de firmar el “acuerdo del siglo” y hacer “América grande otra vez”. Sin embargo, el presidente estadounidense es cabezota. Inexplicablemente, anunció su reconocimiento de Jerusalén como la capital de Israel y rompió con la política de los gobiernos previos y con el derecho internacional. Las respuestas a esta decisión fueron protestas y denuncias. El gobierno palestino insistió en que EEUU se había descalificado completamente – como si no lo hubiera hecho ya – del papel como mediador honesto entre las partes enfrentadas.

Jerusalén fue y es central para la solución de dos Estados. ¿Por qué iba Trump a tomar esta decisión? Puede que tenga más que ver con su visión del “acuerdo final”, que no tiene en cuenta la ley internacional. Junto a la derecha israelí, parece que Trump tenía otra cosa en mente cuando hablaba de paz. Si creemos a Wolff, el gobierno de Trump parece apoyar plenamente el proyecto propuesto por los israelíes de extrema derecha. Citando a un alto cargo de la administración, escribió, “Dejad que Jordania se quede con Cisjordania, dejad que Egipto se quede con Gaza. Dejad que se apañen. O que se hundan intentándolo”.

Puede que tal trato suene absurdo, pero, a los ojos de quienes remodelan ahora Oriente Medio, se considera un escenario realista; de hecho, para el depredador de Trump es una oportunidad, como explica Wolff. “los saudíes están al borde, los egipcios están al borde y aterrorizados por Persia… Yemen, Sinaí, Libia”. El caos era necesario para que Trump siguiera con su doctrina extremista y pro israelí, y entregarle así a Netanyahu todo el territorio palestino posible con el menor número de palestinos en él.

El Daesh en Siria

La decisión de Trump sobre Jerusalén y la crisis en el Golfo parecían dominar la agenda, tanto, que la guerra contra el terrorismo de Washington de casi dos décadas parecía haber quedado relegada en 2017. Sobre la “derrota” y “destrucción” del Daesh, Trump afirmará que ha tenido más éxito que su predecesor, Barack Obama. Mientras que en Irak ya no hay militantes del Daesh, el conflicto de EEUU con los islamistas radicales se ha intensificado en otras partes de la región. Por ejemplo, en Yemen y Somalia, el número de ataques aéreos estadounidenses se disparó el año pasado. Según el la Oficina de Periodismo de Investigación, el número de operaciones se ha multiplicado con el presidente Trump; los ataques aéreos se han duplicado en Somalia y triplicado en Yemen.

En Siria, Trump consiguió lo que quería con una oportunidad para ser el jefe al mando. Sin embargo, su decisión de bombardear una base aérea después de que 58 personas murieran y docenas resultaran heridas en Khan Sheikhun, en Idlib, en abril, confirmó la mentalidad errática del presidente respecto a la política exterior. Los sucesos en Siria no se han desarrollado como quería EEUU. En vez de aceptar la nueva realidad, Trump ordenó el lanzamiento de misiles en un campo aéreo estadounidense. No frenó la carnicería del presidente sirio Bashar Al-Assad, ni hizo bien a los intereses de EEUU. Se requería un cambio para que se acabara la guerra, sin importar quién ganase. El intento fallido de Trump de demostrar su fortaleza cuando el Daesh había sido derrotado en Siria podría haber empeorado las cosas.

 

2018

Parece que Donald Trump ha jugado todas sus cartas durante su primer año. Desde la prohibición a los musulmanes hasta su decisión sobre Jerusalén, intentó seguir adelante con una agenda que no parece haber hecho más que apaciguar a su estrecha base política. Al hacerlo, ha conseguido unir a la comunidad internacional en su contra.

Al intentar encajar a Estados Unidos en su visión de grandeza, el presidente ha provocado a otros innecesariamente a otros y ha hundido la posición de EEUU en el panorama internacional. Romper con la política previa estadounidense y con el consenso internacional no hizo realidad la fantasía de Trump de hacer América grande otra vez. De hecho, la ha alejado. La votación de la ONU tras el anuncio de Jerusalén y las amenazas de cortar la ayuda a los palestinos demostraron el declive de la influencia y el poder de EEUU en el mundo.

Todos los ítems de la lista de “cosas que hacer” de Trump cuando llegó a la Oficina Oval se han desarrollado de forma muy distinta a lo que él y su país querían. Con la influencia de EEUU en Oriente Medio dañada irreversiblemente por el presidente, parece que 2018 será un año de constantes ataques de la Casa Blanca de Trump. Es poco probable que un presidente que lucha por su vida política en su país tenga tiempo para lidiar con las crisis que ha ayudado a crear en Oriente Medio. Los déspotas y tiranos que Trump ha ayudado a ejercitar su poder arbitrario para su propio interés tienen que darse cuenta de que puede que la era de Trump esté a punto de acabar. Al haberse subido tan alto a hombros del presidente, tienen que prepararse para una caída larga y dolorosa.

 

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