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Los movimientos secesionistas de Cataluña y Kurdistán no deben triunfar

Manifestantes por la unidad de España en Barcelona, el pasado 29 de octubre [Dursun Aydemir/Anadolu Agency]

Existe un argumento en África según el cual el agrupamiento de las diferentes tribus en naciones es responsable de los conflictos entre la mayoría de los países africanos. Reunir a varias tribus bajo una bandera nacional ha alimentado a la política tribal, o así dice esta hipótesis: las tribus deberían haberse autogobernado tras el fin del colonialismo, y las fronteras nacionales deberían haber tenido en cuenta los territorios tribales.

Esto tiene sentido, a pesar de que trata de absolver a los pobres dirigentes africano poscoloniales de toda culpa por el desastre del continente. El principal desafío en África es la distribución injusta de recursos y el favoritismo. La política tribal es otro obstáculo para la prosperidad sociopolítica y económica.

En muchos sentidos, el desarrollo de las naciones Estado como Irak y España es similar al de África. Aunque mucho más antiguas que la muchas de las naciones africanas actuales, también fueron creadas con la mentalidad de “el ganador se lo lleva todo”.

Los kurdos se extienden por Siria, Turquía e Irán, así como en Irak, y se les considera el mayor grupo de población del mundo sin Estado propio; de ahí el referéndum en el enclave autónomo kurdo sobre la independencia de Bagdad. La historia de Cataluña está plagada de derrotas territoriales, humillación e imposiciones políticas que hacen de España una de las naciones más irreconciliables políticamente de Europa. Dadas estas realidades, ¿están justificados los movimientos secesionistas de Cataluña y Kurdistán?

Leer: El nacionalismo kurdo y los dobles estándares de Occidente

Estos grupos secesionistas han tenido una impresionante aparición en todo el mundo, cada uno buscando la exclusividad en base a su identidad cultural. La política de la existencia exclusiva crece, flanqueada por la crecida de los partidos políticos de derechas y las organizaciones anti inmigración, sobre todo en Europa. En cuanto a objetivos, no hay mucha diferencia entre los secesionistas y la extrema derecha; los métodos empleados difieren, aunque esto podría decirse desde una perspectiva más bien infantil y unilateral.

Detrás de los aspectos culturales del secesionismo reposa la incapacidad de los países de repartir equitativamente los servicios y los recursos entre sus comunidades minoritarias. Esto está muy claro en el Kurdistán iraquí rico en petróleo.

Los actuales fiascos políticos en España e Irak son interesantes. El gobierno central de Madrid se niega a permitir que los catalanes celebren un referéndum legal de independencia, aunque, aparentemente, la mayoría de los ciudadanos lo desean. En Irak se produce el mismo sentimiento anti referéndum, incluso después del 25 de septiembre, cuando Kurdistán votó para separarse de Irak. La subsecuente condena del gobierno de Bagdad y de los Estados vecinos se produjo poco después.

Manifestantes a favor de la independencia del Kurdistán iraquí, el pasado 21 de septiembre [Rudaw English‏/Twitter]

Los movimientos de secesión existirán siempre que haya una falta de liderazgo nacional; que la discriminación racial y cultural sea clara; y que continúe la distribución injusta de los recursos nacionales. Los líderes políticos del mundo deberían abordar estos problemas ya. Deben preocuparse por lo que sucede en Cataluña y en el Kurdistán iraquí, ya que podrían inspirar a movimientos similares, no sólo en Europa y Oriente Medio, sino en todo el mundo. Por ejemplo, en Sudáfrica existe una considerable y muy militante de blancos afrikáners de derechas que pretenden tener un Estado independiente llamado Orania.

Por lo tanto, es difícil no concluir que los movimientos secesionistas tienen el potencial de polarizar al mundo. Todo nuevo Estado conlleva su propio bagaje social, político y cultural. También necesita armas, – sólo para la autodefensa, por supuesto – lo cual alimenta una carrera armamentística que beneficia al complejo militar industrial en varios Estados clave, entre ellos EEUU e Israel.

El nacionalismo puede explotarse de muchas formas, y, en lugar de alentar a los movimientos independentistas cada vez que una nación se enfrente a problemas internos, los líderes políticos deberían centrarse en la coexistencia entre fes y grupos étnicos, entre tribus y culturas. Deberían liderar la lucha contra la corrupción, la distribución injusta de recursos y todas las formas de explotación sociopolítica y económica.

Por desgracia, la oposición a los referéndums de Kurdistán y España no está motivada por la armonía racial y la coexistencia; se basa en política, ego, amenazas territoriales e intereses económicos. Impedir que los catalanes y los kurdos cumplan con sus ambiciones políticos podría llevar a la violencia. Para evitarlo, Madrid y Bagdad debería establecer contra narrativas que animen a la coexistencia. Además, deberían escuchar las demandas razonables de los independentistas, más allá de la retórica racista y exclusivista, y después considerarlas, lo cual debilitaría y, en última instancia, acabaría con el impulso independentista.

Por último, a pesar de las deficiencias políticas actuales de Estados Unidos, su mezcla racial y cultural podría ser el modelo ideal para demostrar lo que puede conseguirse con personas de orígenes diversos que trabajan juntas hacia un objetivo común. Eso es lo que define el legendario sueño americano, y explica por qué no debe permitirse que triunfen los movimientos independentistas de Cataluña y Kurdistán.

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