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Defenderse de la violencia israelí

Un señor palestino reza en la mezquita de Al Aqsa el primer viernes después de que Israel levantara las restricciones de acceso, el 4 de Agosto de 2016 [Mostafa Alkharouf/Anadolu Agency]

La semana pasada leí algo que me resultó familiar; la violencia estatal de Myanmar contra el pueblo de Rohingya se describía como una “respuesta” frente a un ataque contra la policía por parte de un pequeño grupo de “rebeldes”. Esta “respuesta” ha sido totalmente desproporcionada, enfrentando a las fuerzas de seguridad armadas contra hombres, mujeres y niños desarmados; han resultado en asesinatos, desalojos y una limpieza étnica. Se olvidó el hecho de que las víctimas han sido perseguidas por el Estado en lo que era Burma durante décadas. La situación tiene más de una similitud con las “respuestas” de Israel – completamente en “defensa propia”, por supuesto – contra el “terrorismo” palestino, el término falso utilizado para negar la resistencia legítima contra la brutal ocupación militar de Israel en Palestina.

Por lo tanto, no resulta extraño escuchar que Israel ha estado armando al régimen militar en Myanmar; los productos de su lucrativa industria armamentística pueden encontrarse en puntos conflictivos de todo el mundo. Israel vende sus armas en base a que han sido “probadas en el terreno” contra objetivos vivos en los territorios palestinos ocupados. Es más, los servicios de seguridad israelíes enseñan a las fuerzas de la policía occidental cómo “contener” el desorden civil; no es de extrañar que a los policías estadounidenses les resulte tan fácil disparar a ciudadanos americanos cuyas vidas negras, claramente, no importan. Como señala con increíble detalle Jeff Halper en su libro “War against the people” (Pluto Press, 2015), Israel se encuentra al frente de la “pacificación global” de la sociedad civil por parte de las fuerzas policiales, que están adoptando un rol cada vez más paramilitar en la sociedad.

Por supuesto, en Israel este rol lleva mucho tiempo siendo la norma. La violencia estatal contra civiles desarmados es común cuando estos últimos son palestinos; aparte de las ofensivas militares asesinas contra los ciudadanos de la Franja de Gaza, sus compatriotas de los terrenos ocupados de Cisjordania y Jerusalén Este se enfrentan cada día a la policía armada, a los guardas fronterizos y al ejército israelí. Todo esto está ampliamente documentado y, aún así, Israel ha logrado convencer a los gobiernos occidentales de que es la víctima que se enfrenta a una amenaza existencial, pese a que la evidencia demuestra claramente lo contrario. La ideología fundadora de Israel, el sionismo, y sus partidarios tienen mucho control sobre los políticos occidentales, tanto, que estos últimos hacen oídos sordos a la realidad de que el proyecto colonial de Israel ha consumido a la Palestina histórica durante casi siete décadas, despojando a la tierra de sus gentes indígenas y, a estas personas, de sus derechos.

“Puesto que apenas podemos ver lo que sucede delante de nuestras narices”, escribía Noam Chomsky en Who Rules the World(Penguin, 2017), “no es de extrañar que los acontecimientos a cierta distancia sean totalmente invisibles”. Quizá el caso más notable de este fenómeno sea la respuesta de Occidente frente a la ocupación colonial de Israel.

Este es un año de aniversarios significativos para el conflicto en la Palestina ocupada: el centenario de la infame Declaración de Balfour; 50 años de ocupación en Cisjordania y la Franja de Gaza; y 10 años del asedio israelí sobre Gaza. Todos son sucesos sumidos o relacionados con la violencia. También han pasado 30 años desde el comienzo de la Primera Intifada, el “levantamiento” contra la ocupación israelí.

Las imágenes de soldados israelíes rompiéndoles los brazos a jóvenes palestinos a los que atraparon mientras lanzaban piedras contra las tropas representan una de las características de la Intifada, y, aún así, empezó como una serie de protestas pacíficas contra el asesinato de cuatro trabajadores palestinos en Gaza. Como señala la profesora Mary Elizabeth King en A Quiet Revolution: The First Palestinian Intifada and Nonviolent Resistance(Nation Books, 2007), el levantamiento se formó como una “movilización social masiva y pacífica”. La profesora King sugiere que el enfoque de los medios en los jóvenes que lanzaban piedras y no en las manifestaciones pacíficas ayudó a cambiar el énfasis del pacifismo.

El mismo patrón se repitió en Siria en 2011; las manifestaciones pacíficas pro-democracia se enfrentaron a una respuesta violenta del gobierno de Bashar Al-Assad, dando pie a una guerra civil, instigada  y fomentada por factores externos. Parece confirmarse la tesis de Halper de que el conflicto armado se ha convertido en el estatus quo preferido por los gobiernos cuyo poder depende del complejo militar-industrial y de la “pacificación” de su pueblo.

Esto hace más interesante el éxito de la campaña pacífica de Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS). Como cualquier otra protesta pacífica iniciada por Palestina contra la ocupación, el BDS se enfrenta a una dura resistencia de Israel, que ha destinado millones y millones de dólares y un departamento del gobierno a contrarrestar la “amenaza” que supone la campaña. Tan sólo esto nos indica que el BDS y que es efectivo y que, sin haber recurrido a la violencia ni una sola vez, tiene el poder como para acabar con el terrorismo estatal de Israel.

De hecho, es tan efectivo que los aliados occidentales de Israel han decretado que el BDS está fuera de los límites y que no debe tener éxito. Sus activistas son perseguidos por atreverse a utilizar medios pacíficos para tratar de acabar con la capacidad de Israel de actuar con violencia extrema e impunidad contra la población civil bajo su ocupación. Tal es la política distópica presidida por fanáticos sionistas en Washington, Londres y Europa; que un Estado culpable de crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad cuente con protección política, económica y militar frente a manifestantes desarmados que pretenden responsabilizar a Israel de sus acciones. Es algo que no te podrías inventar.

Sin embargo, el hecho de que sea tan extraño debería alentar al BDS y a otras campañas pacíficas a pensar que han tomado el camino correcto. El poder del pueblo puede ganar, y aquellos gobiernos que pretenden lo contrario acabarán por darse cuenta de que no pueden pisotear los derechos humanos para siempre. De hecho, a medida que la percepción de la legitimidad de Israel se desvanece con sus tácticas violentas y represivas realizadas sin respeto al derecho internacional, el mundo acabará comprendiendo que la respuesta palestina frente a la violencia israelí no es, en absoluto, el “terrorismo” que nos hacen pensar los apologistas sionistas y sus mascotas en los medios de comunicación; que, de hecho, es una respuesta notablemente restringida.

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