Espanol / English

Oriente Medio cerca de usted

El fin de una revolución y el comienzo de otra

Imagen de la revolución egipcia que tuvo lugar el 25 de enero de 2011 [Egipto es el regalo del Nilo / Facebook]

No es coincidencia que la fecha límite dada a Qatar para cumplir con las 13 demandas impuestas por Arabia Saudí sea el 3 de julio, el cuarto aniversario del golpe militar en Egipto, que derrocó al primer gobierno de la historia del país elegido democráticamente.

El nexo entre ambas fechas ha sido elegido a propósito por los responsables de la propaganda del régimen saudí y también del emiratí. El 2 de julio, Dhahi Khalfan Tamim, antiguo director de la policía de Dubai, tuiteó lo siguiente: “El 3 de julio Morsi fue expulsado. El 3 de julio Qatar será derrotado. ¿Coincidencia?”

La semana anterior, Abdulrahmán al Rasheed, el exdirector general del canal de noticias de propiedad saudí, Al-Arabiya TV, escribió, refiriéndose a Qatar: “Asusta que la confrontación vaya a ser similar a lo que pasó en el “Campamento de Safwan”, pero tememos que Doha pueda ser como la “Plaza de Rabaa!”.

Cuando un aliado comete una masacre como la de la Plaza de Rabaa, en agosto de 2013, que bien podría ser considerada como un crimen contra la humanidad –según las palabras de Human Rights Watch, no las mías– la reacción normal sería la de alejarse de él.

Pero no son tiempos normales. Los que financiaron el golpe de Estado en Egipto no sólo se regodean de lo que pasó, sino que además amenazan con usar la misma táctica con su vecino del Golfo Pérsico.

Están ebrios de poder, y esperan que todos se acobarden cuando esgrimen su garrote. Así lo hizo Bahréin. Qatar, hasta ahora, no.

El capítulo final

El 3 de julio fue una fecha importante para todas las partes implicadas. Para los jóvenes, y para las fuerzas que derrocaron a los dos dictadores en Túnez y Egipto. Sin duda un duro golpe para estos regímenes. Para las monarquías del Golfo que financiaron a Abdel Fattah Al-Sisi, fue el principio de la contrarrevolución que vendría a apuntalar su poder absoluto, eliminar las elecciones libres de la ecuación y cualquier otra forma de parlamento durante la próxima década, conservando sus riquezas y su poder. El intento de golpe en Turquía el año pasado y la campaña contra Qatar hoy no marca otra cosa que el capítulo final de una operación que comenzó cuatro años atrás.

Qatar apoyó a la oposición política en Egipto y en el resto de países de la región. Dio voz a la primavera árabe, gracias a la cobertura que dio Al-Jazeera. Silenciar a Qatar es por tanto central para el éxito de la operación que dura ya cuatro años. Eso es lo que impulsa el bloqueo y las sanciones.

Cuanto más Arabia Saudí, EAU y Egipto insisten en que su campaña tiene por objetivo acabar con la financiación del terrorismo, más ejemplos salen a la luz de la connivencia entre estos regímenes con Al-Qaeda y el Estado Islámico, unas evidencias que ahora quieren ocultar.

Ya he escrito acerca de la liberación  de 1.230 presos en el corredor de la muerte por parte del príncipe Bandar Bin Sultán, a cambio de que marcharan a hacer la yihad a Siria, según un documento del ministerio de Interior saudí firmado el 17 de abril de 2012.

El miércoles, Middle East Eye publicó una serie de documentos de la ONU, fechados a 3 de febrero de este año, en los cuales se muestra que Egipto suspendió una propuesta de añadir entidades vinculadas al Dáesh en Arabia Saudí, Yemen, Libia, Afganistán y Pakistán a una lista de grupos e individuos sometidos a sanciones. Consiguieron frenarla de nuevo en mayo. Como dijo Madawi al-Rasheed, profesor visitante en el Centro de Estudios de Oriente Medio de la London School of Economics (LSE), fue “un ejemplo clásico” de cómo Arabia Saudí no quiere atraer la atención sobre su propio problema de terrorismo.

Traer de vuelta a Mubarak

Hace cuatro años, los egipcios que se lanzaron a las calles el 30 de junio de 2013 para pedir a Morsi que dejara el cargo giraron hacia el ejército y Sisi en búsqueda de estabilidad. Hoy, sin embargo, Egipto es menos estable, más débil y más pobre en todos los sentidos

Entre el 30 y el 40 % del país vive con 2 dólares al día o menos. En mayo la inflación aumentó un 30 %, la mayor en tres décadas. Los precios de la gasolina se han elevado en un 200% en tres años. El 3 de julio de 2013, un dólar estadounidense equivalía a algo menos de 6 libras egipcias. Hoy vale más de 18. Incluso el dato oficial de desempleo –12, 4 %– está escalando y lo cierto es que la cifra real es mucho mayor. Esto para un país que ha recibido al menos 50.000 millones de dólares de Arabia saudí, EAU y Kuwait, además de un crédito de 12.000 millones de dólares por parte del FMI.

Cuatro años después, el coste humano del puño de hierro de Sisi ha sido caro.. Las siguientes cifras, recogidas por la Organización Árabe de Derechos Humanos, son un excelente resumen de los efectos de su represión: 2.934 asesinatos extrajudiciales, 58.966 detenciones arbitrarias –de las cuales más de 1.000 son menores de edad–, 30.177 sentencias judiciales, 6.863 juicios militares, ocho ejecuciones  llevadas a cabo por razones políticas, 11 más en el corredor de la muerte. En el Sinaí, 3.446 civiles han sido asesinados y otros 5.766 han sido detenidos y más de 2.500 hogares han sido derruídos para crear una zona tapón en la frontera con Gaza.

Muchos de los que apoyaron a Sisi en su golpe  contra Morsi han huído al exilio, o han sido apresados. La brecha entre las fuerzas seculares e islamistas que llenaron Tahrir y que se hicieron fuertes en los días de Morsi, han quedado hoy reducidas a la irrelevancia, pues ambas se han unido a las filas de los políticamente oprimidos. Cuando Egipto bloqueó el acceso a 21 páginas web, el movimiento de izquierdas Masr, que en ningún caso había apoyado a los Hermanos Musulmanes, estaba entre ellas.

Ex presidente egipcio Hosni Moubarak [TG Post/Facebook]

Hoy el enemigo del Estado es un conocido activista y abogado defensor de los derechos humanos, Khalid Ali, cuya fama se disparó por su defensa contra el gobierno egipcio, a raíz de los planes de las autoridades egipcias de entregar dos islas inhabitadas del Mar Rojo a Arabia saudí. Ha sido detenido por “ofender la moral pública”, como también lo han sido otros ocho miembros de su partido Pan y Libertad, por “usar las redes sociales de manera inadecuada contra el Estado”, y por “insultar al presidente”, según el asesor legal del partido. Teniendo en cuenta que ahora su pretensión es la de traer de vuelta a Mubarak, o en su defecto a su hijo Gamal, nada de esto debería resultarnos extraño. Mubarak es recordado como un oligarca competente en comparación con el adulador, estúpido y asesino Sisi.

La otra parte de la historia

El Egipto de hoy está de rodillas, tan debilitado por el desgobierno que puede que nunca se llegue a recuperar. Pero esto no es más que una parte de la historia. La mayor línea divisoria del mundo árabe, que las revueltas de 2011 no consiguieron superar, es la desigual distribución de la riqueza. Con la excepción de Irak y Argelia, muy ricos en petróleo pero ambos tullidos por la corrupción y el clientelismo, la riqueza del mundo árabe está a un lado y las masas al otro. Sin la parte rica del mundo árabe invirtiendo en el bienestar de su gente, la primavera árabe estaba condenada. Esto se sentía así en 2011, y también ahora.

Mirar a los países ricos del mundo árabe significa quedar horrorizado con cuánto tienen y en qué es gastado. Los rankings sobre fondos soberanos cuentan una historia interesante. Primero, que hay una inmensa riqueza. Las reservas nacionales de los estados miembro del Consejo de Cooperación del Golfo (CCG) acumulan 2,8 billones de dólares. Con 320.000 millones, Qatar es un actor modesto comparado con el resto, aunque su población es muy reducida. Arabia saudí, EAU, Kuwait y Bahréin tienen activos valorados en 2,53 mil millones de dólares.

Si se observan de cerca, hay algo que no tiene sentido acerca del tamaño relativo de estos fondos. Los fondos de 6 de los emiratos de EAU acumulan algo menos de 1,3 mil millones de dólares, mientras que los dos fondos saudíes más grandes están valorados en 679.000 dólares, solo la mitad. Uno podría esperar que fuera al revés. Cinco familias de Oriente Medio poseen el 60% del petróleo del mundo y la familia saudí controla más de un tercio de ese porcentaje.

Sigue el dinero saudí

Esto es un misterio a resolver, y la respuesta podría estar en el agujero negro de la contabilidad estatal saudí. Unas cuentas que ahora que el 5% de Aramco, la empresa nacional de petróleo, saldrá a bolsa tal vez interesaría investigar a los abogados de las bolsas de Londres y Nueva York.

En 2003, Robert Baer, un antiguo agente de la CIA escribió un libro acerca de la materia, y estimó que la familia real saudí podría tener un tamaño aproximado de 30.000 miembros, de los cuales, escribió, entre 10.000 y 12.000 recibían su parte de los ingresos reales, que oscilan entre 800 y 270.000 dólares al mes. Estas cifras tienen ya 14 años, por lo que los números pueden haber aumentado considerablemente.

El coste de financiar a la familia real saudí a día de hoy puede vislumbrarse cambiando los números por los cotejados en el anuario de la Autoridad General de Estadísticas (GAS, por sus siglas en inglés). En esta comparativa de cifras, el boletín sobre el mundo árabe, publicado en mayo, asegura que enormes cantidades de dinero desaparecen cada año de las arcas saudíes, alrededor de 133.000 millones de dólares anuales.

La transparencia que se requiere en los mercados de valores de Londres o en Nueva York para la cercana venta de acciones de Aramco está arrojando una inoportuna luz sobre la pregunta central que el gobierno de EE.UU se ha estado haciendo a sí mismo respecto a su aliado saudí: ¿Cuánto está ocultando la Casa de Saud?

Impuestos para los trabajadores extranjeros

Sin duda no están invirtiendo todo este dinero en su pueblo, y están rascando de donde pueden para obtener nuevas fuentes de financiación, como de los trabajadores extranjeros. Alrededor de 11 millones de trabajadores se verán obligados a pagar por adelantado los gastos de su familia para poder conseguir el visado. Cada extranjero pagará 319 dólares por cada familiar que tengan a su cargo, una cifra que aumentará hasta 1.070 dólares hacia 2020.

A pesar de las apariencias, la mayor parte de estos extranjeros no son ricos expatriados británicos, sino trabajadores con bajos salarios procedentes de todo el mundo árabe y del subcontinente indio. Antes que pagar estas sumas, enviarán a sus familias de vuelta, y lo mismo ocurrirá luego con sus salarios. Los saudíes perderán por partida doble. Los activos externo netos cayó en 36.000 millones de dólares el primer cuarto de este año, y ya había caído de 737.000 a 529.000 dólares entre agosto de 2014 y diciembre de 2016. Esto es una evidencia de la corrupción a gran escala que la familia real saudí está llevando a cabo, desangrando las arcas del reino para seguir con su estilo de vida.

El origen de la revolución

Ahora imaginemos simplemente qué habría ocurrido si en 2011 Arabia Saudí y EAU, los países más ricos del mundo árabe, hubieran tomado una decisión distinta. Imaginemos que en vez de invertir en la contrarrevolución y en otra década de represión, hubieran elegido invertir en democracia para los pueblos árabes.

Imaginemos que cuando los gobiernos fueron elegidos después de las primeras elecciones libres que la región había conocido, no necesitaran conferencias para atraer a donantes, ni un plan Marshall. El dinero estaba ya allí, todo lo que se necesitaba era que una parte del mundo árabe tuviera fe e invirtiera en la otra. Para una cultura que usa en abundancia la palabra “hermano”, la fraternidad escasea.

Los saudíes se han comprometido a invertir 500.000 millones de dólares en armas estadounidenses. Donald Trump está muy agradecido, tanto que de hecho ha recortado sus ayudas a Túnez, el único Estado árabe en el que hay elecciones reales y un parlamento funcional, a pesar de que su democracia aún es débil. El país necesita desesperadamente inversión extranjera. En vez de recibir unos insignificantes 177 millones de dólares, ahora tendrá solo 54,4 millones. Mientras tanto, las ayudas de EE.UU. a los regímenes de Egipto y Jordania disminuyen de manera insignificante, e Israel continúa recibiendo sus 3.100 millones. Como expresión de los valores de EE.UU. bajo la administración Trump, estos datos son incomparables

Los ricos y poderosos eligieron, en vez de ello, invertir en represión. Cuatro años después, millones de suníes carecen de hogar. Mosul, la segunda ciudad más importante de Irak, está en ruina. Una epidemia de cólera ha estallado en Yemen, a las puertas de Arabia Saudí. Devastado por una guerra que supera ya los 27 meses, a cargo de una coalición dirigida por Arabia saudí, al menos 10.000 personas han sido asesinadas, hay 3,1 millones de desplazados internos y 14,1 millones padecen inseguridad alimentaria. ¿Hace esta carnicería que la frontera sur del reino sea más segura?¿Sienten los yemeníes algún tipo de admiración por los saudíes después de esto?

Como pasó con Egipto ocurre con la región al completo. Desde el momento en que saudíes y emiratíes parecen victoriosos, en realidad han sembrado ya las semillas de la siguiente oleada revolucionaria. Y esta vez no se basará en democracia, el imperio de la ley y la no violencia. Tampoco será comedida ni controlable. Y está a la vuelta de la esquina.

Traducido de Middle East Eye.

Categorías
ÁfricaArabia SauditaArtículosArtículos de OpiniónEgiptoEmiratos Árabes UnidosOriente MedioQatarRegiónReportajes y AnálisisYemen

David Hearst es editor jefe de Middle East Eye. Fue corresponsal de The Guardian, antiguo editor asociado en el exterior, European Editor, Jefe de la Oficina de Moscú y corresponsal para Europa e Irlanda. Se incorporó a The Guardian desde The Scotsman, donde había sido corresponsal.