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La Tierra (no) es plana: el “trumpismo” como síntoma de décadas de arrogancia imperialista

El general Herbert Raymond McMaster con el presidente de los Estados Unidos Donald Trump en el complejo de Mar-a-Lago de Trump en Florida, EE.UU. el 20 de febrero de 2017 [Kevin Lamarque / Reuters]

No importa el ahínco con que lo intenten las autoridades de la Casa Blanca, no pueden construir una “Doctrina Trump” coherente que otorgue sentido al caos que la política internacional de EE.UU. ha creado en los últimos meses.

Sin embargo, este caos no sólo lo ha creado Donald Trump.

Desde 1945, los EE.UU. han luchado por el liderazgo mundial absoluto. La disolución de la U.R.S.S.  en 1991 y la subsiguiente desintegración del bloque oriental, les dieron la hegemonía completa. Los EE.UU. se convirtieron en la fuerza que podía estabilizar y desestabilizar cualquier región a su antojo, algo que siempre jugó a su favor y al de sus aliados.

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Las opiniones políticas y corrientes ideológicas se desarrollaron tanto dentro como fuera de los EE.UU. alrededor de esta nueva realidad internacional. A menudo inconscientemente, todos nos vemos sumidos en una u otra categoría: pro o anti estadounidenses. Durante décadas, muchas voces críticas advirtieron del incuestionable orden unipolar. Los conformistas luchaban contra los que se había atrevido a romper filas con el patriotismo y el amor a EE.UU..

A finales de los 80, Francis Fukuyama declaró que habíamos alcanzado “el fin de la historia”, ahora que los EE.UU. y sus aliados de occidente había conseguido derrotar al comunismo. Profetizó el fin de la “evolución sociocultural”, en la que puede formarse una nueva forma de gobierno para todos los seres humanos. Parecía, aunque fuera de manera fugaz, que todos los obstáculos que se interponían en el camino de EE.UU. hacia la hegemonía habían sido eliminados. Thomas Friedman, del New York Times imaginó este mundo en su libro, “La Tierra es plana”.

Escribió, con la sabiduría de un filósofo y el triunfalismo de un general, “el comunismo era un sistema genial para hacer que todo el mundo fuera igual de pobre”, de hecho, no había ningún sistema mejor que el comunismo para conseguir exactamente eso”. El capitalismo hace a la gente desigualmente ricos.

Pero la historia nunca acabó, simplemente atravesó un nuevo ciclo de conflictos, problemas y alianzas de viejos enemigos y rivales. El consumismo descontrolado no fue precisamente una victoria para el orden neoliberal, sino más bien una derrota para el delicado equilibrio del planeta, haciendo emerger al calentamiento global como el mayor enemigo global. El poder militar de EE.UU. no pudo esperar mucho para reorganizar el mundo árabe, como ya había sido prometido la secretaria de Estado Condoleezza Rice.

Desde entonces, el llamado “Nuevo Oriente Próximo” se ha convertido en una terrible pesadilla que ha traspasado las fronteras de los países y desestabilizado la región al completo. Aún peor , la economía estadounidense se ha estrellado, arrastrando consigo a la economía mundial y hundiendo a los países más vulnerables en la pobreza.

La llegada de Donald Trump al poder es, de hecho, resultado de los caóticos años que le precedieron.

Hacia el final de su segunda legislatura, el ex presidente Barack Obama habló de su éxito al estabilizar la economía y crear más empleos en un proceso de rápida recuperación, sin embargo las evidencias demostraban lo contrario.

Una encuesta de la reserva federal de EE.UU. el año pasado concluyó que casi la mitad de los estadounidenses “no tenían suficiente dinero para cubrir un imprevisto de 400$” . Los estadounidenses no han votado a Trump porque sean “racistas”, como aseguran algunos, sino porque estaban desesperados. Él sabía cómo explotar las múltiples preocupaciones de la gente con mantras como el “Make America Great Again”.

Para muchos estadounidenses, los “desigualmente ricos” de Friedman parecían parte de un paradigma ajeno y sin sentido.

Como estaba previsto, la respuesta más contundente a las caóticas políticas de Trump procede de las fuerzas liberales y neoliberales que habían defendido de manera incansable el decadente orden estadounidense durante años. Siguen reivindicando los fracasos del pasado como éxitos absolutos o como intentos fallidos pero bienintencionados para hacer del mundo un lugar mejor.

“Ningún presidente desde 1945, republicano o demócrata, ha roto tan decisivamente con el orden liberal establecido tras la guerra”, escribió recientemente Constanze Stelzenmüller, haciendo referencia a la políticas de Trump.

Opina que: “ Para poder conseguir el bien superior de un mundo en paz, incluso el victorioso superpoder querría estar sujeto a normas universales, una concesión necesaria que aceptaba la existencia de una comunidad humana mundial basada en valores compartidos en vez de en la ley del más fuerte”.

Es una visión muy poco consistente de la historia. Inmediatamente después del colapso de la U.R.S.S., la “ley del más fuerte” se convirtió en la doctrina defendida por cada administración estadounidense. De hecho, Irak ha sido bombardeado por todos los presidentes de EE.UU. desde que lo hiciera George H. Bush en 1991.

Trump representa una extraña amalgama de poder militar, monopolios empresariales y dominio de los medios de comunicación. Es suficientemente listo como para entender que su país necesita un cambio de rumbo, pero carece de la voluntad, la sabiduría y las habilidades como para guiarlo hacia cualquier otra dirección.

Tras seis meses en el Despacho Oval, sigue presidiendo sobre el entorno de las viejas luchas de poder entre ideologías cercanas al neoconservadurismo, que quieren ver más intervenciones internacionales para reordenar el mundo a su gusto, y los militares, que quieren que el dominio de EE.UU. sea absoluto, pero de una forma predecible y estable.

Mientras que el propio Trump negó la idea del cambio de regímenes durante su campaña, Politico informó el 25 de junio que su secretario de Estado, Rex Tillerson, “parecía apoyar el derrocamiento del régimen iraní” y la “filosofía del cambio de regímenes”.

Mientras tanto, la batalla de ideólogos contra militares, que definió ambas legislaturas de George h. Bush, está de vuelta.

El periódico Foreign Policy describió esta lucha al detalle en un revelador informe, el 16 de junio.

Altos cargos de la Casa Blanca, como el director general del departamento de inteligencia del Consejo de Seguridad Nacional, Ezra Cohen, quieren expandir la guerra siria, pasando de derrotar al Daesh a atacar a enemigos envueltos en la guerra.

El secretario de defensa, James Mattis, quiere mantenerse como hasta ahora.

De la forma impulsiva con que Trump toma sus decisiones, el péndulo podría oscilar hacia cualquier dirección sin lógica alguna. Las contradicciones en la política exterior de EE.UU, aparecen cada día.

La embajadora de EE.UU. en la ONU, Nikki Haley, parece estar llevando el programa ella sola, al margen de la administración Trump. Hace poco declaró que los lugares sagrados musulmanes de Cisjordania son parte del “territorio israelí”, antes de subrayar que no tiene claro pues “no está muy clara la postura oficial de EE.UU. respecto a esta cuestión”.

Mientras el caos y las contradicciones se entremezclan, los aliados de Trump son simplemente incapaces de poner en orden su “doctrina”.

Un alto cargo comunicó a The Times que ésta es “una combinación de buenas habilidades personales en el cara a cara; derrotar al Daesh… y el compromiso con la opinión pública de que EE.UU. no va a tolerar ciertas cosas”. Si bien semejante doctrina carece de sustancia, las anteriores eran igualmente inútiles, pues ninguna ofrece una visión dedicada a conseguir un orden multipolar, basado en el respeto mutuo en un marco de referencia equitativo, como podría ser el derecho internacional.

Este caos continuará augurando malos presagios para el mundo árabe y Oriente Próximo, en particular. Desde la desastrosa guerra de Bush en Irak, el viraje de Obama hacia Asia y el inicio del caos actual, la región ha permanecido en llamas. Incapaz de ofrecer un diagnóstico de la violencia, la administración Trump está volviendo al patriótico deber de “derrotar al terrorismo islámico”. Carente de perspectiva para la paz e incapaz de ganar la guerra, la administración estadounidense parece no tener un plan que no sea inconsistente y contradictorio, culpando siempre al resto y nunca a sí mismo.

Parece ser que el mundo no es “plano” del todo, y que la historia sigue en movimiento, más allá de las normas de un solo país.

Pero hasta que los líderes de EE.UU. –Trump o cualquier otro– se den cuenta de que una noción así el mundo en general, y del mundo árabe en particular, seguirán sufriendo las consecuencias de su arrogancia imperialista y sus impulsivos políticos.

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