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El Magreb y la crisis del Golfo Pérsico

El ministro de Exteriores tunecino, Khemaies Jhinaoui, junto a su homólogo tunecino Abdel Qader Mesahil, en Túnez, el 19 de Febrero de 2017 [Amine Landoulsi/Anadolu Agency]

Los últimos eventos en el Golfo Pérsico han ensombrecido el panorama político de todo el mundo árabe. Como con otros acontecimientos políticos importantes, las posiciones y las opiniones difieren en función de las alianzas y de los cálculos estratégicos. Mientras que el régimen de Sisi, en Egipto se ha posicionado, naturalmente, con Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos (EAU), así como los gobernantes de las Islas Comores, la posición de los países del Magreb no ha gustado a los diplomáticos emiratíes y saudíes.

Una excepción ha sido Libia, dada la presente ausencia de un Estado unificado y eficiente. Riad y Abu Dhabi han elogiado el apoyo del general Jalifa Haftar a las acciones realizadas contra Qatar. Dicha posición puede explicarse por la completa dependencia de las milicias de Haftar de los EAU, quién les aporta apoyo político y militar y las utiliza para influir en el escenario político libio y boicotear cualquier intento de reconciliación nacional en el país.

Mauritania también se ha posicionado en contra de Qatar, algo predecible si tenemos en cuenta el estado marginal del régimen mauritano y el deseo de complacer a los estados del golfo a cambio de apoyo económico. Sin embargo el pueblo mauritano se ha opuesto a la posición oficial del régimen.

Mientras tanto, la posición de Túnez, Argelia y Marruecos ha sido bastante similar, a pesar de haberlo maquillado políticamente de formas distintas. La actitud de los tres ministros de Asuntos Exteriores se ha caracterizado por un “neutralidad positiva”, revelando que sus procesos decisorios son independientes de los del Golfo, y que se niegan a dejarse arrastrar por un juego de alianzas y excesos políticos totalmente irracional.

El ministro de Asuntos Exteriores de Túnez, Jemais Jhnaoui, en una foto de archivo

El ministro de Asuntos Exteriores tunecino, Jemaies Jhinaoui, afirmó que espera que los países del Golfo superen sus diferencias y que los “hermanos” lleguen a una solución que satisfaga a todas las partes, añadiendo: “No queremos más divisiones”. A pesar de que los EAU están presionando para cambiar la posición de Túnez, las autoridades tunecinas no han dado su brazo a torcer, apoyándose en la inexistencia de justificaciones para realizar dichas acciones contra Qatar. Además, el clima social de Túnez no es favorable ni a los saudíes ni a EAU, a raíz de su posición respecto al bloqueo de Gaza y por cobijar a antiguos dictadores, concretamente al expresidente tunecino Zine El-Abidine Ben ali, buscado por las autoridades tunecinas por crímenes que incluyen corrupción y asesinato.

Esto significa que cualquier posición que tome el gobierno de coalición tendrá consecuencias a nivel doméstico y será decisivo en futuras elecciones. Las declaraciones emitidas por el ministro de Exteriores argelino remarcaban la necesidad de adherirse a los principios de buena vecindad y de no intervención en otros Estados, así como el de respetar, en cualquier circunstancia, su soberanía. Señaló que “la mayor parte de los Estados han pedido a las partes enfrentadas que dialoguen para llegar a una solución a sus disputas, que pueden, por supuesto, afectar a las relaciones con terceros Estados”. Esta posición está en línea con la posición argelina respecto a los conflictos de todo el mundo árabe.

El país no ha tomado partido nunca desde que se declarar neutral en la guerra entre Irán e Irak en los 80, hasta la mismísima intervención internacional en Libia. Es abiertamente conocido que Argelia se niega a involucrarse en polémicas políticas entre los países árabes, creyendo que puede mantener un papel de mediador o al menos conservar una posición equilibrada entre las partes.

La posición que puede haber sorprendido a emiratíes y saudíes es la de Rabat, dados los estrechos vínculos entre los Estados del Golfo y el reino de Marruecos, un ferviente defensor de las posiciones saudíes, desde la Guerra del Golfo hasta la participación en la operación Tormenta Decisiva, en Yemen.

La posición marroquí viene determinada por un inteligente balance de intereses. Por un lado, se niega a unirse a la campaña lanzada por EAU y Arabia Saudí, a la vez que señala su solidaridad con todos los hermanos árabes. Es una posición particular pues no pretende sacar provecho de la disputa entre los países del Golfo. Lo que no impidió a Rabat anunciar su posición de “neutralidad positiva”. Incluso envió alimentos a Qatar en un gesto simbólico, que revelaba su escepticismo en cuanto a los argumentos para aislar a Qatar.

Leer: Un grupo de parlamentarios argelinos forma un comité de solidaridad con Qatar

Qatar ha desarrollado mucho sus relaciones con los países del Magreb y disfruta de una amplia popularidad y simpatía por su apoyo a la causa palestina y por mantener las distancias ante otros países árabes. Todo ello queda muy lejos de la lógica hegemónica de la dependencia y la dominación que los saudíes y los EAU intentan imponer al resto de Estados.

Hay una gran diferencia entre desacuerdos resultado de divergencias en previsiones políticas, por un lado, y el abierto llamamiento al boicot y al asedio de otro país árabe, simplemente por el deseo de demostrar que son los únicos guardianes de la región y los encargados de imponer las políticas de EE.UU. en la misma. La política sigue siendo una actividad basada en la existencia de intereses comunes y en saber preservar, a la vez, la independencia. Las políticas no deberían ser impuestas, especialmente si no están basadas en el interés nacional sino que son el mero reflejo de ambiciones personales, pues acaban convirtiéndose en ridículas rabietas infantiles.

 

 

 

 

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