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Oriente Medio cerca de usted

Feliz Ramadán (aunque yo no podría)

Aqsa

Con motivo del mes de Ramadán, a lo largo y ancho del Estado Español se han organizado actos públicos por parte de organizaciones culturales, colectivos o instituciones con el fin de visibilizar los ritos y costumbres de los musulmanes en estos días, pero sobre todo, buscando fomentar la “integración cultural”. Mal empezamos.

Como es generalmente conocido, durante el mes de Ramadán es tradición entre los musulmanes y musulmanas ayunar desde la salida hasta la puesta del sol , sin comer ni beber nada (“ni agua, ni agua!”) en las horas del día. Así, millones de musulmanes y musulmanas pasan este mes de ayuno desde hace más de 1.400 años, cuya fecha en el calendario gregoriano varía según el calendario lunar,  sin que haya una lista de muertos por inanición al final del mismo. He dicho sólo “lista de muertos por inanición”, ya que desgraciadamente la lista de musulmanas y musulmanes asesinados por terrorismo, violencia machista y racismo no mengua ni siquiera durante este mes presuntamente sagrado.

La mayoría de los actos para festejar el Ramadán que se han convocado en las redes sociales y a los que he asistido giran en torno al iftar o desayuno  que se toma al caer el sol. La organización de estos actos vespertinos suele animar a la participación a personas no musulmanas. Por regla general, los actos siguen un mismo programa: debate previo sobre cuestiones relacionadas y argumentos que justifiquen el ayuno de los ayunantes ante los no ayunantes (como si el derecho de unos primara sobre el de los otros) seguido de desayuno y azala -“oración islámica”- colectiva.

La iniciativa de sacar el ayuno islámico a las calles del Reino 525 años después del fin del conflicto civil íbero que enfrentó a creyentes musulmanes y cristianos me parece en principio algo digno y conciliador, como si estuviera curando la herida, como si dos hermanas se reconciliaran, como si la benemérita arrojase rosas a las cunetas. Ahora bien ¿por qué tienen que justificar los ayunantes su ayuno y no al contrario? ¿Por qué todos los actos están destinados a que las personas no musulmanas entiendan, para que puedan respetar, el ayuno islámico? ¿Acaso no se debe respetar también lo que no se entiende?

Habrá quien argumente que la justificación es necesaria porque se trata de costumbres “de fuera” y los de aquí han de entenderlas, aunque ya lo respeten (sí, ya). Este argumento es falaz y carece de rigor. En primer lugar ¿costumbres de fuera? La religión principal del Estado español es el cristianismo, cuyos orígenes están en la actual Palestina, Oriente Próximo. Es decir, el cristianismo es a priori tan foráneo como el islam. Y por otra parte, ¿acaso alguien entiende la misa del gallo, el rol de los langostinos en nochebuena o el salto a la valla en Ayamonte? Muchos de ustedes, con su bautismo y comunión probablemente no sepan ni de lo que hablo.

Ayunar en Ramadán o matar un cordero anualmente son costumbres y hábitos ligados al islam, que al igual que en el cristianismo, no tienen patria.  El islam es la religión de cientos de miles de ciudadanos y ciudadanas del Estado Español que deberían tener derecho a ser respetados, aún incomprendidos, y que deberían tener derecho a disfrutar de sus fiestas cantando y bailando, y no teniendo que justificar hasta el más fútil detalle con argumentos teológicos emanados de la reflexión de un puñado de buenos hombres hace diez siglos.

Hablar de integración y conciliación cultural es echar leña a la candela de la confusión. Los musulmanes que viven en España no tiene que integrarse en ningún lado porque ya están integrados. Cuando se levantan cada mañana para trabajar en las instituciones del Reino se integran, cuando religiosamente pagan el I.V.A se integran, cuando respetan el semáforo y las reglas de circulación se integran. Tal vez las políticas de integración deberían ser mejor implementadas sobre todos esos hombres payos, cristianos, de cuya españolidad nadie duda pero que si embargo tienen sus cuentas en Suiza mientras la mercancía de sus negocios es producida en Bangladesh.

Estos ejemplos sirven para los musulmanes instalados en el territorio nacional independientemente de su origen. Efectivamente, Musulmanilandia no existe. Entre los musulmanes y musulmanas de Estado español hay quien ha nacido aquí, como sus padres, abuelos, bisabuelos… ¿algunos ejemplos? Intelectuales o artistas como Natalia Andújar, Hashim Cabrera, Abdennur Prado y sus hijos que ya son musulmanes de segunda generación. También hay musulmanes nacidos en Marruecos, Senegal, Perú, Nigeria, Francia, Irán, Argelia, Inglaterra… instalados y residentes en España.

Todos y todas deberían tener derecho a practicar, si así lo quieren, una religión con estatus de notorio arraigo en el país donde viven sin necesidad de justificar cada paso ante sus vecinos, esperando que éstos entiendan y decidan respetar. Como cuando un adolescente, menor de edad a quien no se le presupone la suficiente madurez para tomar decisiones,  pide permiso a su tutor o tutora para realizar una excursión y se ve obligado a defender cada paso que pretende dar. Sin embargo al adulto, a quien sí se le presupone capacidad para regir su vida no se le atosiga con preguntas, igual que al ateo de turno no se le pregunta por su oposición a que la mujer decida sobre su cuerpo, pues aunque se esté inmiscuyendo en asuntos que no le corresponde se le presupone el intelecto, no como al musulmán, que es por definición raro e inferior. 

Mencionado el origen de algunos musulmanes y musulmanas de España, sin ni siquiera tener en cuenta sus ideas políticas, su clase y su género, ya me parece absurdo hablar de comunidad musulmana y que dicho término pretenda incluir a todos las musulmanas y musulmanes de España.

¿Un grupo de cristianos adventistas de El Salvador que alquilan un local en la Chana serían representativos de todos los cristianos de España? Si organizasen un acto de Cuaresma los medios cubrirían la noticia diciendo que “la comunidad cristiana ha organizado…”. Igual de ridículo suena cuando se habla de “comunidad musulmana” ( incluyendo a los millones de musulmanes y musulmanas del Estado español) porque un grupo de musulmanes y musulmanas hayan tomado la palabra.

El hecho de relacionar siempre al islam con fenómenos foráneos como músicas orientales, darbukas, refugiados… reincide en una de las principales ideas islamófobas; el islam no es de España, es algo ajeno a la cultura e historia peninsular. Por otra parte, tener que justificar cada paso, cada rito, cada axioma por estar relacionados con el islam es en sí islamófobo pues se parte de la idea de que la “religión inferior” ( el islam) ha de justificarse ante otras ideologías o prácticas superiores. A su vez, es también islamófobo erigir en representante del islam a cualquier grupo de musulmanes o musulmanas que se preste y caer en generalizaciones tales como “la comunidad islámica”, como si se tratase de un grupo organizado y/o en contacto entre sus miembros.

Es racista y supremacista pensar que una persona por el simple hecho de no practicar o profesar la religión del presidente o de las élites de un país va a ser peor ciudadana que el resto.

 

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