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Reformulando la Nakba: La lucha palestina, entre el victimismo y la resistencia

Una palestina muestra la llave de la casa en Cisjordania de la que fue expulsada durante la Nakba ( 1948)

En las principales corrientes, libros de historia, corrientes literarias e imaginación colectiva de Israel; la Nakba palestina nunca sucedió. Si se reconociese el dolor y el sufrimiento de una nación, tendrían que reconocer también al pueblo. Es algo que Israel no puede hacer.

De hecho, la infame declaración de la ex primer ministra israelí, Golda Meir – de que los palestinos “no existían” y que “no existe tal cosa como un pueblo palestino” – fue muy peligrosa, más allá del comentario que muchos consideraron, con razón, racista. Estas declaraciones se produjeron dos años después de la Nakba de 1967, en la que los árabes lucharon contra la dominación del ejército israelí en toda la Palestina histórica. Cuanto más terreno ocupó ilegalmente Israel con medios militares, y cuantos más palestinos eran expulsados de su patria ascentral; más sentían los líderes israelíes la necesidad de eliminar a los palestinos de la historia como un pueblo con una identidad, una cultura y un derecho a la nacionalidad.

Si los palestinos “existieran” en la imaginación de Israel, no habría ninguna justificación moral para su creación; no existiría una versión israelí de los hechos que tuviese la potencia suficiente como para alegrarse del “milagro” del nacimiento de Israel, que “hizo florecer al desierto.” Este nacimiento violento requirió de la destrucción de una nación entera; un pueblo con una historia, una memoria colectiva, un lenguaje y una cultura únicos. Por lo tanto, era absolutamente necesario que los palestinos fueran eliminados para acabar con cualquier sentido de culpa, vergüenza o responsabilidad moral y legal entre los israelíes.

A falta de problema, no existe la obligación de solucionarlo. Por lo tanto, ignorar al pueblo palestino y a su patria fue la única formulación intelectual que permitió que Israel se mantuviese en pie. No es de extrañar que la lógica israelí lograse convencer, debido a la necesidad política, al celo religioso o simplemente al autoengaño. “Los palestinos son un pueblo inventado” es su nuevo y sencillo mantra, repetido hace unos años por uno de los políticos más oportunistas e ignorantes de Estados Unidos; Newt Gingrich.

A pesar de un movimiento incipiente en Israel que pretende contradecir a la visión israelí, en la literatura israelí los palestinos son “una sombra muda”, o así los describe Elias Khoury. La sombra es un reflejo de algo real, pero intangible; es muda, así que se le puede hablar, pero nunca puede responder. La “sombra” palestina existe y no existe a la vez.

Foto de archivo de palestinos huyendo durante la Nakba

Casi 70 años después de la expulsión de los palestinos de sus hogares, cuando Israel fue establecido en sus tierras, y a pesar de que sus cifras han aumentado en millones, siguen siendo una sombra muda: seres aleatorios detrás de una pared; multitudes que se reúnen agresivamente con caras pálidas en los puntos de control del ejército; meros números y no seres enjaulados en las cárceles israelíes.

Mientras que el equivalente pseudo-intelectual de Gingrich y los clones políticos de Golda Meir aún dominan la mayoría de plataformas relacionadas con Palestina, y aunque siguen exhalando odio y distorsiones históricas, están progresando poco. La lucha de los palestinos por sus derechos a lo largo de los años les ha resucitado constantemente como nación, a pesar de todos los intentos de Israel de desfigurar su narrative nacional. Como dijo Rene Descartes, “pienso, luego existo”; la existencia palestina no se basa simplemente en un mero pensamiento, sino también en la acción, en la resistencia. Aquí la resistencia no es sólo una referencia casual a un combate en algún campo de batalla; es una resistencia contra la desaparición de una nación que ha mantenido viva su identidad a pesar de las constantes guerras, invasiones, colonizaciones y ocupación militar.

Si bien la cultura palestina está ligada intrínsicamente al Islam, al cristianismo y al espacio cultural árabe más amplio; estas conexiones complementan – y no suplantan – la inimitable experiencia palestina.

Las nuevas noticias son que, hasta ahora, Israel ha fracasado. No sólo no ha conseguido borrar la identidad palestina, sino que se está intentando recuperar por completo la narrativa palestina. Términos como la “Nakba Judía” se están hacienda omnipresentes, en referencia a la supuesta limpieza étnica de los judíos árabes de sus países durante la Guerra de 1948.

Aunque el intento de reescribir la historia es falaz, refleja las señales de la derrota del discurso israelí. El término “Nakba” ha demostrado ser una referencia demasiado importante para los orígenes de Israel, establecida con intención genocida y complete indiferencia hacia otra nación.

Sin embargo, la Nakba debe estar en un proceso constante reevaluación y, si es necesaria, redefinición. La Nabka no es sólo una cuestión histórica, sino también una realidad actual que ha afectado a varias generaciones de palestinos. No es una celebración del victimismo, sino el ímpetu por la resistencia. No es un “evento” asignado a un contexto y análisis político específico, sino un estado de ánimo; la relación más fuerte entre el pueblo palestino y su pasado, presente y futuro.

No, los palestinos no deben estar definidos perpetuamente por la Nakba. Una vez que se consigan la justicia y la libertad, la Nakba debe obtener otro significado, uno adaptado a la memoria colectiva de la nación árabe palestina. “Una vez termine la lucha, no sólo está el fin del colonialismo, sino también la liberación de los colonizados”, escribió Frantz Fanon. Pero, de momento, la Nakba debe seguir viva, no sólo como reconocimiento de la brutalidad del colonialismo, sino también del orgullo, la dignidad y la resistencia de los colonizados.

 

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