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Oriente Medio cerca de usted

Cuando el Daesh sea por fin derrotado: ¿quién llenará el vacío intelectual en el mundo árabe?

Al estar de vuelta en Oriente Medio durante unos meses, me sorprende la ausencia de las voces de los intelectuales árabes.
Un militante de Daesh sostiene una bandera del grupo terrorista en una foto de archivo

La región de Michel Aflaq, George Habash, Rashid Al-Ghannouchi, Edward Said y muchos otros ha marginado a sus intelectuales.

Los visionarios árabes han sido cooptados por los exuberantes fondos asignados a la propaganda sectaria, silenciados por temor al castigo, o simplemente son incapaces de articular una visión colectiva que trascienda sus sectas, religiones o cualquier sector político al que pertenezcan.

Este vacío creado por la ausencia de intelectuales árabes (reducidos a cabezas parlantes con pocas ideas originales y comprometidos en ‘debates’ inútiles de televisión) se ha llenado con voces extremistas que abogan sin descanso por un futuro genocida para todo el mundo.

No es ningún secreto que los árabes y musulmanes son, de lejos, las mayores víctimas del extremismo.

Por extraño que parezca, los sabios religiosos parecen haberse unido a la hora de contrarrestar las voces que han secuestrado la religión para promover sus oscuras agendas políticas.

Sin embargo, a pesar de repetidas iniciativas, las súplicas de los estudiosos musulmanes que representan a la mayoría de los musulmanes del mundo han obtenido poca atención de los medios.

Por ejemplo, en junio de 2016, casi 100.000 clérigos musulmanes en Bangladesh firmaron un decreto religioso (Fatwa) condenando al grupo terrorista Daesh.

Tales fatwas son bastante comunes, y otros miles de estudiosos árabes musulmanes han hecho lo mismo.

Aunque apenas es popular entre los musulmanes de Oriente Medio, Asia, África y el resto del mundo, Daesh ha llegado a “representar” al Islam y a todos los musulmanes a los ojos de Occidente.

El debate en los medios occidentales y entre los académicos sigue siendo fútil, pero omnipresente – mientras que los islamófobos están ansiosos por reducir el Islam al Daesh, otros insisten en teorías conspiranoicas respecto a los orígenes del grupo.

Se desperdicia mucho tiempo en esta discusión desmoralizante.

Las raíces del extremismo no están en una religión acreditada por levantar a Europa tras su Edad Oscura y llevarla a una era de filosofía racional y desarrollo de la ciencia.

Gracias a los científicos musulmanes de la Edad de Oro Islámica, la alquimia, la filosofía, la física, las matemáticas e incluso los métodos de agricultura pasaron de los árabes – musulmanes, cristianos, judíos y persas – a la Europa medieval a principios del siglo XII, y perduraron durante cientos de años.

Las ciudades musulmanas árabes desarrolladas en Al-Andalus, los actuales España y Portugal, fueron la puerta principal por la que la sabiduría árabe llegó a Europa occidental, afectando a un continente repleto de guerras interminables y supersticiones.

Su suerte cambió tras la caída de Granada en 1492. Se produjeron masacres de árabes y judíos en España que duraron cientos de años. Fue entonces cuando muchos judíos buscaron refugio en el mundo árabe, continuando un período de coexistencia relativamente pacífica que duró hasta mediados del siglo XX.

Aunque los tiempos han cambiado, la esencia del Islam como religión sigue intacta.

En manos de académicos e intelectuales, el Islam influyó  positivamente sobre gran parte del mundo. En manos de los ‘eruditos’ del Daesh, el Islam ha sido destruido y degenerado, llevando a cabo fatwas sangrientas y humillando y esclavizando a las mujeres.

Sin duda, el “Islam” no ha cambiado, pero el ‘intelectual’ sí.

La mayoría de las respuestas que buscamos sobre el Daesh suelen tener poco que ofrecer, ya que las respuestas se producen desde el punto de vista de las prioridades americanas-occidentales.

Insistimos en hablar del Daesh como una cuestión de la seguridad en Occidente, y nos negamos a contextualizar la emergencia del Daesh tras las intervenciones de EEUU y Occidente en Irak, Siria, Libia y Yemen.

Parece que los extremistas (ya sea Daesh, Al-Qaeda o cualquier otro grupo) están casi siempre vinculados a las “zonas de operaciones” occidentales en Oriente Medio. El extremismo prospera en lugares que carecen de poderes centrales fuertes o de legitimidad política y apoyo popular, dejando la puerta abierta a los intervencionistas extranjeros.

Durante muchos años, Yemen no tuvo ningún poder central fuerte. Tampoco Somalia ni, recientemente, Libia y Mali. No es de extrañar que estos lugares sean víctimas dobles de extremistas e intervencionistas.

Los intervencionistas extranjeros suelen citar la ‘lucha contra el terrorismo’ para justificar su intromisión en los asuntos de otros países, dando así poder a los extremistas, que utilizan las intervenciones para adquirir más reclutas, fondos y autolegitimación.

Es un círculo vicioso que ha estado presente en Oriente Medio desde la invasión estadounidense de Irak en 2003.

Esta relación – entre intervencionistas extranjeros, el caos resultante y el extremismo – no suele mencionarse en los discursos de los medios occidentales.

Pero aquí, en el mundo árabe, el desafío es diferente.  

En los últimos años, el “mercado de las ideas” se ha reducido hasta el punto de que lo que queda es un mercado alternativo en el que el ‘intelectual’ es comprado y vendido por un precio negociable.

Es muy común que un editor de un periódico pueda utilizar sus publicaciones para servir como portavoz de un partido de Oriente Medio antes de que cambie su lealtad a otros partidos de la competencia.

Todo depende de quién pague más.

Muchos intelectuales que una vez fueron prometedores ahora también son víctimas y actúan como meros portavoces.

Hubo un momento en el que los intelectuales árabes luchaban por articular una narrativa única – una combinación de ideologías nacionalistas, socialistas e islámicas que tenían un enorme impacto en el colectivo árabe.

Aunque a veces surgieran ramas de movimientos populistas centrados en un partido individual, el movimiento intelectual árabe que emergió durante la lucha anticolonial y postcolonial siguió siendo relevante y fuerte.

El revés que sufrió tras las revueltas, levantamientos y guerras civiles de 2011 ha llevado a una polarización masiva. Muchos intelectuales árabes huyeron a Occidente, fueron encarcelados o decidieron mantenerse en silencio.

Sin embargo, los pseudo intelectuales fueron fácilmente cooptados y vendieron su lealtad al mejor postor.

Este vacío intelectual ha permitido que grupos como Desh o Al-Qaeda lo hayan llenado.

Es cierto que sus intereses son oscuros y terribles, pero son resultados racionales en un momento en el que las sociedades árabes subsisten en la desesperación cuando se están realizando intervenciones extranjeras y cuando no existe un movimiento intelectual propio que ofrezca a las naciones árabes un camino hacia un futuro libre de tiranía y ocupación extranjera.

Incluso después de que el Daesh sea derrotado en el terreno, su ideología no desaparecerá; simplemente mutará. El propio Daesh es una mutación de otras muchas ideologías extremistas.

Ni el intelectual árabe occidentalizado ni el cooptado local es capaz de llenar este vacío en este momento, dejando espacio para más caos que sólo puede rellenarse con extremismo oportunista.

Esta no es una discusión que pueda ser instigada por las universidades occidentales o por medios árabes patrocinados por el Estado, ya que estas plataformas impondrán una narrativa egoísta condenada a perjudicar los resultados.

Es, fundamentalmente, una discusión árabe que debe generarse por pensadores árabes libres – tanto musulmanes como cristianos. Es el nacimiento de un movimiento que comenzará a imaginar un futuro alternativo para la región.

Parece un deseo ingenuo, ¿verdad? Yo creo que no. Sin tal renacimiento intelectual, los árabes seguirán encerrados entre dos opciones: permanecer lacayos de las potencias occidentales o rehenes de los regímenes de la región.

Y ninguna de estas alternativas es una opción.  

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