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Recordando Somalia: armas, pobreza y hospitalidad

A medida que mi avión desciende sobre la ciudad de Baidoa, las llanuras de los paisajes de dunas somalíes dejan claro que algo malo está sucediendo.

 

 

A medida que mi avión desciende sobre la ciudad de Baidoa, las llanuras de los paisajes de dunas somalíes dejan claro que algo malo está sucediendo.

Tras haberse enfrentado a una historia de adversidades, otra catastrófica sequía ha solado a Somalia. El cuerno de África, rodeado de agua y conocido por la piratería y la guerra civil, apenas es reconocido por sus dificultades, y la inclusión en la ‘lista negra’ de Trump de los ciudadanos somalíes eclipsa aún más su difícil situación. Según el gobierno de Somalia, más de 360.000 personas se ven afectadas por el desastre de la hambruna y, como consecuencia, de la enfermedad. Llega poca ayuda y las agencias del terreno están empezando a pasarlo mal, ya que los medios no cubren los problemas de los desplazados.

A medida que mi avión desciende sobre la ciudad de Baidoa, las llanuras de los paisajes de dunas somalíes dejan claro que algo malo está sucediendo. La tierra quemada, salpicada por árboles sin vida y caminos de tierra delgados, como cicatrices forman la noción que se crea en mi cabeza. Pero el testimonio de primera mano demuestra en lo que se ha convertido Somalia: un desierto.

Armas, pobreza y hospitalidad; así es como recordaré el país. A la vuelta de cada esquina hay un soldado que lleva su arma como su tercer brazo, brillando a través del sudor acumulado tras horas de de pie al sol. Cuando me dirigía a mi habitación, vi que era evidente que el edificio había sido atacado en el pasado; sus paredes se quebraban y había agujeros de balas marcando su fachada. Un alambre de púas decoraba el recinto, así como rejas en las ventanas. Tuve la suerte de tener un ventilador en mi habitación. Su potencia apenas marcaba la diferencia, en medio de un abrasador calor de 37 grados magnificado por las paredes cerradas.

Mientras caminaba por las calles, me impresionó la pobreza; niños que se quedaban solos mientras sus padres caminaban para investigar la disponibilidad de agua. A medida que andaba, tomé varias fotos de lo que me rodeaba, mientras varias cabezas me miraban desde una chabola improvisada. Sintiéndose amenazados, algunos niños entraron en pánico al confundir la cámara con un arma, lo que hizo que dejaran lo que estaban haciendo y empezaran a correr y a gritar.

Los somalíes no necesitan decir nada, su historia se refleja en sus ojos, en sus heridas y enfermedades. La hinchazón de sus pies y la piel desgastada como signos de una sequía que se convirtió en hambre. Las moscas se dispersan por el aire, posándose sobre todo lo que pasa por delante. Y, al revisar las fotos, me doy cuenta de todo lo que he capturado en ellas.

En las caras de los que se cruzaban en nuestro camino se formaban sonrisas paradójicas que ofrecían su versión de la hospitalidad de varias formas.

En mi última noche, vi como la ciudad de Kismayo se reunía para orar por la lluvia. Fue algo hermoso. Sus sonrisas superaban a sus circunstancias.

El día antes de cuando teníamos que marcharnos explotó una bomba a un minuto en coche de donde nos alojábamos. Entré en Facebook por primera vez en mucho tiempo, esperando que mi ubicación me ofrecería información sobre lo que estaba sucediendo. Ningún “indica que estás a salvo” en Facebook, ninguna información.

Más allá de las orillas del cuerno de África, la ayuda se estaba ayudando a sí misma. Los campamentos están llenos de historias que atormentan a sus habitantes – las rutinas que alguna vez tuvieron, un beso a sus seres queridos mientras les despedían cuando iban a la escuela y, en un instante, lo habían perdido. La repentina noticia del desastre en Somalia se retransmitió sin previo aviso, y este retraso significa que quizás sea demasiado tarde para algunos. ¿Qué esperanza puedes darle a un espíritu roto? Y si vas a Somalia – el tuyo también se romperá.

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