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Si Netanyahu rechaza la paz, ¿qué es lo que realmente quiere?

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu.

A pesar de la afirmación de Benjamin Netanyahu – durante esa superficial conferencia de prensa con Donald Trump – de que quiere centrarse en la “sustancia” y no en “etiquetas”, sabemos que, en realidad, rechazó un acuerdo de paz (¿qué puede ser más sustancial que eso?) impulsada por el ex secretario de Estado, John Kerry, el año pasado. No es la primera vez que un primer ministro israelí rechaza una oferta para poner fin a la violencia infligida por Israel a los palestinos sometidos a su brutal ocupación militar.

El Movimiento de Resistencia Islámica Palestina – Hamás – ha propuesto un alto el fuego a largo plazo (un “hudna”) varias veces; eso significaría la paz. Se cree que la intención tras las ofertas era permitir que las actuales generaciones sigan adelante con todo el bagaje político que tienen, y a su vez permitiendo a la generación más joven a interactuar más abiertamente, conocerse y, ojalá, estar en una mejor posición para lograr un acuerdo de paz en las próximas décadas. Israel rechazó todas las ofertas.

Así que, ¿qué quieren realmente Netanyahu y su cámara de extrema derecha? Aunque son firmes sionistas, parecen haber desarrollado su propia visión del futuro, una visión que rechaza las ideas del padre fundador del sionismo, Theodor Herlz – cuyo “Estado Judío” no ha de ser uno libre de judíos – así como el fundador del “Sionismo revisitado”, Ze’ev Jabotinsky.

Aunque el propio Netanyahu nació en Tel Aviv tras la creación del Estado de Israel en la Palestina histórica, su padre nació en Varsovia como Benzion Mileikowsky, y se hizo seguidor del sionismo revisionista; fue secretario personal de Jabotinsky durante un tiempo. Por lo tanto, el actual primer ministro del Estado sionista fue criado en un hogar en el que se seguía una ideología “más conocida por su defensa de una postura más beligerante y asertiva” y violencia contra las autoridades del Mandato Británico y contra los palestinos.

El padre de Netanyahu apoyaba el “Gran Israel”, que cuenta con varias definiciones. Para Jabotinsky y sus seguidores, el Estado de Israel debía ser construido sobre todo el Mandato Británico de Palestina y sobre lo que ahora es el Reino Hachemita de Jordania. Puede que esto explique por qué Netanyahu hijo construye tantos asentamientos ilegales israelíes en Cisjordania; quiere conseguir la anexión. Lo único que retiene a su gobierno es que sabe que anexionar toda Cisjordania supondría conceder una ciudadanía a muchos habitantes palestinos, o si no Israel se convertiría en un Estado de apartheid. Aunque esto llevará consigo toda una ola de oprobio, con Trump en la Casa Blanca, puede que Netanyahu y sus compinches pueden sentirse con el poder suficiente como para aguantar la inevitable tormenta con el tipo de audacia que avergonzaría a la propia chutzpah.

Por lo tanto, la anexión es una posibilidad distinta. Sin embargo, ¿qué harían los israelíes con los palestinos, que componen un quinto de sus ciudadanos? Al parecer, Jabotinsky, al igual que Herzl, no tenía ningún problema con que hubiese no judíos en el Estado de Israel; sin embargo, en ocasiones, parece haber apoyado su “transferencia”, el eufemismo sionista para la limpieza étnica. “Transferencia silenciosa” es el término que mejor describe lo que pasa hoy en día; Israel les está haciendo la vida imposible a los palestinos, esperando que ellos hagan las maletas y se marchen voluntariamente. La retirada de los permisos de residencia de aquellos nacidos y criados en Jerusalén es un ejemplo de cómo Israel, poco a poco, está excluyendo y expulsando a los palestinos de su propia tierra.

En 1967, cuando Israel tomo el control de Cisjordania y la Franja de Gaza en la Guerra de los Seis Días, también llegó al Canal de Suez, ocupando la Península de Sinai al completo. Fue devuelta como parte de un tratado de paz con Egipto. Hoy en día, oímos hablar de Netanyahu sugiriendo al gran amigo de Israel en el Cairo, el presidente AbdelFattah Al-Sisi, que se establezca un Estado palestino en Sinai. No es una idea nueva. Fue detallada por Jonathan Cook en septiembre de 2014: “Este mes, los medios israelíes informaron de declaraciones – al parecer, filtradas por oficiales israelíes – en las que el presidente egipcio, AbdelFattah Al-Sisi, ofrecía a los líderes palestinos la posibilidad de anexionar a Gaza una zona de 1,600 km cuadrados en Sinai. El territorio donado extendería cinco veces el tamaño de Gaza.” Es interesante que Cook añadiese que “se dice que el plan fue aceptado por Estados Unidos”.

En su límite norte, la Península del Sinaí es una fuente de irritación mortal respecto a Al-Sisi, con presuntos terroristas vinculados a Daesh atacando a la policía y al ejército. Juguemos a “¿y si…?” un momento: ¿y si los palestinos aceptaran la oferta de un territorio adicional para Gaza? ¿Y si los misiles siguen llegando a Israel, e Israel hace lo que mejor se le da y vuelve a invadir el territorio? Israel hubiese vuelto a ocupar la nueva Franja de Gaza y parte de Sinaí; imagina si luego quisiese establecer una “zona de amortiguación” por razones de seguridad falsas, ocupando aún más parte de la Península de Sinaí.

Después imagina si Israel consigue expulsar a aún más palestinos de Cisjordania a Jordania, y anexiona todo el territorio. Entonces, la frontera sería el río Jordán – Israel controlaría la seguridad de toda la zona – pero, como es costumbre, Israel establecería otra zona de amortiguación al otro lado de la frontera dentro de Jordania. Por lo tanto, su frontera nominal se empujaría hacia el este, así como hacia el sur y el suroeste.

Entonces, por una buena medida, puede que regrese al Líbano hacia el río Litani, creando otra zona de amortiguación más. Hezbolá intentaría evitarlo, claro, pero Israel y la presión de Occidente – jugando la carta del acuerdo nuclear contra la carta de las sanciones – asegurarían que el principal socio del grupo chiia, Irán, encabezara y manejara el asunto.

El “Gran Israel” sería una realidad, más o menos. Es un escenario de muchos “¿y si…?”, pero, dado el historial israelí de expansión territorial, no es una posibilidad descabellada.

Aceptemos o no la definición bíblica de la Tierra de Israel (como hacen incluso los sionistas ateos) o las definiciones políticas del Gran Israel, la realidad es que el Estado sionista nunca ha declarado cuáles son sus fronteras, y, probablemente, nunca lo hará. Como todas las entidades ambiciosas del mundo, el ansia de Israel por aún más territorio parece ser insaciable: cuanto más tiene, más quiere.

¿Llevaría esto a la “paz”? No creo. Benjtamin Netanyahuu sabe que su complejo industrial militar necesita “el Laboratorio” que es la Franja de Gaza para testar sus nuevas municiones y armas en objetivos vivos. También sabe que tiene que ser capaz de conseguir socios en los gobiernos occidentales, que envían miles de millones de dólares a Israel cada año. En pocas palabras, Netanyahu y su gobierno saben perfectamente que el conflicto es esencial para su visión sionista de la expansión territorial – antes lo llamábamos colonialismo, la palabra c- tabú de la diplomacia internacional.

Si el primer ministro rechaza la paz – lo hace – ¿sabemos lo que quiere realmente? No es muy difícil deducirlo.

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