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La desastrosa incursión estadounidense en Yemen y lo que nos queda con Trump

Los activistas organizan una manifestación contra la prohibición de ingreso de 90 días del presidente Donald Trump a ciudadanos 7 países de mayoría musulmana en el aeropuerto internacional de San Francisco, en San Francisco, Estados Unidos, el 28 de enero de 2017 [Tayfun Coşkun - Agencia Anadolu]

A pesar de los muchos “hechos alternativos” que han surgido, la primera operación militar de Donald Trump en Oriente Medio fue un completo desastre. Si nos creemos la versión de los medios, el objetivo de la operación era Qassim Al-Rimi, un líder de Al-Qaeda que escapó ileso. Al-Rimi es el comandante de “Al-Qaeda en la Península Arábiga” (AQPA), una temible organización que ha sido objetivo de varios ataques con drones en los años del gobierno de Barack Obama, y que ahora cuenta con aún más propaganda de reclutamiento gracias a la incursión de Trump en el conflicto.

La hija de ocho años de Anwar Al-Awlaki ha ocupado la mayoría de las portadas internacionales tras la operación. Murió durante la redada. Como su padre, era una ciudadana estadounidense; aunque ahora se ha convertido en la imagen de la falta de preocupación de Estados Unidos por las víctimas civiles en sus operaciones militares. Otros muchos civiles, entre ellos un niño cuya foto publicó la BBC el miércoles, murieron en la desastrosa operación. El Pentágono ya ha acusado a Al-Qaeda de reclutar a militantes mujeres, quizás en un intento de la pesadilla actual de sus relaciones públicas.

También murió un soldado de las Fuerzas Especiales de EE.UU, y sus compañeros se vieron obligados a destruir un helicóptero de varios millones de dólares después de sufrir un “mal aterrizaje”; quizá un eufemismo militar para “estrello”. Aún así, Sean Spicer – el propio Comical Ali de Estados Unidos, secretario de prensa del gobierno de Trump – consideró la operación un éxito. El gobierno yemení no; al parecer, ha prohibido a los estadounidenses realizar más operaciones en terreno yemení, aunque no está confirmado.

La mayoría de las últimas operaciones militares en Yemen han sido ataques con drones, no escapadas arriesgadas en helicóptero y personas el terreno. Mientras que, en teoría, la Fuerza Aérea Británica tiene tolerancia cero respecto a las víctimas civiles – si hay tan sólo un mínimo riesgo, la operación se detiene – Estados Unidos, al igual que Francia, no se preocupa por ellas. Las víctimas civiles en ataques con drones estadounidenses son lo normal; en algún lugar del Pentágono debe haber un archivo clasificado, una cifra ‘aceptable’ de víctimas civiles que pueda haber en un ataque con drones.

Un argumento dice que enviar tropas al terreno para asesinar o detener a criminales es la manera más apropiada de lidiar con el problema. Es más “quirúrgico” al permitir que los soldados tomen decisiones en cuanto a víctimas civiles in situ, y no alguien a miles de kilómetros de distancia, sentado en un búnker sin ventanas y con el mando del dron en las manos. Sin embargo, una operación que se produjo en terreno yemení para salvar a un periodista americano capturado como rehén fue un auténtico desastre; el periodista acabó muerto. Sin duda, las Fuerzas Especiales involucradas estaban capacitadas para la misión, pero demostraron el riesgo inherente que hay al introducir directamente tropas extranjeras en Yemen. Es el mismo riesgo que se demostró tras el incidente “Black Hawk Down”, ocurrido en Somalia en los 90. Esta operación terminó con la retirada estadounidense del país. Por supuesto, puede haber operaciones exitosas – en términos técnicos, la operación para acabar con Osama Bin Laden cumplió con su objetivo – pero no es lo común. Las operaciones más mundanas de las Fuerzas Especiales suelen acabar bien, ya que siempre están mejor planificadas que el desastre que Trump acaba de firmar.

Dados los riesgos, es importante que el jefe de las Fuerzas Armadas americanas – el presidente – tome la decisión de enviar tropas terrestres basándose en consideraciones militares y no en la popularidad de su país. En esta ocasión, varios oficiales militares descontentos hablaron directamente con Reuters y The New York Times, sugiriendo que Trump ordenó atacaren Yemen “sin la información, el apoyo o los respaldos necesarios”. Esta operación tiene todas las características de un nuevo presidente impetuoso sin experiencia de gobierno o militar, que quiere retratarse como un gran líder militar en la lucha contra el terrorismo, sin importarle el riesgo de que se pierdan vidas de civiles y soldados americanos. Cuando se mezclan deseos políticos y asuntos militares, los resultados nunca son buenos.

Puede que se produzcan más bombardeos. Trump prometió “bombardear al ISIS”, lo que contrasta con el relativamente cuidadoso enfoque adoptado por Irak a la hora de recuperar Mosul. Con un escrutinio internacional – y muy a diferencia de los sucesivos ataques en Faluya – los iraquíes han actuado con moderación. Irónicamente, esto es lo que hay que hacer respecto a un grupo tan temible como el Daesh/ISIS. Si Trump llega con armas por todas partes, acabará con todo el trabajo de base que se ha hecho. Daesh quiere que todo el mundo bombardee a sus fuerzas, ya que eso ayuda a la narrativa de estos extremistas. Trump no parece entenderlo.

Pero, incluso si lo entendiera, su primera operación militar fue un error. Se inició como un proyecto del gobierno de Obama, pero no fue aprobado; y, como hemos comprobado, había razones para denegarlo.

Trump parece mostrar la misma actitud respecto a Irán. Su retórica contra Teherán tan sólo potencia a ciertos grupos, y allí se aproximan unas elecciones presidenciales. El cuidadoso acuerdo nuclear – aunque imperfecto – se deshará en cuanto Trump envíe a sus tropas a Irán.

Empezar una guerra para conseguir ser reelegido es el truco más antiguo del mundo. Si recuerdan lo que declaró Trump para conseguir ser presidente, imaginen lo que hará para quedarse en la Casa Blanca. Yemen es sólo un adelanto de lo que se avecina.

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