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La visión neofascista de Trump socava los propios cimientos de América

Dentro del contexto americano, en el país de inmigrantes que llegaron de todo el mundo, el más pluralista y más diverso étnica, racial y religiosamente; el nacionalismo radical asume un significado especial: la manifestación del fascismo y sus implicaciones.
Partidarios del presidente electo Donald Trump del Partido Republicano en Nueva York, EE.UU. el 9 de Noviembre de 2016 [Mohammed Elshamy / Agencia Anadolu]

  La victoria electoral del multimillonario estadounidense Donald Trump fue una sorpresa para muchos americanos, incluyendo a líderes y expertos del propio Partido Republicano, al que representa Trump. Pero también sorprendió a la mayoría de políticos de todo el mundo, incluyendo a los aliados de Estados Unidos.

La sorpresa no se debió a la equivocación de las encuestas, ya que estas previsiones son a menudo incorrectas. La política no es una ciencia como la física o la biología, y las encuestas no gozan de la certeza de las matemáticas.

La sorpresa se debió a la enorme brecha entre el discurso y las promesas de Trump, por un lado; y lo que defiende el país en su manifestación liberal capitalista, el Estado de después de la Guerra Fría, por otro.

Para muchos americanos, la victoria de Trump es una pesadilla. Es el candidato que humilló a millones de inmigrantes mexicanos, llamándoles narcotraficantes, violadores y criminales; el que se comprometió a echar a más de 10 millones ciudadanos mexicanos no registrados; el que no dudó en describir a los musulmanes como terroristas y en prometer prohibirles entrar en el país.

Es el candidato que se burló de los discapacitados; el que no ocultó su desprecio por las mujeres, tratándolas como simple mercancía de consumo; el que vio a sus oponentes – la mitad de la población estadounidense – como meros liberales moralmente decadentes; y el que, como candidato, ni siquiera fue capaz de conseguir la mayoría de votos.

Es el hombre que se convertirá en el 45º presidente de los Estados Unidos de América.

Socavando las bases

Para los aliados de Washington, la elección era más aterradora: Trump no sólo no ocultó su admiración por el modelo del líder autoritario, sino que llegó a amenazar con socavar las bases sobre las que el sistema liberal occidental se ha construido desde la Guerra Fría.

Trump advirtió a los aliados de la OTAN de Estados Unidos que abandonaría la Alianza si no lograba satisfacer sus demandas, incluyendo renunciar a la responsabilidad de defender a países que estén amenazados por Rusia. Además, no ocultó su determinación de abandonar el Acuerdo de Paris para la protección del medio ambiente.

También declaró que trataría de emprender una guerra comercial contra China (que está superando a la economía estadounidense, como señaló repetidamente durante su campaña electoral). También ha dicho que acabaría con el acuerdo nuclear con Irán.

A lo largo de más de un año de batalla electoral, Trump no dudó en revelar sus inclinaciones nacionalistas radicales. Dentro del contexto americano, en el país de inmigrantes que llegaron de todo el mundo, el más pluralista y más diverso étnica, racial y religiosamente; el nacionalismo radical asume un significado especial: la manifestación del fascismo y sus implicaciones.

Trump quería movilizar y motivar al bloque blanco estadounidense, que se siente amenazado por los rápidos cambios demográficos en la tierra de los inmigrantes, las políticas de igualdad entre los ciudadanos, y los importantes cambios económicos que ha supuesto la tecnología moderna y el comercio internacional.

Contrarrevolución

Todos los presidentes estadounidenses, ya fueran demócratas o republicanos, han llevado a cabo políticas conservadoras en esferas sociales, culturales o económicas.

Pero Trump es el primero que expresa inclinaciones conservadores extremas en las tres esferas a la vez: una inclinación hostil hacia el comercio internacional; un odio ciego a la mayoría de humanos que no son blancos ni cristianos; y un llamamiento explícito a abandonar las conquistas de igualdad y libertad conseguidas por los diversos sectores de la sociedad americana durante las últimas décadas.

EEUU es casi el único país que se construyó sobre una idea más que sobre una concepción nacionalista exclusiva de una población que habita un territorio específico.

Partidarios del presidente electo Donald Trump del Partido Republicano en Nueva York, EE.UU. el 9 de noviembre de 2016 [Mohammed Elshamy / Agencia Anadolu]

Partidarios del presidente electo Donald Trump del Partido Republicano en Nueva York, EE.UU. el 9 de noviembre de 2016 [Mohammed Elshamy / Agencia Anadolu]

Aún cuando desarraigaron a la población indígena y los desterraron de sus tierras, cuando esclavizaron a los americanos de ascendencia africana, cuando emprendieron una guerra imperialista tras otra; ningún presidente estadounidense pudo revocar las promesas de libertad, igualdad y dignidad humana que están consagradas en la Declaración de Independencia; y ningún presidente pudo reescribir la Constitución según sus propios caprichos.

Trump es el único contraste absoluto con la idea en base a la cual se construyó Estados Unidos, y con las promesas consagradas en la Declaración de Independencia y la Constitución estadounidenses.

Las razones de la victoria

Hay, por supuesto, razones para la victoria de Trump. En estados cruciales y específicos, Trump fue capaz de presentarse como el portavoz de la difícil situación de la clase trabajadora y de la clase media-baja de los votantes blancos.

Tradicionalmente, estos grupos formaban parte de la circunscripción de los demócratas. Sin embargo, en los últimos años, y, sobre todo, tras las consecuencias de la crisis económica y financiera de 2008; los demócratas dejaron a todos estos grupos huérfanos. Trump no sólo consiguió atraerles a todos ellos a su bando, sino que también logró movilizarlos para votar, aumentando el porcentaje medio de votantes blancos de un 60% a un 70%.

La mayoría de estas personas son hostiles a los rápidos cambios de los patrones de producción globales, que han visto el cierre de las fábricas donde trabajaban y la disminución de las oportunidades de trabajo en las industrias estatales tradicionales.

Como resultado, se ven a sí mismos perdiendo los privilegios históricos de los que han disfrutado hasta ahora. Creen que su pérdida es un resultado de la competencia de los productos chinos y de los trabajadores inmigrantes baratos, los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio, que son injustos con EEUU; y la toma de poder y las decisiones de los liberales.

Sienten que han perdido sus ventajas ante los activistas por la igualdad entre blancos y negros, mujeres y hombres, homosexuales y los demás, musulmanes y cristianos y entre los inmigrantes latinos y aquellos sobre cuyos hombros se construyeron los Estados Unidos.

  Propaganda fascista

  Trump ha cumplido con su deber con los votantes blancos de clase obrera como nunca lo ha hecho otro candidato presidencial. No dudó en formular implícitamente mensajes fascistas que abordaran sus preocupaciones y reconocieran su percepción de peligro.

Muchos estadounidenses creen que su país es realmente genial por haber elegido a un presidente negro dos mandatos consecutivos, especialmente porque este presidente consiguió salvar al país de un abismo económico, liberarlo de guerras destructivas y restaurar su imagen en el mundo.

Sin embargo, el eslogan más significativo de la campaña electoral de Trump fue: “Hagamos América grande de nuevo”. Esto parece implicar que el presidente negro liberal, Barack Obama, causó el colapso de EEUU y la pérdida de sus fuentes de poder.

El segundo grito de guerra de Trump era: “Recuperemos nuestro gobierno”. Esto parece sugerir que el presidente negro y un puñado de liberales de Washington robaron el Estado americano a sus legítimos propietarios: el grupo de votantes blancos.

En otras palabras, Trump ha conseguido aumentar la división de la sociedad americana levantando preocupaciones sobre el futuro, profundizando el odio entre los diferentes componentes de la sociedad americana, y liderando un golpe en contra de las promesas de la Constitución y de la Declaración de Independencia.

Pero, sin duda, esto no es el final del camino. El Estado moderno nació a ambos lados del Atlántico. Occidente no sólo consiguió democratizar el Estado y hacerlo más receptivo a la voluntad de la mayoría; sino que también logró reforzar las instituciones sobre las que se supone que se apoya el Estado: la burocracia neutral, el Estado de derecho, la separación de poderes, la independencia del poder judicial y la libertad de organización civil.

Estas instituciones – y no sólo en términos electorales – juegan un papel muy importante a la hora de racionalizar a la autoridad que gobierna, y todo presidente gobierna de acuerdo a sus términos y condiciones.

 

Señales de resistencia

  Trump ha de considerar la amplia oposición liberal a su discurso y a su agenda propuesta. Independientemente de las razones y del significado de su victoria, no hay duda de que la sociedad americana es mucho más liberal hoy en día que hace una generación.

Las manifestaciones organizadas inmediatamente después de la victoria del multimillonario neoyorquino apuntan al principio de una amplia confrontación que su administración no podrá ignorar.

No se puede hablar con mucha certeza del modo en el que gobernará Trump, o acerca de las políticas que es probable que adopte. Sin embargo, lo que es seguro es que su presidencia representará un periodo de feroz conflicto entre, por un lado, las tendencias fascistas y el racionalismo estatal; y, por otro, los valores de libertad, igualdad y dignidad.

Este artículo fue publiado originalmente en el portal Middle East Eye

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Basheer Nafi es investigador en el Centro de Estudios Al Jazeera.

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