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Oriente Medio cerca de usted

Ya están muertos

En los últimos tiempos, el mundo árabo-islámico viene viviendo una época convulsa y difícil. Difícil para sus gentes, -quienes lo habitan, no quienes lo gobiernan-, y difícil de entender para quien lo observa y trata de entender desde el sofá de su casa, la barra del bar o las aulas de la universidad. Resulta difícil discernir y diferenciar las distintas partes involucradas en los conflictos que marcan el ritmo de estas tierras. Difícil conocer para qué intereses trabaja cada una de ellas, a quién sirven las muertes y la destrucción de tantas vidas, y aún más difícil saber cómo se alían o se atacan todas las facciones implicadas. A modo de ejemplo, en Siria no hay sólo dos bandos, como pretenden mostrarnos los medios de comunicación: el que apoya a Bashar Al-Assad y sus opositores, sino que estas partes están compuestas a su vez por decenas de comandos y milicias, locales, extranjeras y regionales que se alían entre sí o se combaten según la batalla o el momento concretos. Además, en muchas ocasiones, “las facciones enemigas” están armadas por las mismas potencias extranjeras que, sin embargo, las tachan de terroristas en sus propios países, a pesar de apoyarlas.

Pero  lo que es realmente difícil es empatizar con todos esos muertos que, para nosotros, nunca han estado vivos. Muertos a lo que nunca hemos visto sonreír ni vivir una vida parecida a la nuestra, a pesar de que obviamente la tenían antes del desastre al que se les ha condenado. Por ejemplo, Irak, que con la reciente toma de Mosul aparece constantemente en las noticias, antes de la invasión estadounidense era un país sin apenas analfabetismo, donde el o la iraquí media tenía conocimientos de una lengua extranjera aprendida en un sistema educativo público y gratuito. Es decir, esa gente que duerme en los cementerios y sale en nuestras noticias llorando mientras saca cadáveres de entre los escombros, acudían a la universidad, desayunaban en las terrazas de las cafeterías leyendo el periódico, escuchando los éxitos musicales del momento y se enfadaban con sus vecinos cuando se exaltaban viendo el “Clásico” (el partido anual Real Madrid-Barcelona).

Pero para nosotros, las gentes desarrolladas del autoproclamado Occidente, los miles de muertos de Irak nunca han estado vivos. Tampoco han estado vivos los sirios y sirias con brazos amputados entre los escombros que vemos casi a diario mientras almorzamos. Por eso es tan difícil empatizar con ellos, porque para nosotros ellos nunca han estado vivos y nosotros nunca muertos.

Así, pareciera que que las mujeres de Siria, Irak o Palestina viven llorando y con sus eternas vestimentas de color negro sucias de polvo. Nunca hemos visto a esas mujeres, madres e hijas reír a carcajadas con sus amigas en la terraza de un restaurante, aunque lo hacían, ni entonar cantos andalusíes, la música clásica del Mediterráneo, aunque los cantaban. Esas mujeres nunca han estado vivas, nunca nos las enseñaron vivas, las conocimos ya estando muertas.

Todas ellas y sus descendientes, para nosotros, nunca han estado vivas, ni sus casas lustrosamente decoradas, ni sus ropas limpias. Son muertos que, desde siempre, moran harapientos entre escombros. Y los muertos no sienten, no se empatiza con los muertos.

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