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La ONU cae más bajo en cuestión de derechos humanos

Parece que los derechos humanos se hubieran convertido en un lujo del que muy pocos pueden disfrutar y aún menos están dispuestos a defender.
Foto de archivo de una reunión del Consejo de Derechos Humanos de la ONU.

Las Naciones Unidas cayeron a un nuevo nivel este fin de semana, cuando se celebró la votación secreta para elegir a los 14 nuevos miembros del Consejo de Derechos Humanos de la ONU. Como era previsible, Rusia fue descartada para ocupar el cargo, aunque alguien podría preguntar qué hacía Rusia entre las opciones del Consejo, habida cuenta de su negro historial en Chechenia y sus bombardeos en curso sobre la población civil en Siria.

Sin embargo, aferrándose todavía a su sillón en el Consejo se encuentra Arabia Saudí. El gobierno de Riad, debe remarcarse, se enorgullecía a principios de este año de haber decapitado a 47 personas en un sólo día, incluyendo al destacado clérigo chií Sheij Nimr Al-Nimr.

En lo que se refiere a derechos humanos, actualmente no hay tanta diferencia entre Rusia y Arabia Saudí; ambas están y han estado durante décadas en estándares inaceptables. Su poca atención en el trato que dan a sus propios ciudadanos es tan impactante como sus actividades en terceros países, donde ambas arrojan bombas sobre escuelas, hospitales y lugares de culto.

Rusia intimida y amenaza para conseguir sus objetivos en las cumbres internacionales, mientras los saudíes simplemente reparten millones para comprar a sus amigos, y en ocasiones también a sus enemigos. Ya sea en Yemen o en Siria, la comunidad internacional debería ser ecuánime en su condena, pero no lo es.

La primera ministra británica Theresa May fue preguntada en el Parlamento la semana pasada acerca del historial de derechos humanos de Arabia Saudí, y ella, enfadada y orgullosa, dijo: “Reitero algo que ya he dicho antes en este Parlamento, nuestra relación con Arabia Saudí es muy importante. Es especialmente importante en relación con la seguridad de nuestro país y la lucha contra el terrorismo”.

Tristemente, tanto Gran Bretaña como muchos otros países occidentales son cobardes cuando se trata de defender los derechos humanos frente a regímenes ricos en dinero y petróleo como es el saudí. Su historial en enfrentarse a Rusia en este sentido es igualmente mediocre, habida cuenta de cómo Vladimir Putin parece dictar sus condiciones sin demasiada resistencia.

El gran misterio en todo esto es por qué Arabia Saudí quiere sentarse en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, cuando es evidente que no tiene ningún miramiento hacia los derechos humanos tanto dentro de sus fronteras como allende de ellas. La coalición liderada por los saudíes en Yemen ya ha admitido su responsabilidad en el bombardeo de un funeral que causó 140 víctimas civiles mortales e hirió a más de 600, excusándose en que tenía “información errónea” sobre el lugar de la masacre.

Los puntos de vista del régimen de Riad en lo que se refiere a los derechos de las mujeres son abominables, pero si bien esto fue usado como argumento  por parte de Gran Bretaña y Estados Unidos para invadir Afganistán en 2001 y derrocar a los entonces gobernantes talibán, las denominadas “grandes potencias” están dispuestas a mirar hacia otro lado cuando se trata del mal comportamiento de Riad. La Fuerza Aérea Saudí continúa siendo entrenada por los británicos, mientras otros departamentos de seguridad saudíes se benefician de programas similares: además, el gobierno británico ha dado licencia  par vender 3,3 billones de libras (unos 4.000 millones de euros) en armas para Arabia Saudí desde el pasado mes de Marzo.

Mientras tanto, Egipto también dispone de una silla en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU, incluso aunque sus prisiones estén repletas de decenas de miles de presos políticos que, según las organizaciones internacionales de derechos humanos, están sufriendo tortura, hambre y condiciones de vida  inhumanas. Entres estos prisioneros está el único presidente elegido democráticamente de la historia de Egipto, Mohamed Morsi, que fue derrocado de su cargo por un golpe de Estado dirigido por el mariscal Abdel Fattah Al-Sisi, quien ahora es el presidente del país. Aunque resulte inimaginable, el hecho es que las acciones del dictador militar parece no ser motivo suficiente para descartar a Egipto de tener un lugar en el Comité de Derechos Humanos de la ONU.

Otro asiento del Consejo está ocupado por Irak, un país que se encuentra todavía bajo el caos, plagado de conflictos sectarios y del que se rumorean terribles actos de brutalidad en sus prisiones. Junto a los miembros árabes del comité está Estados Unidos, que rechaza reconocer a la Corte Penal Internacional, ignora la legalidad internacional y todavía mantiene a presos sin juicio ni acusaciones claras encerrados en Guantánamo. Incluso puede que allí sea elegido un presidente que ha prometido “traer de vuelta la práctica del ahogamiento simulado y mucho más” en los interrogatorios de presos.

Otros países que se sientan en la plana principal del Consejo son Brasil, Croacia, Hungría, Japón, Ruanda y Túnez, mientas que aquellos que han sido reelegidos para un periodo temporal son Cuba, Sudáfrica y Gran Bretaña. Si bien ésta última niega que se lleven a cabo torturas, ciertamente ha venido siendo cómplice de su aliado, Estados Unidos, y ha pagado millones de libras para compensar a las víctimas a cambio de que acepten que “no hay ninguna relación de responsabilidad o culpa” por parte de las autoridades británicas. China también cuenta con un puesto, a pesar de su vasto catálogo de abusos de derechos humanos que se han registrado contra sus ciudadanos.

Si eres víctima de la tortura en Egipto, Arabia Saudí, China o Irak, o estás encerrado en Guantánamo sin juicio ni cargos, ¿quién te podrá proporcionar justicia? Incluso los aliados de estos países mirarán hacia otro lado y harán oídos sordos antes que perder sus acuerdos comerciales, tratados armamentísticos y el flujo de petróleo.

Parece que los derechos humanos se hubieran convertido en un lujo del que muy pocos pueden disfrutar y aún menos están dispuestos a defender. Un análisis exhaustivo de aquéllos que se sientan en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU revela lo bajo que ha caído el mundo en términos de moralidad, justicia e igualdad. A la ONU debería caérsele la cara de vergüenza cuando presume de promover estos valores. Nos está fallando a todos nosotros.

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La periodista y autora británica Yvonne Ridley ofrece análisis políticos sobre asuntos relacionados con el Oriente Medio, Asia y la Guerra Mundial contra el Terrorismo. Su trabajo ha aparecido en numerosas publicaciones de todo el mundo, de Oriente a Occidente, desde títulos tan diversos como The Washington Post hasta el Tehran Times y el Tripoli Post, obteniendo reconocimientos y premios en los Estados Unidos y el Reino Unido. Diez años trabajando para grandes títulos en Fleet Street amplió su ámbito de actuación a los medios electrónicos y de radiodifusión produciendo una serie de películas documentales sobre temas palestinos e internacionales desde Guantánamo a Libia y la Primavera Árabe.

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