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Oriente Medio cerca de usted

 A pesar de todo… ¿otro ejemplo de la excepcionalidad islámica?

El futuro de la democracia y el respeto de los derechos y libertades de los ciudadanos en Oriente Medio y el Norte de África depende en gran medida de si a los islamistas se les permitiría participar en las elecciones justas y gobernar, si ganaran.

Los tanques paseaban por las calles, los canales estatales de televisión fueron tomados, los medios de comunicación disidentes fueron atacados y silenciados, la oficina del presidente estaba rodeada, el primer presidente elegido democráticamente fue puesto bajo arresto domiciliario, se suspendió la Constitución, y el jefe del ejército se colocó frente a las cámaras para tratar de justificar estos hechos vergonzosos. Como ciudadano de Turquía, un país que ha sufrido cuatro golpes militares, estas escenas resultaban demasiado familiares, sobre todo recordando lo que pasó en Egipto hace apenas tres años…  Era claro y evidente: un golpe de Estado.

La política de no llamar “golpe” a un golpe

Sin embargo, los líderes de los países “democráticos” no describieron los acontecimientos en Egipto como un golpe de Estado. Estados Unidos, quien ha derramado  gran cantidad de recursos y derramado sangre, todo en nombre de la “democracia” en el gran Oriente Medio y el Norte de África, no hizo uso de la palabra maldita “golpe”. El presidente Obama hizo un gran esfuerzo para no calificar los acontecimientos como lo que realmente eran: un golpe de Estado. El presidente del Comité de la Cámara de EE.UU. y Asuntos Exteriores Ed Royce fue incluso un paso más allá, endosando la culpa de este golpe sobre los hombros del depuesto presidente Morsi, sin ni siquiera una mención sobre las acciones de los militares.

Del mismo modo, la Alta Representante de la UE para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, Catherine Ashton, se abstuvo de usar la palabra “golpe” en su declaración tras el derrocamiento de Morsi. Además, su declaración no expresó ninguna posible condena contra la apropiación del poder a los civiles elegidos por parte de los militares. Reflejando esta postura de la UE, Marietje Schaake, miembro del Parlamento Europeo en representación del Partido Demócrata de los Países Bajos, en su entrevista con el diario egipcio Ahram Online el 4 de julio, rehuyó condenar el derrocamiento de un presidente elegido democráticamente, más bien optó por ignorar el golpe que había tenido lugar sólo un día antes. En cambio, consideró demasiado urgente hablar sobre los aspectos técnicos de la asistencia de la UE a Egipto y la forma de descongelar los 5 mil millones de euros del programa comunitario de préstamos de la UE, los cuales fueron congelados en su mayoría durante la presidencia de la Morsi.

Estas dos declaraciones estaban en clara violación de la política establecida por la UE de promoción de la democracia en los países vecinos. Desde 1990, la UE ha desarrollado marcos de trabajo, tales como el Proceso de Barcelona, la Política Europea de Vecindad (PEV), la Asociación Euro – Mediterránea (EMP), con el fin de forjar mejores relaciones con Oriente Medio y el Norte de África y animarles a avanzar en la senda de la democratización, el buen gobierno y defender las libertades civiles. Sin embargo, las reacciones que han caracterizado hasta el momento a la UE han sido la de aplaudir el golpe de Estado contra una democracia incipiente, no importa cuán imperfecta haya sido, en el país árabe más poblado. Esta actitud no sólo ha desacreditado toda su política y discurso sobre democratización, sino que también se ha arriesgado a crear la desconfianza entre la UE y los movimientos islamistas democráticos que gozan de apoyo en la región. A menos que haya una reevaluación importante de la postura de la UE sobre el golpe militar, las relaciones van a sufrir daños irreparables.

Esta negativa a llamar a un golpe de estado, lo que es, ‘un golpe de estado’ no se ha limitado a los círculos oficiales. Una parte importante de los medios de comunicación internacionales, expertos y analistas también hizo lo mismo al no calificar los eventos como golpe de estado ni condenarlos. Pero, ¿por qué fueron tan reacios los expertos a definir al primer golpe televisado del nuevo milenio por su nombre? ¿No hemos estado todos aplaudiendo el irresistible cambio hacia la democratización en todo el mundo? ¿No era la Primavera Árabe un hecho positivo similar a los que habían tenido lugar en Europa central y oriental en 1989-1990? Entonces, ¿por qué esta excepcionalidad egipcia?

¿Por qué las democracias permanecen en silencio mientras los militares egipcios revientan una democracia naciente?

Muchos analistas se esforzaron por ofrecer una justificación a su apoyo, ya sea explícito o tácito, a este golpe, o su renuencia a hablar en contra de este. Una de las justificaciones más comúnmente citadas ha sido que esta intervención militar ha recibido un importante apoyo popular, por lo tanto, no podía ser considerado como un golpe de Estado. Sin embargo, un examen de la historia de golpes militares revelaría que no hay nada nuevo en golpes militares que reciben el apoyo popular. Como Jackson Diehl señaló acertadamente en su artículo de opinión del Washington Post, en el último medio siglo los golpes militares en países tan diversos como Argentina y Tailandia también recibieron grandes apoyos populares. En una línea similar, después del golpe militar de 1980 en Turquía, la Constitución redactada por los militares fue aprobada en referéndum por más del 90% de los votos. Sin embargo, ni el apoyo público a los militares para librar un golpe ni la aprobación pública de sus obras les libran de calificar sus acciones como lo que son: “golpes de Estado”.  Por lo tanto, el pretexto de ‘apoyo popular’ es una justificación irresponsable para no denominar lo sucedido como un golpe de estado en Egipto.

El excesivo énfasis en la identidad del presidente y las características del partido que se vio en los medios de comunicación internacionales y el discurso de los analistas, parecen indicar la verdadera razón para pasar por alto el golpe. Encontrar a un artículo que no trate de justificar el golpe militar del gobierno de Morsi haiendo referencias a su identidad islamista  y del partido y a una relación detallada de todos los errores cometidos, supuestamente debido a sus políticas islamistas, se ha convertido en una misión imposible. Para algunos, todo este asunto representa la confirmación de su creencia de larga data con respecto a la incompatibilidad del islam con la democracia. Ellos  explicaron ansiosamente y con detalle el fracaso del Iislam político en el respeto de las normas de un sistema político abierto y democrático.

Sin embargo, tal juicio no sólo es problemático ya que adopta un enfoque esencialista de la democracia y de la religión, sino también porque confunde el liberalismo con la democracia. Por otra parte, este enfoque pasa por alto el problema real frente a los estados de Oriente Medio y el Norte de África: la incapacidad e incompatibilidad de los partidos seculares para cumplir con las reglas de un sistema político abierto, de elecciones libres y democrático.

¿Es acaso el laicismo incompatible con la democracia?

En primer lugar, el eterno debate sobre la incompatibilidad entre el islam y la democracia ha sido defectuoso. Este debate adopta un enfoque esencialista de la democracia y de la religión. Considera a la democracia más a través de los códigos culturales, de civilización y religiosos específicos que a través de la existencia de instituciones fuertes e independientes, el imperio de la ley y la experiencia política. Este punto de vista (eurocéntrico) no sólo entra en conflicto con las reivindicaciones universales de la democracia, sino que ha sido desacreditado por la experiencia política de diferentes personas de todo el mundo. Este enfoque supone en primer lugar que la democracia era esencial y exclusivamente europea debido a su combinación única de factores culturales, religiosos y de civilización, por lo que no podía echar raíces en cualquier lugar, sino solo en el mundo europeo-occidental. Esta postura suponía que otras regiones, culturas o religiones eran impermeables a la democratización debido a sus circunstancias excepcionales y los valores religiosos y culturales, los cuales fueron considerados como incompatibles con los valores democráticos.

Esta creencia sin fundamento ha sido cuestionada progresivamente por las experiencias de diferentes países y culturas con la democracia. A medida que los países como Taiwán y Japón demostraron que no había ninguna excepcionalidad asiática, Turquía, Indonesia y Malasia desafiaron la pretendida excepcionalidad islámica. A la vista de estos desafíos, otra excepcionalidad ha sugerido: el excepcionalismo árabe. Sin embargo, las revoluciones en el mundo árabe hicieron también obsoleta esta última forma de excepcionalidad. Por lo tanto, estas experiencias ilustraron que los asiáticos, los musulmanes y los árabes no eran diferentes en sus demandas de democracia representativa y dignidad a sus pares europeos y americanos.

En segundo lugar, cuando los expertos cuestionan la compatibilidad del islam y la democracia, lo que realmente quieren decir es si el islam es compatible con el liberalismo. Dado que los movimientos islamistas son por lo general los grupos mejor organizados a nivel social en los países en los que operan y que comparten los sistemas de valores de la población en general, no tienen reparos en la democracia electoral, actitud que ansiosamente probaron aprovechando cualquier oportunidad para elecciones libres y justas. A este respecto, se hace evidente que lo que se entiende por esta cuestión de la compatibilidad es si los islamistas están listos para dar cabida a las diferentes demandas liberales y seculares (estilos de vida). Debido al hecho de que la gran mayoría de los países árabes y musulmanes han sido gobernados por regímenes seculares autoritarios, no hemos tenido una verdadera oportunidad de observar en qué medida los movimientos islamistas son capaces y están dispuestos a satisfacer las diferentes demandas y estilos de vida. El único caso significativo que puede ser examinado pertenece al gobierno de tendencia islámica del Partido de Justicia y Desarrollo de Turquía (AKP).

Esta experiencia ofrece un caso para el optimismo. A pesar de la naturaleza imperfecta de su gobierno de más de una década y la necesidad de una mayor apertura de la esfera pública y política para las diferentes demandas, identidades y perspectivas, la esfera pública y política de Turquía se ha vuelto más pluralista durante este periodo de lo que había estado bajo el sistema secular kemalista. Sin embargo, esto no quiere decir que los movimientos islamistas no desempeñarán ningún papel en la conformación de lo que es aceptable en el ámbito público, no significa que la esfera pública únicamente debe ser definida por los principios liberales. Los islamistas, al igual que los socialistas y otras ideologías, tienen tanto derecho como los liberales para dar forma a la esfera pública con sus propios sistemas de valores.

En tercer lugar, contrariamente a la creencia generalizada, son las élites y las organizaciones seculares las que demuestran la imposibilidad de la democracia en Oriente Medio y el Norte de África. Esta región no ha sido testigo de islamistas deteniendo o destrozando procesos democráticos. De hecho, se puede argumentar que la única excepción podría ser la elección iraní de 2009. Sin embargo, la región fue testigo de muchos casos de élites y organizaciones seculares deteniendo y triturando los procesos democráticos: cuatro golpes por militares seculares en Turquía, aplastamiento del ejército argelino al Frente Islámico de Salvación en 1992 cuando éstos ganaron las elecciones democráticas, la destrucción actual por parte del ejército de un experimente en ciernes en Egipto, etc. Del mismo modo, en Siria, es de nuevo el régimen baazista secularista el que ahoga las demandas del pueblo por la libertad, la democracia y el bienestar económico. Esto plantea la pregunta de ¿por qué los secularistas de Oriente Medio y del norte de África demuestran esta incapacidad para reconciliarse con los procesos democráticos?

Las siguientes observaciones del renombrado erudito José Casanova son imprescindibles para entender este dilema. “Uno se pregunta si la democracia no se convierte en un ‘juego’ imposible cuando a las potenciales mayorías no se les permite ganar elecciones, y cuando los políticos civiles seculares piden a los militares que vengan al rescate de la democracia mediante la prohibición de estas mayorías, las cuales amenazan su identidad secular y su poder”. Esta observación no sólo captura acertadamente la clave de los desafíos para la democratización de la región, sino que también aclara por qué los seculares de Oriente Medio y el Norte de África se muestran incapaces de cumplir con las normas y procedimientos democráticos. Por lo tanto, la búsqueda de la prueba de democracia islamista hace de la democracia en sí misma una misión imposible de lograr.

La identidad islamista de Morsi y su partido parece ser la principal razón para la reticencia de la comunidad internacional y los medios de comunicación en la definición de este golpe como un golpe. El futuro de la democracia y el respeto de los derechos y libertades de los ciudadanos en Oriente Medio y el Norte de África depende en gran medida de si a los islamistas se les permitiría participar en las elecciones justas y gobernar, si ganaran. Si no queremos que las palabras de Essam El Haddad “… el mensaje resonará en todo el mundo musulmán alto y claro: la democracia no es para los musulmanes” forme parte de la mentalidad de la nueva generación de islamistas en la región, entonces es imperativo tomar una postura en contra de este golpe de Estado, el cual tiene el potencial para sofocar las experiencias democráticas emergentes de la Primavera Árabe.

 

Este artículo fue publicado por primera vez por huffingtonpost.com.

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Galip Dalay es investigador asociado experto en Estudios Turcos y Kurdos para el Centro de Estudios de Al-Jazeera y director de investigación en Al Sharq Forum.

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