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La violencia sexual como arma de guerra en Irak y Siria

El cuerpo femenino ha sido utilizado de manera rutinaria durante los conflictos para infligir el máximo daño en una población. En Irak y Siria, se observan los mismos patrones, con hombres, mujeres y niños víctimas de la violencia sexual como táctica de guerra.

21 años de edad, casada 22 veces y sometida a un procedimiento quirúrgico para “reconstruir su virginidad” antes de cada boda forzada. Otra chica es vendida para permitir a su captor comprar un paquete de cigarrillos. Estas son sólo dos de las historias transmitidas a Zainab Hawa Bangura, representante especial de la ONU sobre la violencia sexual en los conflictos, durante su visita a las supervivientes de violencia sexual que han escapado de las violentas guerras en Irak y Siria.

Esta semana, la ONU publicó un informe señalando que Daesh ha utilizado sistemáticamente la violación como una herramienta para borrar la identidad yazidí de Irak y Siria en la medida en que ha cometido genocidios, con miles de chicas jóvenes y mujeres vendidas como esclavas sexuales y forzadas a contraer matrimonio. El régimen sirio por su parte ha sido acusado de usar la violencia sexual para torturar a mujeres y hombres prisioneros. Human Rights Watch también ha informado de que los soldados y las milicias armadas pro-gubernamentales han abusado sexualmente de mujeres y niñas de tan sólo 12 años durante los allanamientos de casas y barridos militares de las zonas residenciales.

Mientras que la violencia sexual fue una vez vista como un subproducto del conflicto, ahora es finalmente reconocida como un arma de guerra que se utiliza a menudo deliberada y sistemáticamente para erosionar el tejido de una comunidad. En todo el mundo, las niñas y mujeres han sido señaladas en tiempos de conflicto como objetivos para la violencia sexual. Pero los hombres y los niños también son víctimas de esta arma destructiva.

Yanar Mohammed es co-fundador de la Organización para la Libertad de las Mujeres en Irak (OWFI) creada en 2003, una organización que ha ayudado a innumerables mujeres a escapar de una vida de violencia sexual. Cuando Daesh comenzó a hacerse cargo de grandes extensiones de territorio en el país, el número de personas que necesitaban asistencia urgente creció de forma exponencial. Su equipo de trabajadores opera en las líneas del frente de Irak, estableciendo contactos con niñas y mujeres, a veces rescatándolas, haciéndose pasar por sus familias y entrando en las zonas controladas por Daesh, hasta llevarlas a una de las casas de seguridad en la red secreta de OWFI. A menudo se encuentran haciendo el trabajo del gobierno, que no ha tomado las medidas adecuadas para proteger a estas mujeres, tales como la legalización de sus casas de seguridad.

Yanar cuenta que en los comienzos del Daesh, las mujeres yazidíes fueron señaladas como objetivo para la violencia sexual. A continuación, el grupo también se dedicó a atacar a las mujeres chiíes y suníes cuyos maridos estaban sirviendo en el ejército iraquí fuera de la zona del Daesh. Como una especie de “venganza política” se ven obligados a casarse con un combatiente del Daesh. El grupo ahora se dirige hacia cualquier mujer, dice. “No es sólo un problema yazidí, es un problema de todo Irak”.

Muchos sirios e iraquíes han huido de sus países para escapar de la violencia, sin embargo, la inseguridad de la vida de los refugiados sigue haciéndolos vulnerables a la explotación sexual. En los países de acogida vecinos, la precaria situación de los refugiados ha dado lugar a patrones de violencia sexual por parte de los propietarios y los posibles empleadores. Líbano se vio sorprendido recientemente con el descubrimiento de 75 mujeres sirias en una casa abandonada que habían sido forzadas a la esclavitud sexual, torturadas, y a las que sólo se permitía salir del edificio para realizar abortos y tratarles las enfermedades venéreas. Mientras tanto, las supervivientes que regresan con sus familias y comunidades a menudo son discriminadas como resultado de sus experiencias, dando lugar a un nuevo trauma. Esto es lo que hace que la violencia sea un arma destructiva de guerra, que puede fragmentar las comunidades sin posibilidad de reparación.

La violencia sexual en situaciones de conflicto no es en absoluto un fenómeno nuevo, los cuerpos femeninos han sido el “daño no reconocido de guerra” durante demasiado tiempo. Sin embargo, en la historia reciente se han producido grandes pasos en el reconocimiento de la violencia sexual en los conflictos como un crimen internacional. En Bosnia, los informes de la esclavización de las mujeres y las niñas musulmanas por las tropas serbias  en  los “campos de violación” llegaron a ser entendidas como parte de una estrategia de limpieza étnica, con muchas implicaciones deliberadas para que tuviesen bebés serbios. El tribunal establecido sobre las secuelas del conflicto, emitió un fallo histórico que define la violación en masa y la esclavitud sexual como crímenes contra la humanidad y fue el primer juicio por crímenes de guerra internacionales en el que existió la acusación de violencia sexual. El tribunal del genocidio de Ruanda se convirtió en el primer tribunal internacional en encontrar un acusado culpable de la violación como un crimen de genocidio. Con el nacimiento de la CPI, la violación, la esclavitud sexual, la prostitución forzada, el embarazo forzado, la esterilización forzada o “cualquier otra forma de violencia sexual de gravedad comparable” se definieron como crímenes contra la humanidad cuando se cometen de manera generalizada o sistemática.

También hay una serie de programas nacionales destinados a poner fin a la violencia sexual en los conflictos. El Reino Unido está a la vanguardia en la promoción de medidas de prevención de la violencia sexual en los conflictos como prioridad política. Con el lanzamiento de la Iniciativa de Prevención de la Violencia Sexual en 2012, y más recientemente, la introducción de un protocolo para promover la mejor práctica en la documentación de la violencia sexual como un crimen de guerra. Sonya Sceats, Directora de Política y Defensa de Protección contra la Tortura, pone de relieve que, si bien a nivel internacional el Reino Unido promueve testimonios de supervivientes como evidencia de crímenes sexuales violentos y empuja a un enfoque de la superviviente centrada fuertemente en su protocolo, existe un doble rasero en el proceso de asilo del Reino Unido trata a las supervivientes de la violencia sexual en busca de refugio.

Ella dice que su organización, considerándose una experta en la documentación de la tortura, incluida la tortura sexual, habitualmente ve que hay evidencias clínicas ignoradas por quienes toman las decisiones de asilo. Esta evidencia es a menudo sustituida por las opiniones de los que toman las decisiones a pesar de su falta de formación médica. También está la cuestión de la divulgación tardía de las pruebas relacionadas con la violencia sexual, que se utiliza como una razón para considerar que la evidencia no fiable, lo que según Sceats es “completamente contrario al protocolo”. “El gobierno del Reino Unido está exigiendo que los países que salen de conflictos den apoyo y protejan a las supervivientes de violencia sexual y de hagan justicia por ellas. Se trata de un estándar más alto del que se está aplicando en el propio país, es decir, a pesar de que el Reino Unido no está luchando por aplicar el artículo después de los conflictos señalados”. “Es hipócrita presionar hacia esto en el extranjero y no en casa”, denuncia.

A partir de la violación masiva de mujeres chinas en Nankín o a el embarazo forzado de las mujeres musulmanas en Bosnia, el cuerpo femenino ha sido utilizado de manera rutinaria durante los conflictos para infligir el máximo daño en una población. En Irak y Siria, se observan los mismos patrones, con hombres, mujeres y niños víctimas de la violencia sexual como táctica de guerra. En Siria, la violencia sexual está siendo perpetrada por todos los actores: el régimen y las milicias, Daesh y los grupos terroristas.  En Irak, el Daesh está utilizando la esclavitud sexual como una herramienta de limpieza étnica y el gobierno iraquí no logra hacer nada para proteger a las mujeres. Para las supervivientes de la violencia sexual que logran escapar de estos países, la vida como refugiadas las hace vulnerables a nuevos abusos, mientras que los procesos de asilo como los del Reino Unido arrojan sospechas sobre sus experiencias, lo que hace que el trauma se perpetúe. 

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