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Ennahda: el giro de la religión a la política

Logotipo del partido tunecino Ennahda.

De un partido político en una sociedad moderna y democrática se espera que sea eficiente como parte de la sociedad civil y que se base en una serie de principios que dirijan su comprensión de la realidad y sus decisiones futuras. Debe llevar a cabo sus actividades en una atmósfera de apertura y transparencia, compitiendo con sus oponentes para atraer seguidores con el fin de ganar el poder de acuerdo con un programa político, económico, social y cultural electo. Un partido político no debe ejercer un monopolio sobre la protección de la religión, reivindicar la posesión de la verdad absoluta ni pretender ser el único guardián de los valores nacionales.

En realidad, la mayor parte de partidos políticos en el mundo árabe con un trasfondo islámico no ven ningún problema en mezclar cuestiones religiosas y políticas; rezan a la par que movilizan a las diversas comunidades con objetivos electorales. Tratan de integrar la religión en el partido para demostrar a sus seguidores que toman las decisiones con un contexto religioso en mente. Esto conduce al monopolio de un patrimonio común por parte de un partido, otorgándole una clara ventaja en todo el proceso electoral e influyendo en el comportamiento del electorado.

Analizando de cerca los documentos de Ennahda y su comportamiento político, se puede observar que durante los periodos de opresión bajo los regímenes de Bourguiba y Ben Ali, el movimiento Ennahda se aferró a sus declaraciones de carácter misionero, particularmente en sus inicios. Insistía en que uno de sus objetivos fundamentales era apoyar el renacimiento del carácter islámico de Túnez y contribuir al establecimiento del islam a nivel político y cultural en el Magreb y en las escenas árabe e internacional, en vista del distanciamiento de la gente de la religión.

El objetivo primario del movimiento era oponerse a las políticas de secularización forzosa que trataba de imponer el régimen gobernante. Ennahda se convirtió en defensora de la identidad árabe del país. Sin embargo, a pesar de su conciencia de la importancia de dar prominencia al aspecto político de sus actividades, en respuesta a las aspiraciones a la libertad, a la dignidad y a la diversidad por parte de la gente, el movimiento continuó mezclando la predicación religiosa con el activismo político.

Esto le permitió a Ennahda atraer a un gran número de seguidores y simpatizantes que estaban hartos de que las autoridades marginaran las cuestiones religiosas, acosaran continuamente a quienes predicaban la religión y restringiesen las libertades privadas y públicas del pueblo.

Aparentemente, tras la revolución, Ennahda se dio cuenta de que la gente no se había levantado con el fin de establecer un estado teocrático. La revuelta se había producido en protesta contra la tiranía y contra la hegemonía de un solo partido, el nepotismo, la injusticia y la desigual distribución de la riqueza. Los rebeldes ansiaban el establecimiento de una república democrática y de un estado justo.

Así que el movimiento se implicó en la lucha política tras la revolución, tratando de minimizar los efectos perniciosos de mezclar la religión con la política. De esta manera, su programa político no incluyó ninguna referencia al establecimiento del estado islámico prometido, reconociendo las libertades y la igualdad de género. También incluyó la petición de que las mezquitas fueran arrebatas al control de los políticos.

En la cumbre que celebró el mes pasado, Ennahda anunció su decisión de poner fin a su actividad misionera para dedicarse a la labor política. A este respecto, el líder del movimiento Rachid Ghannouchi declaró que su partido se encuentra en un proceso de transición para convertirse en un partido político que se dedique al activismo político. Este partido se especializaría en una reforma que comience por el estado, dejando otros aspectos en manos de la sociedad civil.

De esto podemos colegir que la historia reciente del partido se ha visto marcada por la confusión entre lo que debe ser y lo que no debe ser, es decir, el activismo asociativo y las prédicas.

Esta transición es de gran importancia, puesto que permite al movimiento ofrecer una verdadera imagen de su identidad. Este giro indica que Ennahda ha elegido ser parte del escenario político como un verdadero partido político, con propuestas pragmáticas, y no una entidad religiosa con una vocación misionera.

Al comprometerse con esta decisión, Ennahda está respondiendo de manera favorable a la esencia de la Constitución Tunecina, que prohíbe que ningún partido sea fundado sobre una base religiosa, así como cualquier mezcla entre el activismo político con la labor religiosa.

Este giro supone un paso más hacia no pretender estar en posesión de la verdad absoluta o de hablar en el nombre del islam. Separando lo misionero de lo político, Ennahda está abandonando de alguna manera el modelo clásico de los movimientos islámicos tradicionales, que se basan en asociar la religión con todos los aspectos de la vida. Por ello, Ennahda decidió centrarse más en la renovación interna que en el mantenimiento de los postulados religiosos. Con esta auto-renovación está respondiendo de forma objetiva a las dinámicas de la sociedad tunecina y de las fuerzas sociales y progresistas.

 

 

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