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El orientalismo, Palestina y la cobertura del islam

Tres de los libros de Edward Said están ahora de tanta actualidad como el día en que fueron publicados, hace casi 40 años: Orientalismo (1978), La cuestión de Palestina (1979) y Cubriendo el islam (1981). Constituyen la trilogía de Said centrada en la representación literaria y artística al servicio del imperio y de la desposesión colonial y en el papel de los medios de comunicación a la hora de moldear y de reproducir tropos orientalistas. Las contribuciones de Said suponen una fuente de valor incalculable para quien quiera que intente deconstruir los flujos y reflujos de acontecimientos y desarrollo en los mundos árabe y musulmán. Al mismo tiempo, los tres libros plantean una severa crítica a las políticas occidentales y al discurso público que cubre el “Oriente” como un lugar aislado y misterioso lleno de irracionalidad.

Si observamos los acontecimientos diarios en los mundos árabe y musulmán, es imposible comprender la cruda destrucción y el desvanecimiento de toda esperanza a los que se enfrentan una multitud de gentes; 1.400 millones, para ser más exactos. Los escritos de Said deconstruyen de forma intuitiva el prisma racializado a través del que miran los académicos, la prensa y los políticos occidentales para justificar su continua indiferencia ante las necesidades y el bienestar de los mundos árabe y musulmán.

La obra de Said proporcionó un nuevo marco y una historia más en profundidad de los actuales conflictos en la región, enfocando el papel desempeñado por el colonialismo a la hora de moldear la zona. Los acontecimientos que se desarrollan en la actualidad nos ofrecen una buena oportunidad de sacar a colación los puntos de vista de Said para comprender mejor las crisis que se están agudizando en los mundos árabe y musulmán. ¿Cuáles serían las respuestas y comentarios de Said ante los acontecimientos contemporáneos, y qué líneas de análisis seguiría? Es importante recordar que Orientalismo, Cubriendo el islam y La cuestión de Palestina surgieron durante y después de la Guerra Árabe-Israelí de 1973, de la Guerra Civil Libanesa y de la Revolución Iraní.

Por aquel entonces, los académicos y la prensa occidental se centraban en el momento, al igual que hacen ahora los practicantes contemporáneos del orientalismo que cubren los acontecimientos y la desintegración de Afganistán, Siria, Irak, Libia y Yemen sin examinar el largo camino que ha conducido hasta los conflictos presentes. Escriben e informan sobre estos temas como si estuvieran tratando con un laboratorio, en el que operasen de forma clínica para describir movimientos menores y mayores sin preguntarse nunca cómo, por qué, y cuáles son los estímulos internos e internos que causan esos movimientos en particular.

¿Qué diría Said de las masacres actuales, tanto las físicas como, casi más importante, la desfiguración mental disfrazada de investigación académica seria y de actividad intelectual? Aunque hayan pasado casi 40 años desde que Said publicara su monumental obra, en los que se han producido cientos, si no miles, de artículos, editoriales, conferencias y reportajes sobre lo que se suele llamar mundo árabe y musulmán, la élite política ha aprendido y aplicado mucho menos de lo que supuestamente ha sido estudiado.

La trilogía de la representación errónea sale a relucir en los comentaristas televisivos, en los académicos al servicio del imperio y en las élites políticas que desencadenan a diario una descarga de ofuscación y distorsiones, sensacionalizando los mundos árabe y musulmán. Películas y libros, así como el discurso público, han presentado en un nuevo envoltorio los tropos orientalistas y la distorsión para crear una nueva industria del entretenimiento islamófoba y racista que se alimenta de grandes dosis de figuras árabes y musulmanas en el papel del villano que amenaza la vida misma.

En los campos académicos ya existentes y en los de nueva formación, una plétora de intelectuales empotrados han ayudado a refinar y a producir la nueva cosecha de orientalistas que están decididos a documentar el tema árabe y musulmán de la mejor forma que se le ocurra, para a continuación ofrecer el destino manifiesto de llevar la civilización a los supuestos subhumanos. El foco que pone Said en el papel del intelectual es pertinente hoy día, ya que los académicos empotrados se están nutriendo del imperio gracias a las becas y proyectos enfocados al estudio de los exóticos temas árabes y musulmanes, para comprender su tendencia a la resistencia. De hecho, el papel del intelectual se ha visto erosionado con motivo de la usurpación del poder, del capitalismo y de los intereses de miras estrechas que hoy en día se hacen pasar por academia, lo que no es más que una forma refinada de sofismo y de preocupación por el acceso a los círculos del poder y por el ascenso en la jerarquía.

El imaginario orientalista aún captura la mente de más de uno de aquellos que en Occidente sueñan con la grandeza, y la continua intervención es necesaria para poder lanzar una campaña a pie que descubra, documente y civilice Oriente para los subhumanos. El histórico orientalista de Said ha producido una nueva cosecha más atrevida que emplea su epistemología ideológica y material del shock y el pavor para civilizar a los “bárbaros” que aguardan a las puertas de la civilización. El grotesco pensamiento binario en el que se basa el choque de civilizaciones ha encontrado una nueva forma de mantenerse con vida, y un cuadro de vendedores y vendedoras bien pulimentados se han subido al avión para incriminar, azuzar y envenenar el sentimiento público. Said escribió sobre el choque de la ignorancia en respuesta a la tesis inicial de Bernard Lewis y Samuel Huntigton, pero hoy sus ideas están impulsando las políticas de la élite e infectando el sentir público. La retórica del candidato a la presidencia de los EE.UU. Donald Trump es la versión cruda de los sofisticados catedráticos de la academia y del complejo industrial de think tanks orientalistas que regurgitan las mismas distorsiones desde un pasado distante.

Un tóxico y volátil cocktail orientalista se mezcla con la profunda e irrefrenable hostilidad dirigida hacia el “otro” y hacia cualquier cosa relacionada con el islam o los musulmanes. Además, los palestinos y Palestina son tratados con una animadversión total, conjugada con una completa indiferencia hacia sus vidas y bienestar, reflejando como ninguna otra cuestión la clave de la trilogía de Said. Desconcertantemente, un presidente de EE.UU. apoyado por sus socios de coalición europeos y por déspotas árabes invadió Irak, causando millones de muertes y una destrucción inimaginable, pero es el sujeto musulmán el que es presentado como el violento que debe explicar su propensión a la violencia. Los palestinos de Gaza son bombardeados por Israel a través de caprichosos ataques contra civiles e infraestructuras, pero el mundo se mantiene en silencio y recibe a Benjamin Netanyahu con la alfombra roja.

¿A quién deberíamos hacer responsable del caos actual y de la aparición de Daesh tras el colapso del estado soberano de Irak? ¿Quién debería asumir la responsabilidad por el actual sitio contra Gaza? Si la democracia es el sistema político deseado y defendido por orientalistas, sionistas e intelectuales empotrados, entonces por qué se le oponen en Egipto y en Túnez, y apoyan a aquellos en la región que quieren obstaculizar la marcha hacia la libertad, la dignidad y la justicia?

Said se sentiría atormentado por los sufrimientos de Palestina y por la destrucción de los palestinos en Gaza y Cisjordania. Denunciaría la total impotencia de la Autoridad Palestina, y lucharía para que no se olvidase la coordinación en materia de seguridad para proteger las colonias ilegales y a los colonos. Las circunstancias palestinas emergen directamente de las maquinaciones orientalistas y del constantemente presente fantasma del Acuerdo Sykes-Picot, que despedazó al Imperio Otomano para formar el mosaico actual de estados independientes gobernados por tristes remedos de líderes. Las élites árabes y musulmanas amamantadas por el colonialismo siguen tratando de chupar del metafórico pecho colonial, castigando a sus propias poblaciones y fomentando la guerra contra los estados vecinos para mantener engrasada a su costa la maquinaria militar-industrial global. Said se lamentaría de la cobardía de los intelectuales, de la vanidad de las élites políticas y de la arrogancia de los poderosos que hacen arder el mundo para lograr la riqueza y la dominación total.

 

Artículo de la Agencia Anadolu.

 

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