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Oriente Medio cerca de usted

El legado neo-con ha envenenado nuestra cultura política

Nos encontramos en un periodo profundamente ideológico. En tanto que el neoliberalismo tiene un impacto invasivo sobre la política económica, el neo-conservadurismo tiene un impacto igual, si no mayor, en la política, la cultura y la sociedad.
La ministra israelí de justicia Ayelet Shaked.
La ministra israelí de justicia Ayelet Shaked.

La elección de Malia Bouttatia como presidenta de la Unión Nacional de Estudiantes (NUS) ha sido, como poco, controvertida. Quienes la critican la han llamado simpatizante de Daesh, antisemita y racista. Estas acusaciones no son nuevas ni únicas para Boutattia, como sabrán todos los que hayan sido presa de los medios de comunicación de derechas o del lobby pro-israelí. La retórica biliosa y los ataques ad-hominem contra cualquiera que se oponga a Israel en público se han convertido en un lugar común; tanto que se han convertido en una característica destacada de nuestra sociedad y discurso público.

Esta semana le tocó el turno a la diputada laborista Naz Shah, que dimitió de su cargo de secretaria privada parlamentaria del responsable de Hacienda de la oposición, John McDonnell, por tuitear una imagen “antisemita” que comparaba el sionismo con Al-Qaeda. Entretanto, el Partido Laborista bajo Jeremy Corbyn ha sido acusado de “antisemitismo institucionalizado”, y diversas celebridades y artistas por todo el globo son calificados constantemente de antisemitas por mostrar solidaridad con los palestinos –entre ellos Roger Walters, Russel Brand y Zayn Malik-.

El aumento de la discriminación y el racismo en cualquiera de sus formas es preocupante. No cabe duda de que existen antisemitas verdaderos, que deben ser expuestos, pero normalmente no es el caso con la gente que es así acusado; la mayoría de los que expresan en público sus críticas a Israel no albergan ninguna antipatía hacia los judíos en sí. A pesar de ello, la censura de las críticas válidas hacia Israel a través del antisemitismo se ha convertido en una forma efectiva de silenciar a los críticos. La línea entre las críticas a Israel y a su ideología sionista, por un lado, y el antisemitismo, por el otro, se ha desdibujado a propósito, al igual que la línea entre Israel y su ocupación del territorio palestino. No significa que no haya relación –el sionismo se nutre gracias al antisemitismo- pero las críticas al primero no equivalen al segundo.

“Ocupación” ya no forma parte del vocabulario de la política israelí; los israelíes se refieren a la Cisjordania ocupada como “Judea y Samaria” y hablan de los “derechos históricos” del pueblo judío y de las “generosas concesiones” que ha hecho Israel (¿hay alguien capaz de nombrar por lo menos una de ellas?). Esto lo ilustra perfectamente  una reveladora entrevista  concedida por la ministra israelí de justicia, Ayelet Shaked. Esta política derechista del Partido del Hogar Judío se opone ferozmente a la existencia de un estado palestino y ha llamado  al genocidio de los palestinos. Pertenece a un grupo de voz poderosa –en el que se incluye el actual primer ministro Binyamin Netanyahu-, que quiere hacer desaparecer la ocupación del discurso político.

Claro que esto no es nada nuevo, e Israel lo está haciendo a diario a través de la destrucción de la Palestina histórica. Tras haber forzado a los palestinos a ceder el 78% de su territorio a través del proceso de Oslo, el 22% restante, sobre el que supuestamente debería formarse un estado palestino, está siendo ocupado a través de los asentamientos ilegales, metro por metro. En todo este proceso, Israel quiere tenerlo todo: quiere poseer toda Palestina sin ser una “fuerza ocupante” y quiere seguir llamándose democracia.

El territorio ocupado y el Israel “adecuado” se han convertido, de hecho, en una misma cosa. Esto no es algo que haya ocurrido de forma fortuita; es el resultado de una estrategia clara para “transcender el conflicto palestino-israelí” con el fin de trasladar el epicentro de la zona regional de conflicto. La última coletilla con la que se responde a los críticos es que “la ocupación israelí es el menor de los problemas que hay ahora mismo en Oriente Medio”. Independientemente de que sea o no cierto, apuntar a un problema diferente no resuelve el problema del que estamos hablando, en particular si dura ya casi 70 años. A pesar de este hecho, las críticas a las brutales políticas israelíes contra los palestinos en los territorios ocupados, en medio del caos que es actualmente Oriente Medio, son vistas como un factor determinante de “antisemitismo”. Esto permite a Israel escabullirse, literalmente, tras cometer asesinato; está por encima de cualquier crítica y por ello puede actuar con impunidad.

En gran medida, todo esto se debe a la polarización de la sociedad y de la política en un mundo modelado por las políticas neo-conservadoras. Como ya señalaran otros, las ideologías dominantes que modelan nuestras vidas son opacas. Su poder “procede de su habilidad de operar sin ser nombradas”. Las sociedades han de soportar la carga de la austeridad, las economías colapsan, el militarismo está en auge, hay regímenes que son derrocados y estados que caen colapsados, pero la causa que hay detrás de todo esto y más suele permanecer oculta y no se habla de ella. “El neoliberalismo [y yo añadiría el neo-conservadurismo] se han vuelto tan invasivos que en rara ocasión lo reconocemos incluso como ideología,” escribía recientemente en The Guardian George Monbiot. El mundo es como es, y cualquier otra cosa es simplemente una fantasía ideológica.

Ya con anterioridad escribí  que “ideología” es una palabra sucia; es social y políticamente tóxica. Las acusaciones de poseer una “motivación ideológica” son lanzadas contra los oponentes para desacreditar sus afirmaciones. La ortodoxia política moderna es profundamente suspicaz ante todo aquello que sugiera ideología. Vivimos en un “mundo post-ideológico”, en el “fin de la historia”, un extraño momento en el que la ideología está muerta y enterrada. Los estados “progresistas”, nos hacen creer, no están implicados en la difusión de una ideología; su papel es proteger el bienestar humano, la prosperidad social, la paz y la estabilidad y promover “lo racional”.

Esto, sencillamente, no es verdad. Nos encontramos en un periodo profundamente ideológico. En tanto que el neoliberalismo tiene un impacto invasivo sobre la política económica, el neo-conservadurismo tiene un impacto igual, si no mayor, en la política, la cultura y la sociedad. Quizá sus elementos más potentes estén en EE.UU., pero desde el inicio de la “guerra contra el terror” en 2001 se ha producido una paulatina migración de sus perniciosas políticas hacia Reino Unido y Europa.

 Supuestos anti-extremistas nos machacan con una “conspiración islámica mundial” para minar las democracias occidentales; constantemente hacen referencia a un movimiento social internacional, con “ideas”, “narrativas”, “símbolos” y “líderes” muy definidos en favor de la “insurgencia yihadista mundial”. Políticos y comentaristas de derechas hacen propaganda de teorías desacreditadas sobre terrorismo, echando leña al fuego del miedo y la intolerancia. Esto no ocurre por accidente, sino que es el resultado de años de esfuerzo por parte de movimientos sociales y políticos que, a pesar de sus diferencias políticas, han encontrado una causa común en la “protección de la civilización occidental” contra el islamismo, el islam, los yihadistas, los terroristas musulmanes, o cualquier otra designación que sirva a sus propósitos propagandísticos en ese momento.

Lo que olvidan mencionar es que son movimientos políticos y sociales igual o más de potentes los que están en la raíz de nuestros problemas actuales. Es posible que una conspiración internacional yihadista sea responsable de actos brutales de terrorismo, pero, ¿se la puede comparar razonablemente con la instabilidad creada por la política económica neoliberal, el desequilibrio social promovido por una extrema derecha militarista y el mantra del choque de civilizaciones que está conduciendo a un cisma masivo entre comunidades? No solamente están volviendo a las personas de diferente fé y cultura las unas contra las otras, sino que también están dividiendo a la sociedad a lo largo de otras fallas, la más seria de las cuales es la que divide a ricos y pobres.

El neo-conservadurismo, además, tiene ideas, narrativas, símbolos y líderes definidos. Las ideas racistas sobre los musulmanes sostienen la narrativa de que occidente se enfrenta con una religión medieval en lo que supone un choque de civilizaciones. Esta narrativa es diseminada a través de la propaganda y reforzada con el uso de símbolos, por unos líderes que suelen proceder de la extrema derecha o de la extrema izquierda. ¿Quién habría pensado que alguien del estilo de Christopher Hitchens –otrora un campeón de la izquierda- se convertiría un día en alma gemela del neo-conservador de extrema derecha Richard Perle o del cristiano evangélico Jerry Falwell en su manera de jalear el imperialismo estadounidense?

Si alguna vez hicieron falta pruebas para la teoría política de la herradura, las tenemos en el regalo neo-conservador de la “guerra contra el terror”. Secciones extremas de ambos lados del espectro político se han fusionado en su feroz odio común hacia el islam. El resultado final ha sido desastroso: la política local se ha globalizado y los conflictos extranjeros se han indigenizado, creando una realidad hostil y suspicaz hacia los musulmanes y hacia cualquiera que critique a Israel.

Los neo-conservadores promueven el neoliberalismo. Uno de sus principales artículos de fe es que el poder americano es benevolente y actúa a favor del bien en el mundo. Incluso ahora, los principales ideólogos neoconservadores como Tony Blair y Dick Cheney siguen creyendo que su invasión de Irak en 2003 fue algo positivo, aún cuando admiten que su plan para la reconstrucción fracasó. El eje de su doctrina política está, sin embargo, en el estado sionista de Israel. “El apoyo a Israel es un dogma clave del neo-conservadurismo,” aducen los profesores John Mearsheimer y Stephen Walt en su fascinante exposición de “El lobby israelí y la política exterior de EE.UU.” (2007).

Durante décadas, los neo-conservadores han estado presionando para lo llaman una “rupture clara” con las políticas del pasado, para impulsar a Oriente Medio, y en particular a Israel, hacia una nueva ruta que se aleja de sus obligaciones bajo los Acuerdos de Oslo y bajo la ley internacional. Ésta es la hoja de ruta de un think tank israelí, el Instituto de Estudios Políticos y Estratégicos avanzados.

“Transcender el conflicto árabe-israelí” y “emplear cualquier energía disponible para reconstruir el sionismo” son los dogmas clave de su nueva visión para Oriente Medio, que también promueve la “balcanización” de la región, desencadenada por la invasión occidental de Irak. “En sus ojos, Irak,” escribe Brian Whitaker, “es sólo el punto de partida, el ‘pivote táctico’ desde el que remodelar Oriente Medio en base a las líneas israelo-americanas”. De manera ominosa, también decidieron que “el desorden y el caos que barren la región no serían un efecto secundario desafortunado de la guerra con Irak, sino un signo de que todo marcha conforme al plan”.

¿Cuál es el objetivo de todo este caos y confusión? La emergencia de un “nuevo Oriente Medio” que se adecúe a la seguridad y a los interese de Israel. “Lo que realmente anima a los neo-conservadores es la preservación de Israel,” dicen Mearsheimer y Walt. “Es lo que está en la base de todo”..

Hace tiempo que Israel es una cuestión hipersensible de la política estadounidense. Puede que en el pasado la política británica no fuera similar a la americana en su defensa refleja de Israel, pero éste ya no es el caso. Al igual que el poderoso American Israel Public Affairs Council (AIPAC), vinculado a la difusión de la agenda neo-con y de la seguridad de Israel por encima de todo lo demás, hay una proliferación de grupos de presión pro-Israel en Inglaterra que defienden políticas igual de divisivas, centradas en el estado sionista. Las organizaciones del estilo de BICOM, de la Sociedad Henry Jackson y de los Amigos Conservadores de Israel, ayudadas y instigadas por una prensa de derechas, vigilan todo lo que se dice sobre Israel en el domino público.

Como demuestran los autores de este informe en Spinwatch, existe una profunda “integración entre el lobby israelí en el Reino Unido y el estado israelí”. También apuntan que “BICOM mantiene relaciones directas con Israel a través de una serie de think tanks y en particular de instituciones que pertenecen a lo que denominamos ‘sionismo neoliberal’.” Los autores también afirman que estas instituciones han hecho un “uso cínico de la historia [judía] para ensuciar a los críticos de Israel”.

Puede que la edad dorada del neo-conservadurismo haya pasado, pero su impacto permanece con nosotros. Ha instigado el “choque de civilizaciones”, ha envenenado nuestra sociedad y desplazado nuestra cultura política hacia la derecha, promoviendo el miedo, los prejuicios y la intolerancia. Naz Shah y Malia Bouttatia han sido quienes han sentido sus efectos más recientemente, pero no serán las últimas.

 

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