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El caso perdido de Kais Saied

Una fotografía de una pantalla de televisión tomada en Túnez, el 20 de septiembre de 2021, muestra al presidente de Túnez, Kais Saied [FETHI BELAID/AFP vía Getty Images].

El presidente tunecino Kais Saied es una persona incomprensible. Es conservador en su forma de pensar, pero revolucionario en sus prácticas frente a la corrupción y los corruptos. Cuando habla, recurre a referencias islámicas tradicionales, pero desde que llegó al cargo, ha demonizado a los islamistas y los ha convertido en blanco de sus ataques. Se pone del lado de la Primavera Árabe cuando habla de las condiciones sociales de la gente, y cuando les recuerda quiénes son los causantes de su pobreza y miseria, pero está en contra de la Primavera Árabe y de sus consignas cuando se trata de la libertad de expresión de la gente y de su derecho a protestar. Es un dictador en sus acciones y decisiones, pero también un demócrata que respeta la constitución y la ley en sus declaraciones; es un salvador, un dictador y un tirano al mismo tiempo.

Saied es sencillo cuando piensa o propone ideas y misterioso cuando calla o frunce el ceño. No duda en expresar su respeto por la Constitución, pero no duda en tomar decisiones y firmar decretos que no tienen nada que ver con el espíritu de la Constitución, ¡que jura respetar y aplicar!

El caso de Kais Saied exige un análisis psicológico más que político. Saied es un ser político extraño, a la vez atípico y tradicional, que se encierra en una caja de rompecabezas difícil de descifrar. Él es la autoridad y el Estado, y ambos se encarnan en el ego inflado de un presidente que camina por la senda del rey francés Luis XIV, que solía decir: "Yo soy el Estado y el Estado soy yo".

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Saied se otorga cada día poderes extraordinarios. Con cada decisión se aleja de la Constitución y acerca a Túnez a la vuelta a ser gobernado por una dictadura anónima. Es un presidente elegido democráticamente y, sin embargo, gobierna mediante un decreto firmado por él mismo para asumir todos los poderes ejecutivos y legislativos; incluso ha querido hacerse con el poder judicial y nombrarse a sí mismo jefe de la fiscalía. Desde su decisión de disolver el parlamento y el gobierno en julio, quedó claro que su planteamiento no era reformista, ni mucho menos democrático. Desde que anunció su golpe de Estado constitucional, ha conducido a su país hacia una dictadura populista, miserable y demagógica. Él, como dicen los tunecinos, ha liderado el peor golpe de Estado, y fracasará al establecer la peor dictadura.

Saied es el producto de la chocante contradicción entre la democracia sobre el papel, establecida por la revolución de 2011 y alabada por el mundo, y las difíciles realidades de la vida que llevan los tunecinos a causa de la pobreza, la corrupción rampante y el desempleo. Diez años después de la revolución, los tunecinos, claramente decepcionados por los efectos negativos que tuvo en sus vidas y las condiciones resultantes, decidieron dar sus votos a un don nadie; un oscuro profesor al que nunca se escuchó defender la democracia durante la época de la dictadura de Ben Ali. Ahora, quiere imponerse como el único que responde a los deseos del pueblo y el portavoz oficial de su voluntad. Para ello, no sólo se deshace del legado de la revolución tunecina, sino que desmantela los cimientos del Estado tunecino como único país en el que la revolución de la Primavera Árabe escapó a los vientos de las contrarrevoluciones.

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Han pasado dos años desde que Saied fue nombrado presidente y cada día se afianza en el poder y formaliza su golpe de Estado dictando resoluciones y decretos excepcionales que aumentan sus poderes. Tras dos meses de confusión y caos, los tunecinos se despertaron ante el peligro de volver a una dictadura que comenzó a filtrarse en su país a través de decretos promulgados a altas horas de la noche, por lo que decidieron enfrentarse a esta tiranía tomando las calles. Incluso la clase política, que ha sido cauta en sus críticas a la dictadura de Saied durante los dos últimos meses, se dio cuenta de que ha perdido su credibilidad a los ojos de una gran mayoría de ciudadanos y empezó a alzar la voz, denunciando la desviación que devolvería al país a la época prerrevolucionaria.

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Hoy, Túnez se encuentra en una importante encrucijada: Puede derivar hacia la opresión y la tiranía e instaurar una de las peores dictaduras, aceptándola como el mal menor que le habría tocado si hubiera continuado la política de despropósitos y corrupción que ha caracterizado los últimos diez años, O bien, puede optar por corregir el camino que lleva antes de que sea demasiado tarde, y establecer un nuevo sistema que sea más eficaz, preserve el pluralismo y las libertades básicas y garantice al pueblo el derecho al desarrollo económico y la justicia social.

Ante la crisis política y económica del país, las tunecinas y los tunecinos no pueden permitirse el lujo de esperar el cumplimiento de las vagas y turbulentas promesas de su presidente, que sigue dando vueltas en busca de una salida a la situación en la que se ha metido él mismo y el Estado. El camino a la dictadura, como el camino al infierno, está empedrado de buenas intenciones. No basta con que el presidente Saied diga que respeta la Constitución, aplica la ley y lucha contra la corrupción. Los Estados fuertes no se basan en el gobierno de un individuo, aunque tenga un carácter fuerte, o más bien un falso carisma. El Estado es un conjunto de instituciones, y éstas deben ser del pueblo y para el pueblo, representándolo y defendiendo sus derechos. El mayor desafío, de hecho, en Túnez o en el extranjero, es el futuro de la transformación democrática tunecina, que debe ser salvada. De lo contrario, las contrarrevoluciones declararán su victoria, y con ella llorarán la muerte de la democracia en la región árabe.

Este artículo apareció por primera vez en árabe en Al-Araby Al-Jadid el 29 de septiembre de 2021

Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen al autor y no reflejan necesariamente la política editorial de Monitor de Oriente.

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