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La lucha por la identidad de Túnez está en el centro de la crisis actual

El presidente de Túnez, Kais Saied, en Bruselas, Bélgica, el 4 de junio de 2021. [Dursun Aydemir - Agencia Anadolu]

Cuando el presidente de Túnez, Kais Saied, asumió los poderes ejecutivos el 25 de julio, el antiguo profesor de derecho constitucional justificó su acción señalando el fracaso de los sucesivos gobiernos debido a las disputas políticas que han paralizado el país. Un parlamento dividido desde que fue elegido en 2019 imposibilitó al gobierno el desempeño de sus funciones.

La destitución del primer ministro y del gobierno por parte de Saied, la suspensión del parlamento y la toma de posesión de la fiscalía fueron instantáneamente populares entre los tunecinos que pagan el precio de la crisis política. La agitación política, la corrupción y la mala gestión de la economía, agravadas por el aumento de la pandemia del Covid-19, empeoraron aún más la situación de los tunecinos de a pie.

Miles de personas salieron a la calle en apoyo del presidente. Sin embargo, a medida que la euforia se aleja, han empezado a surgir preguntas sobre qué tipo de plan tiene, si es que tiene alguno, para que el país supere su difícil transición y vuelva a la vida democrática, en la que las urnas sean el árbitro de las diferentes opiniones políticas.

Básicamente, el estancamiento de la economía tunecina está en el epicentro de lo que ocurre desde hace una década. El país está casi en bancarrota.

El turismo es un sector económico importante, pero ha caído durante la pandemia mundial, privando a decenas de miles de personas de su única fuente de ingresos y sumándolas a las largas colas del paro en todo el país. Se calcula que la tasa de desempleo se sitúa en torno al 17% del total de la población activa, cifra que se eleva a cerca del 43% entre los jóvenes tunecinos en un país donde la edad media es de 32 años.

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Aunque Saied ha asegurado a la opinión pública que sus medidas son sólo temporales y que se restablecerá la vida democrática normal, todavía no ha revelado ninguna hoja de ruta viable ni ha creado un gobierno para gestionar la transición de vuelta a la democracia, como prometió. Muchos tunecinos creen que el presidente tenía todo el derecho a tomar medidas tan severas dado el caos político del país.

Desde 2011, Túnez ha tenido nueve gobiernos y cinco presidentes. De media, cada gobierno ha durado un año, ya que el país norteafricano, antaño estable, ha sufrido las repercusiones de la revuelta que derribó al longevo presidente Zine El Abidine Ben Ali en enero de 2011. De hecho, el levantamiento de 2011 cambió fundamentalmente el panorama político, transformándolo de un sistema presidencial a una democracia parlamentaria en la que el primer ministro, y no el presidente, tiene más poderes ejecutivos que tocan directamente la vida de la gente. El presidente pasó a ser más bien una figura ceremonial sin ningún control sobre las políticas del gobierno, algo ajeno para muchos tunecinos.

No es un detalle menor en un país que ha sido dirigido por fuertes presidentes desde su independencia en 1956. Antes de 2011, el Túnez independiente era gobernado por presidentes con poderes casi absolutos, lo que hizo que el primero, Habib Burguiba, se convirtiera en una figura paterna para toda la nación. Bourguiba moldeó Túnez según un modelo francófono de laicismo. Al mismo tiempo, era el árbitro entre los diferentes actores políticos y sociales, y su palabra era definitiva. No toleraba ningún tipo de disidencia social u oposición política.

Al Presidente Bourguiba se le atribuye la creación de sólidas instituciones gubernamentales y exitosos sistemas de educación y sanidad, así como el empoderamiento de la mujer, lo que hizo que Túnez fuera muy respetado en la escena mundial. Sin embargo, sus políticas sociales y de seguridad de mano dura llevaron a todas las formas de oposición a la clandestinidad, y muchos políticos que vivían en el exilio conspiraron no sólo para poner fin a su era, sino también para abolir las mismas ideas que él apreciaba y a las que culpaban de convertir a Túnez en un protectorado francés a pesar de sus décadas de independencia. También le culpaban de marginar la herencia árabe-islámica del país. Por debajo de todo esto, los conflictos sociales y religiosos se cocinaban a fuego lento, esperando el momento adecuado para salir a la luz pública.

Ese momento llegó en 2011, con una revolución popular que derrocó al sucesor de Burguiba, Ben Ali. Pero ese terremoto político y sus repercusiones regionales no pusieron fin al examen de conciencia en Túnez y a la lucha por su identidad nacional.

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El estancamiento económico que está en el centro de la crisis actual es un síntoma de problemas sociales más profundos, como la batalla que se libra desde hace tiempo sobre el alma, la identidad y el futuro de Túnez. Han surgido dos bandos distintos. Uno apoya las ideas que Bourguiba acariciaba, como el laicismo con una identidad francófona ligada a la antigua potencia colonial. El otro ve a Túnez como un Estado árabe-musulmán definido por su herencia y su larga historia anterior a la ocupación francesa. Sus partidarios señalan que Túnez fue durante siglos un centro de la ilustración árabe-islámica que vio cómo la mezquita Al-Zaytuna de Túnez desempeñaba un papel tan importante como cualquier otra institución educativa como Al-Azhar en Egipto, por ejemplo. También creen que el islam y la identidad árabe fueron los motores de la oposición a la ocupación francesa. No obstante, los actores políticos pueden haber cambiado en muchos aspectos desde la independencia, pero hasta la salida de Ben Ali hace más de una década era el bloque francófono el que dominaba la administración pública, la burocracia gubernamental y la dirección política de Túnez e imponía su visión del país.

Cuando terminó la era represiva de Ben Ali y se abrió el panorama político, surgieron estos dos bandos y se redibujaron las líneas de batalla. Mientras que el Presidente Saied es visto por muchos como un nacionalista con una fuerte identidad árabe, otros lo ven simplemente como otra extensión del bloque francófono que se hace pasar por nacionalista. El movimiento islamista Ennahda, por su parte, es visto como la fuerza motriz que contrarresta la tendencia francófona.

El actual retroceso terminará y es posible que se celebren nuevas elecciones dentro de uno o dos años, pero esto no pondrá fin a la crisis de identidad que sufre Túnez desde hace décadas, agravada por las dificultades económicas. Los gobiernos elegidos democráticamente pueden ser magníficos en cuanto a la gestión de los asuntos del Estado, pero no tienen tanto éxito cuando se trata de conciliar dos visiones opuestas para el futuro de Túnez.

Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen al autor y no reflejan necesariamente la política editorial de Monitor de Oriente.

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