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Recordando el inicio de la revolución siria

Tres días después del comienzo de las manifestaciones, el presidente sirio Bashar Al-Assad ordenó a los militares que atacaran a los civiles que protestaran.

 

En marzo de 2011, mientras las protestas antigubernamentales se extendían por Oriente Medio, los sirios pidieron pacíficamente un cambio político tras décadas de gobierno autocrático. Al principio, las manifestaciones en Siria fueron modestas, pero después de que las fuerzas de seguridad secuestraran y torturaran a 15 niños en Daraa por escribir grafitis en algunos muros, se multiplicaron y se extendieron a casi todas las ciudades importantes del país. A los tres días de las manifestaciones, el presidente sirio Bashar Al-Assad ordenó al ejército que atacara a los manifestantes, arrastrando al país a una guerra civil que se ha cobrado la vida de más de 600.000 personas, ha dado lugar a la creación de Daesh y ha provocado intervenciones internacionales. A medida que la violencia empieza a remitir, las esperanzas de los revolucionarios sirios penden de un hilo.

 

Qué: El inicio de la revolución siria

Dónde: Ciudades de toda Siria

Cuándo: 15 de marzo de 2011

 

¿Qué ocurrió?

Tras el éxito de las revoluciones en Túnez y Egipto, a principios de 2011 las protestas se apoderaron de la mayor parte del mundo árabe. Inspirados por lo que veían en la televisión, en la provincia meridional siria de Daraa, un grupo de escolares escribió en un muro consignas a favor de la revolución: "El pueblo quiere la caída del régimen".

La policía secreta local detuvo a 15 niños de entre 10 y 15 años, y los puso bajo el control del general Atef Najeeb, primo del presidente Bashar Al-Assad. Los chicos fueron golpeados, electrocutados, quemados y se les arrancaron las uñas, lo que provocó importantes disturbios el 15 de marzo. Tres días después, las fuerzas de seguridad abrieron fuego contra los manifestantes, matando a tres e hiriendo a decenas más. La brutal represión se intensificó en las semanas siguientes; el 23 de marzo, la mezquita Al-Omari de Daraa, que había sido un refugio para los heridos, fue asaltada por las fuerzas especiales y murieron cinco personas. Semanas más tarde, en la ciudad de Douma, se disparó contra un funeral en el que los dolientes se reunían para enterrar a los manifestantes asesinados días antes.

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El 25 de marzo, las protestas se habían extendido por todo el país. Las fuerzas de seguridad fueron enviadas para responder; no sólo utilizaron cañones de agua y gases lacrimógenos, sino que también golpearon a los manifestantes y dispararon munición real. Miles de personas fueron detenidas y acusadas de cometer actos violentos, a pesar de que muchos de los manifestantes llevaban flores para mostrar su intención pacífica. En las concentraciones se pedían reformas políticas y económicas y el fin del estado de excepción que duraba 50 años en el país, así como la liberación de los presos políticos y el levantamiento de las restricciones que habían exiliado a los sirios pertenecientes a la Hermandad Musulmana.

Mientras aumentaban las operaciones militares contra la población civil, el 29 de julio de 2011, un grupo de oficiales del ejército que habían desertado del régimen anunció la creación del Ejército Sirio Libre (ESL), con el objetivo de desalojar del poder al presidente Assad.

Mientras las fuerzas gubernamentales seguían lanzando ataques contra los manifestantes en todo el país, el ELS crecía en número y tomaba represalias atacando bases del ejército y cuarteles de inteligencia. En julio de 2012, el Comité Internacional de la Cruz Roja declaró que los combates se habían extendido tanto que debían considerarse una guerra civil.

¿Qué ocurrió después?

La guerra se intensificó considerablemente en 2012, cuando el acuerdo de alto el fuego mediado por el entonces secretario general de la ONU, Ban Ki-moon, se vino abajo tras la masacre de más de 100 personas en la ciudad de Homs a manos de las fuerzas gubernamentales. Los combatientes del ELS lanzaron ofensivas contra las fuerzas gubernamentales y los grupos islamistas armados pasaron a primer plano. Las Unidades de Protección del Pueblo Kurdo (YPG) también se movilizaron para expulsar al régimen de la gobernación de Hasakah, rica en petróleo, tras semanas de combates. La violencia se intensificó aún más en 2013, siendo uno de los años más sangrientos del conflicto; según el Centro de Observación de los Derechos Humanos de Siria, murieron más de 73.000 personas.

La rehabilitación de Assad - Caricatura [AlArabi21News]

En 2014, la guerra civil siria vivió uno de sus momentos más definitorios con el anuncio de la creación del llamado Estado Islámico de Irak y Siria, conocido por su acrónimo árabe Daesh. En su punto álgido, el grupo controlaba un tercio de Irak y Siria; atacaba al régimen de Assad y a las fuerzas revolucionarias, cometía ejecuciones extrajudiciales y limpiezas étnicas, y esclavizaba a las minorías religiosas. La declaración provocó una mayor implicación mundial en el conflicto, y Estados Unidos lideró una coalición internacional para erradicar a Daesh en Siria e Irak.

En 2015, la guerra dio un nuevo giro cuando Assad consiguió la ayuda de Rusia para hacer retroceder a los militantes del Daesh y a las fuerzas revolucionarias. Los ataques aéreos rusos han sido citados como una de las principales razones para que la marea cambie a favor del gobierno. En 2016, Alepo fue reconquistada por el régimen tras años de un asedio agobiante y meses de bombardeos rusos.

Los ataques químicos también han sido una característica de las operaciones del gobierno sirio contra los civiles. En abril de 2017 lanzó uno de sus ataques más mortíferos contra la ciudad de Khan Sheikhoun, matando al menos a 80 personas e hiriendo a unas 600. El incidente provocó ataques aéreos ordenados por el recién elegido presidente de Estados Unidos, Donald Trump, contra los depósitos de almacenamiento de productos químicos del régimen; Washington también impuso sanciones al Centro de Estudios e Investigación Científica de Siria por su papel en la producción de armas químicas.

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Ese mismo año, Rusia, Irán y Turquía iniciaron el proceso de Astana con el objetivo de reducir la violencia y crear un marco para trabajar hacia una solución política. En mayo de 2017, los tres países y los representantes del régimen y la oposición acordaron crear "zonas de desescalada" en cuatro bastiones rebeldes clave de Siria. Aunque el alto el fuego se mantuvo en un principio, a finales de año el gobierno había llevado a cabo varias campañas militares contra los territorios de la oposición y en 2018 asedió y reconquistó Homs, Ghouta y Daraa, dejando a Idlib como el último bastión revolucionario.

Mientras tanto, las frustraciones turcas por el respaldo de Estados Unidos a los grupos kurdos en Siria aliados, según Turquía, con grupos terroristas proscritos llegaron a un punto álgido tras un referéndum en el Kurdistán iraquí, y los grupos kurdos en Siria pidieron una autonomía similar. En 2018, Ankara emprendió una ofensiva terrestre contra las YPG como parte de la "Operación Rama de Olivo", asegurando Afrin y las áreas del norte al oeste del río Éufrates. Turquía ha expresado su deseo de avanzar más hacia el oeste, hacia Manbij, una medida que ha sido rechazada por los grupos kurdos y sus apoyos occidentales.

En los últimos meses, Estados Unidos se ha centrado en el último territorio controlado por el Daesh en la provincia oriental de Deir Ez-Zor, reduciendo la presencia del grupo a una pequeña ciudad de Baghouz. Con el fin inminente de la operación, el destino de los miles de combatientes y sus familias ha resultado ser cada vez más controvertido para los países de todo el mundo cuyos nacionales fueron a Siria en apoyo del grupo extremista.

Niños heridos son llevados al hospital tras el ataque del régimen de Assad a Idlib, Siria, el 16 de febrero de 2019 [Enes Diyab/Anadolu Agency].

Con el gobierno sirio de nuevo en control de alrededor del 60% del país, el presidente Assad se movilizó en septiembre para lanzar una ofensiva sobre el último bastión de la oposición, Idlib. Sin embargo, sus planes se detuvieron después de que Rusia y Turquía firmaran un acuerdo de desmilitarización en Sochi, con patrullas conjuntas en la frontera. Sin embargo, los ataques aéreos en la campiña de Hama y la zona rural de Idlib han continuado; alrededor de 100 personas han muerto en las campañas de bombardeo desde que se firmó el acuerdo.

A pesar de este revés, con la disminución de la violencia, el régimen de Assad ha querido presentarse como vencedor del conflicto, reuniéndose con los líderes regionales y expresando el deseo del presidente de que Siria sea readmitida en la Liga Árabe. Assad también ha pedido a los refugiados que vuelvan a casa, a pesar de las continuas denuncias de represalias contra los partidarios de la revolución, con cientos de personas que se enfrentan a detenciones arbitrarias, reclutamiento forzoso y embargo de sus propiedades.

Sin embargo, los sirios de dentro y fuera de su país insisten en que no aceptarán una paz fea, y han pedido, en cambio, que la comunidad internacional pida cuentas a Bashar Al-Assad. Con unos 14.000 sirios muertos en prisión y otros 82.000 "desaparecidos", así como seis millones de refugiados fuera del país, existen multitud de pruebas que demuestran que el gobierno de Damasco ha cometido crímenes de guerra con, al parecer, impunidad. Sin embargo, mientras la gente de todo el mundo conmemora el octavo aniversario de la revolución, el sueño de justicia y libertad sigue vivo.

Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen al autor y no reflejan necesariamente la política editorial de Monitor de Oriente.

 

 

 

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