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Los retos que enfrenta Oriente Medio para frenar el coronavirus

Por Susana Mangana

La pandemia provocada por el covid-19 se ha ensañado con Italia, Europa y Estados Unidos, además de China, el país donde se originó el virus. Tras cuatro meses desde que el mundo supiera de la existencia del coronavirus en Wuhan, provincia de Hubei en China, su propagación afecta ya a todos los países, desarrollados y otros en vías de desarrollo y en todos los continentes.

Por ello, es interesante reflexionar sobre los impactos que la pandemia provoca en distintas regiones, aunque las cifras de contagiados y muertos no sean tan elevadas como en Europa. Oriente Medio registraba hasta el domingo 5 de abril, 74.670 contagios y 3.779 muertos. Visto así, en una población de 350 millones de personas es un número bajo, por más que la muerte de un solo individuo sea siempre lamentable.

¿Será acaso que los países de Medio Oriente no están realizando suficientes test? ¿es factible esperar que países inmersos en conflictos internos y sujetos a crisis económicas y desequilibrios estructurales puedan atender a los enfermos por coronavirus?

Pues bien, a modo de reflexión general y en aras de describir un escenario plausible arriesgamos la siguiente opinión. La inmensa mayoría de países clasificados como de Oriente Medio no cuentan con una estructura estatal sólida como para monitorear la emergencia sanitaria. Incluso en aquellos con un presupuesto más abultado, producto de la explotación del crudo, las monarquías árabes del Golfo Pérsico, por ejemplo, existen profundas diferencias entre los ciudadanos nativos y los trabajadores extranjeros que componen la fuerza laboral de Kuwait, Emiratos Árabes Unidos o Qatar.

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¿Cómo imponer una cuarentena o exhortar al confinamiento domiciliario en países que no cuentan con políticas sociales compensatorias como sí existen en Europa o incluso en Latinoamérica? Me refiero a ayudas sociales para los más vulnerables de la población; canastas alimentarias, bonos para comprar artículos de primera necesidad, aplazamiento de desalojos, prohibición de despidos, y una batería de medidas diseñadas para evitar que estas personas se sumen cada vez más en la pobreza extrema.

Pensemos en Egipto con 105 millones de almas, ¿acaso podemos imaginar cómo se puede evitar el contacto entre ciudadanos en ciudades densamente pobladas como El Cairo o Alejandría? Muchos egipcios dependen de un jornal y del trabajo en una economía sumergida que les exige salir a diario y ocupar la calle, a la espera de una venta casual o alguien que contrate sus servicios.

Si los hospitales italianos y españoles se ven desbordados ante la cantidad de enfermos y aquejados por el coronavirus, es posible imaginar el caos que la pandemia puede provocar en los centros de salud de Egipto, un país cuya economía se ha visto fuertemente debilitada tras las revueltas de 2011 y dependiente de la ayuda financiera extranjera, provenga esta de Estados Unidos o de sus aliados árabes en el Golfo Pérsico.

Siria y Yemen siguen librando una guerra de desgaste que ha dividido a la sociedad y a los gobiernos, fragmentando al Estado en múltiples actores, opuestos entre sí. Nada hace pensar que la pandemia los haga unirse y superar sus diferencias en aras del bien común, tras largos años de conflicto, nueve en el caso sirio, y cinco en el yemení. En ambas naciones reina hoy una tensa calma impuesta por la pandemia. Allí el lenguaje belicista ya estaba instalado de antes de la llegada del virus. “Sin novedad en el frente” o “la lucha contra el enemigo” son frases que llueven sobre mojado. Contrario a lo que sucede en naciones desarrolladas donde la cuarentena se sobrelleva con una sobredosis de películas, documentales, libros -especialmente ahora que sobra el tiempo que antes escaseaba- pedido de alimentos a domicilio y un sinfín de servicios para hacer más ameno el confinamiento, ¡incluso misas a través de streaming en esta atípica Semana Santa! En muchas ciudades de Siria y aldeas de Yemen hace muchos años que los almacenes quedaron desabastecidos y los cafés o restaurantes, así como otros lugares de ocio, cerraron.

Irán, el país de Medio Oriente que registra los mayores niveles de contagio y de víctimas mortales por coronavirus, vive la crisis bajo la presión del aislamiento internacional y las sanciones estadounidenses. Y al igual que sucede en Rusia, son muchos los ciudadanos iraníes que siguen cuestionando a su gobierno por el gasto superfluo de mantener una guerra interminable en Siria, país en el que la nación persa apoya al régimen de Bashar Al Asad y une sus fuerzas a las de Moscú.

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Tanto Rusia como Arabia saudí, ven trastocados sus planes de hegemonía en Oriente Medio por efecto del coronavirus. El desplome en el precio del petróleo, sumado a la guerra por la producción entre ambas naciones petroleras, se está cobrando factura al impactar fuertemente en sus economías. La caída en la exportación del crudo y el desgaste que supone para las arcas del Estado ruso y saudí, el mantenimiento de la guerra en Siria y Yemen, pueden obligar tanto a Putin como a la casa real saudí, a abandonar ciertas veleidades geopolíticas a nivel regional.

Asimismo, el coronavirus desplaza el foco de otros conflictos enquistados como el de Palestina o Argelia, donde sólo el miedo a la pandemia provocó el desalojo voluntario de los ciudadanos argelinos de las calles de las principales ciudades del país magrebí. El miedo disciplina, ya se sabe.

Sin duda, las tensiones sociales, económicas y políticas que motivaron durante los últimos nueve años episodios de efervescencia de la sociedad civil en el mundo árabe e islámico, desde el norte de África hasta la Península arábiga, siguen latentes. Un escenario de incertidumbre mundial, en el que la recesión económica ya se hace sentir, no es un buen augurio para Medio Oriente.

La esperanza, un valor muy cultivado por todos los credos que cohabitan en aquella región, puede contener, por un tiempo al menos, el estallido social. Los más racionales quizá apuesten por esperar que el calor y elevadas temperaturas que pronto se dejarán sentir en la región alejen al virus.

En Líbano, donde conviven 18 comunidades religiosas, Hizbulá aprovecha el tirón de la pandemia para metamorfosearse, una vez más, y apuntalar, cuando no suplir directamente, los esfuerzos del gobierno libanés, abrumado por una crisis económica y financiera de órdago, para combatir la pandemia. Si ayer era capaz de reclutar voluntarios para pelear en territorio sirio, hoy alista enfermeros y otro personal sanitario para atender contagiados de covid-19 mientras alquila hospitales provistos de camas y respiradores. Otros partidos menores, tanto musulmanes como cristianos, intentan la misma jugada con lo que el sectarismo vuelve a campar a sus anchas. En Líbano como en Irak cuando el Estado falla, las comunidades se repliegan y buscan ayuda entre los propios. Allí el eslogan “juntos saldremos de ésta”, no funcionará.

Por último, aunque no menos importante, es válido recordar a las decenas de miles de refugiados y solicitantes de asilo que siguen hacinados en campos de Grecia. Según cifras de distintas agencias internacionales, son 100.000 en toda Grecia y sólo en las islas unos 40.000. En el campo de Moria en Lesbos, cuentan con 3 médicos para 20.000 personas. Alemania se ha manifestado dispuesta a recibir menores no acompañados, pero Grecia teme el efecto llamada y que otros migrantes sigan dispuestos a llegar a territorio griego en su aventura de alcanzar Europa. Es fácil imaginar que si el covid-19 pudo extenderse desde Wuhan a Chile, no se detendrá en el Mediterráneo. Un brote de coronavirus allí será igual de nefasto para adultos mayores como para menores, debido a sus pésimas condiciones de vida, una alimentación inadecuada y la insalubridad de no disponer de agua potable, jabón o baños siquiera. Su sistema inmunológico no es el de un menor en Europa, ni tampoco en Latinoamérica, donde casi todos los gobiernos están poniendo las barbas a remojo, conscientes de lo que sucede al otro lado del Atlántico.

Para estas personas, no hay compasión ni solidaridad internacional. Por más que bregue Antonio Guterres, Secretario General de ONU, la etiqueta “marginado” sigue siendo válida. Fueron y son los apestados del siglo XXI. Europa, en un intento de blindarse ante la propagación del coronavirus se rehúsa permitir el paso de estos migrantes, incluso a sabiendas de que un número elevado de muertos a sus puertas sería una mancha para su imagen y para su tan pregonada trayectoria en materia de defensa de los Derechos Humanos.

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Si acaso, uno más de los efectos secundarios de la falta de líderes con estatura política y altura de miras. Mientras Trump valida como un saldo razonable que mueran 100.000 estadounidenses por coronavirus, casi el mismo número de bajas norteamericanas que en la Segunda Guerra Mundial, y Boris Johnson, el premier británico, se encuentra hospitalizado en cuidados intensivos, Europa sigue dividida entre los latinos, con los que se cebó el virus y los del norte que los critican por su mala gestión de la crisis. En suma, no hay conciencia de que esta pandemia exige de todos los países una mayor y más estrecha cooperación internacional para combatir males que nos afectan a todos por igual, ricos y pobres, cristianos, musulmanes y ateos, europeos y asiáticos, funcionarios públicos y temporeros. Es una crisis planetaria y exige medidas de carácter global. El nacionalismo excluyente y el freno al impulso globalizador ahondará la brecha entre las naciones. Sería lógico aprovechar la oportunidad que la cuarentena nos brinda para imaginar un modo de vida distinto y una comunidad internacional más empática, consustanciada con los problemas del planeta. La transferencia de conocimiento, pero también de apoyo específico cuando se necesita ha de hacerse sin demoras que pueden significar vidas. Oriente Medio y África también sufren el azote del coronavirus y enfrentan enormes retos para combatirlo, aunque la prensa internacional no les dedique espacio.

Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen al autor y no reflejan necesariamente la política editorial de Monitor de Oriente.

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