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Los vasos comunicantes entre Latinoamérica y el mundo árabe

Primavera árabe
  • Por Susana Mangana

La ola de protestas que sacude de nuevo a países árabes desde Irak, Líbano hasta Argelia en el Magreb, parece encontrar eco en las manifestaciones llevadas a cabo desde octubre pasado y con diferencia en el tiempo en Chile, Bolivia, Ecuador o más recientemente Colombia.

Rápidamente la prensa internacional buscó hallar un paralelismo entre las protestas en un continente y otro. Sin duda, se escuchan reclamos que apuntan en la misma dirección. La clase media, sobre todo trabajadores asalariados que dependen de una renta fija para llegar a fin de mes y estudiantes universitarios, exigen a sus dirigentes políticos que gobiernen para todo el pueblo y no sólo para unos pocos.

Desde Líbano a Irak los jóvenes árabes hoy se convierten en la semilla del cambio. Son una generación de personas formadas, hiperconectadas y con vocación de superar las divisiones sectarias que tanto daño han hecho a la unidad de un mundo árabe que comparte idioma, cultura, señas de identidad y una historia plagada de invasiones, batallas y enfrentamientos con imperios y poderes coloniales.

Huelga decir que el intento del gobierno de Michel Aoun en Líbano de aplicar un impuesto a las llamadas efectuadas a través de la aplicación whatsapp fue sólo la gota que desbordó el vaso. Igual que ocurrió en Chile en octubre pasado cuando el ejecutivo de Sebastián Piñera anunció la subida en el precio del billete de metro.

Y es que la clase media en Latinoamérica ha aumentado en este primer cuarto de siglo XXI. Si bien sigue siendo un continente profundamente desigual, con una pésima distribución de la riqueza, no es menos cierto que los ciudadanos latinoamericanos, especialmente aquellos que no integran élites financieras o de poder político, luchan denodadamente por no caer en la pobreza y ver reducida su calidad de vida.

Es cierto, además,  que Latinoamérica es una región muy grande y hay notorias diferencias entre la institucionalidad vigente en países como Argentina o Chile y Guatemala o El Salvador. No obstante, lo que los manifestantes están reclamando a sus gobiernos es una serie de medidas enfocadas a combatir la corrupción, un mal endémico y estructural a todas las sociedades latinoamericanas. Por otra parte, exigen a sus políticos que no defiendan privilegios de clase si no que trabajen con ahínco para reducir la brecha salarial entre ricos y pobres, y en especial que inviertan en servicios básicos para la ciudadanía como educación pública, transporte y salud.

En ese sentido, hallamos similitudes entre las quejas de jóvenes iraquíes y libaneses, quienes llevan semanas protestando por lo que entienden es una mala gestión de sus gobiernos y en especial reclaman oportunidades de empleo digno y la lucha contra la corrupción.

Por otra parte, el inmovilismo político que aqueja a buena parte del mundo árabe todavía, y ello a pesar del sacudón que significó el proceso iniciado en 2011 con el fenómeno conocido como Primavera árabe, lo podemos encontrar hoy en Bolivia o Venezuela, donde gobernantes se aferran al poder y amañan elecciones o manipulan la Constitución de sus países para perpetuarse en el poder.

Los líderes árabes y latinoamericanos deben entender que la alternancia en el poder es requisito clave para el buen funcionamiento de la democracia. Si bien sólo votar no significa que un país sea democrático, desconocer o incluso trampear el resultado en las urnas no es el camino acertado para robustecer al sistema y al pluralismo político.

Las nuevas tecnologías condicionan al hombre de manera insospechada. Desde cómo realizamos gestiones, o cómo estudiamos hasta cómo nos proyectamos en nuestros anhelos como individuos, la irrupción de Internet significó en los hechos que los plazos de ejecución de infinidad de temas se redujeron ostensivamente. Así, contactar con otros individuos que están en la misma sintonía, aprender sobre otras formas de vida o comprender el poder que la sociedad civil adquiere frente a la clase política recurriendo a redes sociales y otros medios de comunicación masivos, es un desafío gigantesco para los dirigentes de cualquier país,  sea tanto en el mundo árabe como en Latinoamérica.

Los ciudadanos hoy son más conscientes de sus derechos y desconfían de los políticos a los que ven despegados de la realidad y de los problemas que afectan a sus sociedades; desempleo, inflación, salarios mínimos magros, servicios de salud y educación deficitarios son sólo algunas de las perlas del rosario de quejas que plantean unos y otros. Por supuesto, las manifestaciones multitudinarias a un lado y otro del Atlántico también han servido para protestar contra los planes de reajuste que defienden instituciones como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial. La razón es simple, dicho reajuste siempre implica ceñirse el cinturón y los recortes los acaban pagando los más pobres de la sociedad.

La retirada de subsidios, aumento de precios de productos básicos,  incremento de tasas e impuestos y menos inversión en educación o salud afectan primero que nada a los ciudadanos con bajos ingresos o aquellos que no pueden despegar en lo económico. O bien porque el mercado laboral no absorbe a la gran cantidad de egresados universitarios y jóvenes calificados que hay en Líbano o Irak, o bien porque no hay un dinamismo empresarial en base a la industrialización que garantice la creación de puestos de trabajo.

Por todo lo anterior, es especialmente interesante reflexionar sobre cómo las sociedades latinoamericanas y las árabes comparten similitudes varias a pesar de su lejanía geográfica y una distancia cultural. El legado andalusí que trajeron los conquistadores españoles también impregnó a Latinoamérica con la huella musulmana. Desde el idioma, la arquitectura o la gastronomía, la herencia árabo-musulmana es visible en ciudades y pueblos de la región latinoamericana.

Sería interesante que árabes y latinoamericanos comprendieran mejor los vasos comunicantes entre ambas regiones para poder discutir de nuevas formas de cooperación y presentarse, incluso en foros multilaterales, con un frente unido que les permita enfrentar los desafíos actuales en materia de: seguridad internacional  y el combate a la violencia y el crimen organizado, el racismo y el discurso de odio para garantizar una coexistencia pacífica, modelos de cooperación sur-sur que diseñen la agenda de proyectos desde esas regiones sin condicionamientos desde el norte, es decir de los países donantes. Mecanismos de trabajo conjunto para avanzar en acuerdos de cooperación científica, intercambio de estudiantes y académicos de forma tal de realizar un diagnóstico sobre los males que aquejan a las sociedades árabes y latinoamericanas y proponer acciones correctivas para sacar de la crisis política a países como Irak o Argelia y hallar mecanismos para dinamizar economías  que oscilan entre la dependencia unas, del precio de materias primas por ejemplo,  y el estancamiento otras.

Lejos de ser una marea de exaltados o infiltrados que responden a intereses conspirativos de terceros, los manifestantes en las calles de Bogotá, Beirut y Santiago de Chile representan, en ocasiones y con matices, la voz de la conciencia de gobiernos que tienen cuentas pendientes con sus ciudadanos.

  • Susana Mangana es profesora de estudios árabes e islámicos, dirige la cátedra de Islam en la Universidad Católica de Uruguay, residió durante años en Oriente Medio, habla árabe y estudia el mundo  árabo-musulmán desde un enfoque multidisciplinar. Interesada en la cultura, sociedad y política de los árabes y musulmanes, viaja regularmente a la región e investiga sobre la presencia de este colectivo en Latinoamérica.
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