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Muerte y resurrección de un mito: ¿qué cabe esperar tras el anuncio de un nuevo líder de Daesh?

  • Por Susana Mangana

La semana pasada el Presidente Trump ofrecía un nuevo reality show al mundo. Esta vez se trató del remake de la escenificación de la captura y muerte del terrorista más buscado. Segundas partes nunca fueron buenas, suele decirse en  relación al cine. La famosa frase bien puede aplicarse en este caso. Nadie llorará la muerte del hombre que se autoproclamó califa en 2014, Abu Bakr Al Bagdadi, culpable de instigar y liderar a un grupo terrorista que primero debiera ser condenado por incitar al odio y por su contribución a la demonización del Islam, a través de múltiples tropelías, de sobra difundidas en medios internacionales. No es casual el momento elegido por Trump para anunciar a bombo y platillo la muerte de este personaje siniestro, justo cuando recibía críticas de distintos frentes por su retirada del norte de Siria, y por tanto, el abandono de las milicias kurdas que allí operan. 

Obsesionado por superar el legado de Obama, mostró el video de la operación y permitió que se revelaran detalles que resultarían cómicos de no ser un suceso verídico, como por ejemplo que se cercioraron de la identidad del individuo a través del análisis de su ADN, recogido de su ropa interior, robada por algún miliciano kurdo. 

Declarar victoria tan tempranamente es imprudente pues parafraseando al propio Trump, y contradiciendo al refranero español, muerto el perro no terminó la rabia.

Como era de esperar Daesh o el autoproclamado Estado Islámico – más conocido como ISIS, por sus siglas en inglés- esperó algunos días para confirmar la muerte de su líder y anunciar el nombramiento de un sucesor, con un nombre de guerra muy elocuente; Abu Ibrahim al Hashimi al Coraichí, en clara alusión al clan hachemí al que pertenecía el Profeta del Islam y su tribu, los coraichíes. Por supuesto, esto no revela quién se oculta detrás de este pretencioso apodo.

La coalición internacional que combate a dicho grupo terrorista desde hace cinco años puede estar segura de que, aunque sólo sea por demostrar que no están vencidos, los mercenarios de Daesh intentarán asestar nuevos golpes. Como es habitual, castigarán antes que a nadie a los propios musulmanes residentes en las zonas donde todavía mantienen una presencia que, aunque mínima, resulta letal. Hay que entender que el verdadero peligro que plantea Daesh, no proviene por el lado de su posibilidad para recuperar control sobre territorio físico, y que pueda, por tanto, ejercer violencia sobre población indefensa, sino que la amenaza mayor reside en su capacidad de galvanizar resentimientos varios y traducir esto en apoyo real de individuos que logran identificarse con su proyecto en lugares distantes y variopintos; desde Chechenia o Irak, pasando por Túnez hasta Inglaterra o Francia. 

Y es que erradicar el fenómeno del radicalismo de base islamista requiere de una estrategia multiforme, pero sobre todo precisa entender el contexto político y socioeconómico en el que medran estos grupos que explotan la frustración de jóvenes musulmanes, cuyos sueños de progreso se ven truncados por Estados que no logran resolver la ecuación, a saber, economías débiles o estancadas, falta de libertades cívicas y una suerte de connivencia con los intereses de gobiernos extranjeros.  

La política de guerra global contra el terror iniciada por el presidente Bush Jr. tras el atentado del 11-S, ha demostrado ser un estrepitoso fracaso. Para ejemplo, sobra con un botón de muestra; Estados Unidos negocia en la actualidad con el movimiento talibán, el mismo al que persiguió sin cuartel a partir del 2001, como castigo por haber cobijado al que en su momento fuera el terrorista número uno, Osama Bin Laden.

La invasión de Estados Unidos capitaneando un pequeño grupo de naciones desarrolladas y occidentales a Irak en 2003, la cual, por cierto, no fue avalada por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, sirvió como acicate para la guerra de guerrillas que se instaló en aquel país, a partir del desmantelamiento del aparato del estado baazista de Sadam Husein. El germen del autoproclamado Estado Islámico surgió en un caldo de cultivo ideal en el que  distintas facciones políticas y grupos sectarios, crecieron al calor de las políticas practicadas por las distintas administraciones estadounidenses, desde Bush u Obama y ahora Trump. Es decir, apostar al sectarismo y a la división no ha hecho sino azuzar los resentimientos internos entre musulmanes, quienes también recurren a la instrumentalización de sus diferencias para conquistar sus objetivos ulteriores.

Resulta ineludible plantearse, desde los gobiernos de Occidente, si es realista seguir respondiendo a la amenaza integrista, o sea aquella proveniente de grupos que comparten ideología con Al Qaeda o Daesh, únicamente a través de las políticas de securitización, en vez de enmendar errores propios. Primero han de reconocer la injerencia abusiva en la soberanía de terceros en pos de sus intereses geoestratégicos. Recursos energéticos vitales, control de territorios o reorganización de alianzas regionales sirven de pretexto para justificar  invasiones y conflictos bélicos que nada tienen que ver con la defensa de los derechos humanos, mucho menos con la dignidad de los habitantes de aquella región. El propio Al Bagdadi estuvo detenido por Estados Unidos en Camp Buca, Irak y fue liberado por entenderlo un sujeto no peligroso.

Mientras en el mundo árabo-islámico persistan desigualdades económicas y sociales acuciantes, y Occidente siga apoyando a líderes que violan, de una u otra forma, los Derechos Humanos de sus ciudadanos, seguirá habiendo amplio espacio para que organizaciones extremistas como Daesh, sigan capitalizando la sumatoria de enojos que acumulan muchos jóvenes en las sociedades musulmanas. Por ello, una respuesta más adecuada al fenómeno del integrismo islámico tiene que contemplar, necesariamente, la cooperación económica con países con economías maltrechas, los cuales necesitan en la actualidad una inyección de inversión para generar empleo y ofrecer así oportunidades de trabajo y desarrollo personal a sus ciudadanos.  Sin embargo,  dicha cooperación internacional no debe estar condicionada de antemano, ni tampoco puede decidirse atendiendo únicamente a los intereses del Norte o haciendo caso omiso de las necesidades de los pueblos árabes y musulmanes, sumidos, la mayoría, en una profunda crisis económica y política. De continuar así, abonando políticas neocoloniales y la hipocresía de la comunidad internacional, que protesta cuando es blanco de ataques pero no empatiza con las víctimas de la violencia, proveniente de muchos frentes, incluido el de las potencias extranjeras, y en especial de grupos terroristas de base islamista en Siria, Irak o Afganistán, seguiremos sembrando vientos y recogiendo tempestades.

 

 

  •  Susana Mangana es profesora de estudios árabes e islámicos, dirige la cátedra de Islam en la Universidad Católica de Uruguay, residió durante años en Oriente Medio, habla árabe y estudia el mundo  árabo-musulmán desde un enfoque multidisciplinar. Interesada en la cultura, sociedad y política de los árabes y musulmanes, viaja regularmente a la región e investiga sobre la presencia de este colectivo en Latinoamérica.
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