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Rabaa Al-Adawiyya ofrece una oportunidad para un cambio real y duradero

Partidarios del difunto ex presidente egipcio Mohamed Morsi durante una protesta en El Cairo, Egipto, el 19 de agosto de 2013 [foto de archivo]

La masacre de la Plaza Rabaa Al-Adawiyya fue una prueba del sacrificio del pueblo para recuperar su dignidad. Sin embargo, hoy podemos dar un paso atrás en nuestro duelo anual para ser más honestos y francos con nosotros mismos y tratar de determinar dónde estamos seis años después de la masacre, que cambió la batalla de la arena política a una de distinguir el bien del mal, y simboliza la sangre derramada por los árabes comunes a manos de sus instituciones gubernamentales.

Lo que ocurrió en la plaza Rabaa Al-Adawiyya el 14 de agosto de 2013 puede o no ser la masacre del siglo; no obstante, las palabras por sí solas no pueden transmitir el dolor y la gravedad de los crímenes cometidos por las fuerzas de seguridad de Egipto ese día. Sin embargo, debemos avanzar porque la lucha ha pasado a otra fase, con el régimen de Sisi incapaz de demostrar su legitimidad debido al crimen que fue la masacre de Rabaa, y una nación que ha sido despojada de su capacidad de expresar opiniones, sin importarle levantarse contra la injusticia.

Ni yo ni nadie necesita probar que los islamistas han sacrificado más que nadie por Egipto; es indiscutible, aunque creo que la necesidad de un proceso de curación es un deber nacional. Sin embargo, siento la necesidad de señalar que los sacrificios hechos por los islamistas son mayores que los negativos de su tiempo en el cargo. Debemos apartarnos de tales argumentos y trabajar para movilizar a las masas, que se han rendido a la situación después de recibir el mayor golpe de su historia.

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El mayor testamento de este aniversario es su reconocimiento por parte de los que se oponen al golpe militar de 2013 en Egipto, junto con el descontento generalizado por la actuación de la oposición exiliada, principalmente la Hermandad Musulmana. Sin embargo, no debemos perder tiempo en el juego de las culpas, en caso de que culpemos tanto a las víctimas como a los villanos.

De hecho, no hay víctimas; sólo hubo individuos que se sacrificaron por la libertad y que, junto con los comandantes de campo en las plazas de Rabaa y Al-Nahda, no reconocieron la magnitud del peligro e imaginaron el grado de criminalidad que podría producirse. Nadie pensó que las fuerzas de seguridad egipcias pudieran o quisieran apuntar sus armas a sus conciudadanos.

El humo se eleva en la plaza Rabaa al-Adawiyya después de que la policía egipcia atacara a los manifestantes en El Cairo, Egipto, el 14 de agosto de 2013 [Foto de archivo Ahmed Asad/Apaimages]

Ahora debemos salir del círculo de la pena y formar un frente de oposición más dinámico en el tratamiento de los acontecimientos. Esto debe incluir a la juventud, que ha madurado gracias a los desafíos enfrentados, pero no a los que estuvieron involucrados en eventos anteriores, ya sea del régimen o de la oposición, aunque tal vez puedan asumir funciones de asesoramiento.

El movimiento islámico, en cuyo centro se encuentran los Hermanos Musulmanes, no sólo debe aportar una visión para resolver los problemas que son la realidad de los egipcios de hoy en día, sino también reubicarse y modificar su enfoque de acuerdo con las circunstancias regionales e internacionales a fin de provocar un cambio. Esas modificaciones no deben basarse en la dirección de la oposición y las masas, sino en el restablecimiento de la armonía entre los pueblos y la reconstrucción conjunta del país. Los estudios sociológicos, psicológicos y filosóficos deben prepararse y presentarse en una conferencia inclusiva para todos los partidos del espectro político. La juventud y las nuevas direcciones deben presentar sus planes para gestionar la lucha política en la siguiente fase, mientras que el movimiento debe ceder su papel de liderazgo. Necesitamos una nueva entidad que reúna a todos para llenar el vacío político.

Esto no puede lograrse a menos que el movimiento islámico reconstruya sus instituciones en el extranjero y lleve a cabo una evaluación objetiva de su gestión de las cuestiones de derechos humanos, políticas y de los medios de comunicación a lo largo de las fases anterior y actual. No es vergonzoso que los dirigentes del movimiento hablen abiertamente de los errores del pasado; el público quiere apertura y transparencia, sobre la base de la cual pueda presentar su plan para el futuro. Los éxitos parciales en países vecinos como Túnez, Sudán y Argelia, deberían ser el incentivo para recuperar el espíritu de las masas y tratar de reproducir su movilización en beneficio de la sociedad en su conjunto.

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El último aniversario de la masacre de Rabaa Al-Adawiyya nos brinda la oportunidad de un cambio real y duradero. No la desperdiciemos.

Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen al autor y no reflejan necesariamente la política editorial de Monitor de Oriente.

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