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¿Podrá algún día Libia unificar a su ejército?

 El momento posterior a la explosión en la sede de la Comisión Nacional Electoral de Libia el 2 de mayo de 2018 [HtewishM / Twitter]

Entre septiembre de 2017 y el mes pasado, Egipto albergó siete de rondas de conversaciones destinadas a unificar el establishment militar en el país vecino, Libia. Los participantes eran representantes del mariscal de campo Khalifa Haftar, de Libia oriental, y sus homólogos del Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA), con sede en Trípoli.

Las conversaciones finalizaron sin ningún acuerdo concluyente. La unificación de las fuerzas armadas en Libia no es tarea fácil, ya que no hay tropas profesionales y disciplinadas que necesiten ser unificadas. De hecho, no existen fuerzas armadas como tal, a excepción de lo que se conoce como el Ejército Nacional Libio (LNA), dirigido por Haftar y con sede en Benghazi. Podría describirse como un ejército semi-profesional, ya que cuenta con una clara jerarquía, un liderazgo único, oficiales profesionales y el respaldo de la Cámara de Representantes en el este, que es la única legislatura electa del país.

En Libia occidental las cosas son distintas, ya que existen varias milicias que, nominalmente, están bajo el control del GNA, particularmente en la capital, Trípoli, y sus alrededores. Sin embargo, tienen mano libre para actuar como quieran. Sólo obedecen las órdenes del GNA si estas órdenes les convienen, como el ejercer control sobre la población. Esto ha quedado demostrado por varios enfrentamientos por el territorio y la influencia.

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También están las tropas semiorganizadas de Bunyan Marsous, que expulsaron al Daesh de Sirte en 2016 con ayuda de los ataques aéreos estadounidenses. No se trata de un ejército, ya que la mayoría de los miembros son de Misurata; el cuartel general de Bunyan Marsous está en Misurata; las tropas incluyen a varios antiguos líderes de milicias, y la estructura de comando tiene poco que ver con el Ministerio de Defensa del GNA en Trípoli. Todas las milicias, incluida Bunyan Marsous, tienen algo en común: están a sueldo del GNA.

Esto significa que, en realidad, las conversaciones en El Cairo no tienen ningún sentido, pero Egipto espera sacar algo de nada, aunque sólo sea por su propio bien. Cuenta con una frontera larga y mayoritariamente desértica con Libia, y encontrar una fuerza unificada en su país vecino que proteja la frontera resultaría útil para El Cairo en su lucha contra el terrorismo. Al fin y al cabo, la seguridad de Egipto es insignificante si Libia es inestable y carece de una fuerza disciplinada que pueda controlar sus propias fronteras.

Desde febrero de 2015, Egipto ha bombardeado objetivos en la frontera libia en al menos tres ocasiones, en represalia por lo que considera atentados terroristas planificados y organizados desde Libia. El mes pasado, el LNA capturó al hombre más buscado de Egipto, Hisham Ashmawi, en Derna, el Libia oriental; está acusado por Egipto por ser el cerebro detrás de algunos atentados contra su comunidad copta. Desde que, a principios de 2017, el presidente Abdel Fattah Al-Sisi nombró al teniente general Mahmoud Hijazi como su hombre clave en Libia, este último ha intentado que los libios se unifiquen, al menos militarmente, para estabilizar el país y ayudar a Egipto.

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Egipto también considera a Haftar como un aliado militar de confianza con el que puede negociar. Sus lazos con el país se remontan a la Guerra de Octubre de 1973, cuando lideró a las fuerzas libias que ayudaron a Egipto a ganar frente a Israel. Más recientemente, Egipto lo ayudó con armas, inteligencia y ataques aéreos ocasionales cuando inició la “Operación Dignidad” para expulsar de Benghazi a varias milicias, incluida Al-Qaeda, en 2014. Haftar reorganizó a los remanentes de las fuerzas armadas libias oficiales que sobrevivieron a los bombardeos de la OTAN que en 2011  acabaron con el antiguo régimen de Gaddafi.

Sin embargo, el militar veterano considera al LNA como el único ejército libio legítimo. Se le atribuye la reconstrucción del LNA desde cero a lo largo de los últimos cuatro años. También cree que, bajo su mando, ha demostrado hasta el momento ser un ejército nacional profesional y disciplinado capaz de controlar Libia si cuenta con el apoyo y la financiación necesarios. Señala como prueba de ello su éxito a la hora de controlar el este de Libia y partes del sur.

Políticamente, Haftar goza de cierta influencia internacional. Recibe regularmente a dignatarios extranjeros y visita él mismo otros países, como Francia, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Túnez, Sudán y Argelia.

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Por supuesto, la opinión de Haftar es disputada por sus adversarios en Libia occidental, que creen que el LNA no es más que un montón de milicias agrupadas en Libia oriental sólo para servir a sus propios intereses. También sospechan que Haftar alberga ambiciones políticas y que es un Al-Sisi en proceso, esperando a que llegue el momento de gobernar Libia por decreto militar.

Egipto y el GNA saben perfectamente que Haftar no renunciará a su posición, tan difícil de obtener, como comandante del LNA, y que considerará cualquier intento de crear otro ejército en Libia occidental como otra milicia a la que derrotar. Además, el GNA no tiene ningún poder, ya que no puede respaldar públicamente al LNA con Hartar ni hacer que otros líderes de milicias en Libia occidental hagan lo mismo.

El principal punto de conflicto en las conversaciones siempre ha sido acerca de quién obtiene qué rango militar y cómo. Para solucionarlo, los reunidos en El Cairo tuvieron la idea de repartir el poder creando nuevas estructuras que garantizaran todas las posiciones posibles para todos los oficiales de alto cargo posibles. Propusieron crear tres nuevos consejos en el Ministerio de Defensa: un consejo de comando general, un consejo de seguridad nacional y un consejo supremo de defensa. No está claro cómo funcionaría este sistema, pero el objetivo es evidente: ni un solo oficial, incluido Khalifa Haftar, gozará de la autoridad de, por ejemplo, un “comandante supremo”.

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Por lo tanto, es muy improbable que Haftar, un hombre de guerra de pies a cabeza con momentos tanto oscuros como de gloria a lo largo de su carrera, acepte cualquier desafío a su autoridad. Puede que su papel en la guerra civil de 2011 fuera limitado, pero, desde entonces, se ha convertido en una especie de salvador, al menos en Libia oriental, con una amplia popularidad en el país.

Él y sus principales tenientes no confían mucho en la GNA ni en otros políticos que no respaldan públicamente al LNA bajo su mando. Estes falta de confianza hace que Haftar y sus hombres negocien todo menos sus posiciones. Saben que, en el momento en el que renuncien a ellas, pondrán en riesgo su propia seguridad.

Hasta el momento, el enviado de la ONU a Libia, Ghassan Salame, no ha jugado un papel importante en las conversaciones de El Cairo. Sin embargo, está dispuesto a respaldarlas si producen algunos resultados tangibles. El tiempo dirá si llegan realmente a producir algo. Mientras tanto, siguen siendo meramente conversaciones.

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 Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen a su autor y no reflejan necesariamente la política editorial de Monitor de Oriente.

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Mustafa Fetouri es un académico y periodista libio. Ha recibido el premio de la UE a la Libertad de Prensa. Su próximo libro saldrá a la luz en septiembre. Puede ser contactado en la siguiente dirección: [email protected]