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Chomsky y la falta de honestidad de la solución de los dos Estados en Palestina

Noam Chomsky (Flickr)

Fui a Palestina por primera vez a finales de 2004. Además de ser mucho más joven entonces, mis opiniones, en ciertos aspectos, eran bastantes diferentes a las que son hoy.

En aquel momento, a mis veintitantos años, y todavía siendo una especie de activista menor del movimiento pacifista, muchas de mis opiniones sobre Palestina estaban influidas por Noam Chomsky, el disidente académico y pensador político estadounidense. Ahora, con casi 90 años, Chomsky es alguien cuyas obras como escritor e intelectual público han tenido una inmensa influencia sobre dos o tres generaciones de la izquierda anglófona. Su crítica mordaz al historial del imperialismo estadounidense; su cuestionamiento constante de las versiones oficiales; su rigor intelectual; y su creencia en la capacidad de la naturaleza humana de hacer el bien han sido, de muchas maneras, herramientas de un valor incalculable.

En uno de muchos ejemplos de su desacreditación de las versiones de los medios dominantes, Chomksy dijo hace poco en el programa Democracy Now! que el nivel de interferencia en el sistema democrático estadounidense del que se acusa a Rusia es insignificante comparado con el de Israel, a pesar de la histeria mediática actual sobre Moscú y las elecciones de Estados Unidos. Tiene toda la razón al respecto.

Chomsky suele ser muy bueno diagnosticando las enfermedades inherentes del capitalismo global liderado por EE.UU. – la guerra, la desigualdad de clases, el racismo y la censura, entre otras –, pero, en mi opinión, muchas veces no ha conseguido prescribir una cura adecuada para estos problemas. A menudo argumenta, por ejemplo, que, aunque fue reconocido durante mucho tiempo como un opositor a la guerra de EE.UU. en Vietnam – que acabó con la vida de más de 3 millones de vietnamitas –, siempre estuvo en contra de la resistencia al llamamiento al servicio militar en Estados Unidos. Personalmente, argumentaría que la resistencia popular a la misma fue uno de los elementos clave que ayudaron a poner fin a aquella guerra genocida.

Este juicio estratégico a veces pobre también explica en parte su pasada hostilidad hacia el movimiento de Boicot, Desinversiones y Sanciones (BDS), aunque su postura ha ido y venido entre la oposición (particularmente al boicot de las instituciones académicas israelíes) y el apoyo calificado a algunos aspectos de este movimiento liderado por Palestina en defensa de la justicia, la igualdad, la libertad y el derecho al retorno.

Esto me remonta a la anécdota que contaba al principio sobre mi yo de 25 años. En aquellos días, aunque sin duda me consideraba de izquierda radical y, como tal, era escéptico respecto al concepto total de las naciones-Estados (si no anarquista, era claramente un “compañero de viaje”), en gran parte debido a la influencia de Chomsky, apoyaba la solución llamada de “dos Estados”.

En todo el (voluminoso) trabajo de Chomsky sobre Palestina (o sobre “Israel y los palestinos”), su prescripción sobre lo que debe hacerse lleva décadas sin cambiar. Apoya la idea del Estado de Israel junto a un Estado palestino en Cisjordania y en la Franja de Gaza; la ya mencionada y denominada erróneamente “solución de dos Estados”.

Según Chomsky – al igual que defiende el trabajo de su acólito Norman Finkelstein –, llegar a este “acuerdo” sobre el “conflicto” sería relativamente simple. Supuestamente, “el mundo entero” apoya esta “solución”, aparte de Israel y su aliado en Washington DC.

Con “el mundo entero”, Chomsky y Finkelstein se refieren en realidad a “los gobiernos del mundo entero”, aunque ni siquiera eso es totalmente cierto. Los otros Estados coloniales, como Australia y Canadá, a menudo apoyan a Israel en la ONU, al igual que Reino Unido y otras antiguas potencias coloniales en Europa. El papel de la UE es proporcionar una crítica normalmente insignificante sobre los crímenes de guerra israelíes en Cisjordania, mientras que da a Israel luz verde para continuarlos. Sin embargo, la mayoría de los estados que alguna vez fueron colonizados defienden su oposición al colonialismo moderno de Israel.

Desde la primera vez que visité Jerusalén y el resto de la parte que queda de Palestina conocida comúnmente como Cisjordania, comencé a sentirme incómodo. Sentí había sido engañado por la imagen Chomskyniana de un “Jerusalén Oriental” palestino separado fácilmente de un “Jerusalén Occidental” israelí, y de un pueblo palestino que se conformaría con sólo Cisjordania y la Franja de Gaza, a pesar de ocupar tan sólo un 22% de su patria histórica.

Lo único que necesitas para darte cuenta de que el concepto de los “dos Estados” es inconcebible es ir de Ramallah a Jerusalén. Hazlo, y verás que la “solución” supuestamente simple de la separación de los dos pueblos es una ilusión.

En el terreno, no está claro dónde termina “Jerusalén Este” y comienza “Jerusalén Occidental”. Recuerdo ir caminando con mapas tremendamente detallados impresos por la Oficina de la ONU para la Coordinación de Asuntos Humanitarios, intentando descifrarlos.

Hay barrios enteros de Jerusalén que parecen exactamente iguales que el resto del Jerusalén “israelí”, pero que, en realidad, son asentamientos ilegales construidos en tierra robada del “Jerusalén Este” palestino. Y eso lo ves incluso antes de entrar en la realidad arraigada de los otros asentamientos ilegales de Cisjordania, o en el gran problema del derecho legítimo de los refugiados palestinos a regresar a su tierra.

En esa primera visita, me quedó muy claro que todo esto era permanente, y que estaba destinado a serlo. La idea de que la repartición en dos Estados era la “solución pragmática” comenzó a desmoronarse frente a la dura realidad de lo que mi amigo, el escritor y académico Ben White, denomina correctamente como “la realidad de un Estado”.

De hecho, ya existe un Estado unitario entre el Río Jordán y el Mar Mediterráneo, pero es un Estado de apartheid controlado por el brutal régimen colonial de Israel. La única pregunta es; ¿seguirá este Estado siendo un régimen radical y racista, carente de los derechos más básicos para los palestinos, tal y como es ahora? ¿O conseguirán sus objetivos los palestinos tras décadas de lucha por la igualdad, la libertad y el regreso de los refugiados? Esta es la verdadera pregunta que hay que hacerse respecto al futuro de Palestina.

En 2009, tras leer el libro seminal One State de Ali Abunimah (ahora compañero mío en The Electronic Intifada), me convertí en partidario de un Estado democrático en Palestina. Esta idea, una vez considerada radical, ahora gana cada vez más apoyo de los propios palestinos, de gente de todo el mundo e incluso de una valiente minoría de disidentes israelíes.

El principal problema de la prescripción de Chomsky para la redivisión del territorio de Palestina en un “Estado judío” y un “Estado árabe” (como proponía el Plan de Partición de la ONU en 1947, que fue un fracaso total) siempre ha sido que es totalmente irrealista. Más que nada, ignora los deseos de los palestinos que, al fin y al cabo, son el pueblo indígena. Si hay un tema en el que todo el organismo político palestino está de acuerdo, es en el derecho al retorno.

Me encontré con esta realidad en Cisjordania, en especial cuando visité los campamentos de refugiados. Ves símbolos populares en el arte callejero, en los monumentos, en los graffitis; todos en defensa de una cosa: el Retorno.

Handala, por ejemplo, el icónico niño refugiado palestino creado por el dibujante Naji Al-Ali; y el símbolo del Frente Popular para la Libración de Palestina. Más que ningún otro símbolo del retorno, están las llaves que los refugiados usaron para candar las puertas de sus casas durante el proceso de limpieza étnica; siempre han sido el símbolo emblemático de la lucha palestina.

Los palestinos y sus madres, padres, abuelos y bisabuelos, quienes fueron expulsados de su patria en Palestina – ahora llamada “Israel” por los ocupantes racistas que robaron su país y lo borraron del mapa – nunca aceptarán derogar el derecho al retorno en ningún tipo de “asentamiento”. Pese a todo el bien que ha hecho en otras áreas, esto es algo respecto a lo que Noam Chomsky se equivoca totalmente. La “solución de dos Estados” que defiende es inherentemente deshonesta.

Las opiniones expresadas en este artículo pertenecen a su autor y no reflejan necesariamente la política editorial de Monitor de Oriente.

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Asa Winstanley

Editor asociado con The Electronic Intifada, Asa Winstanley es un periodista de investigación que vive en Londres y que visita Palestina regularmente desde 2004