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Los temores de Europa ante la cumbre Trump-Putin

El presidente de EE.UU., la primera ministra británica y el secretario general de la OTAN durante la cumbre celebrada el 11 de julio en Bruselas. [Murat Kaynak/Agencia Anadolu]

Gregory Feifer

 

Como si la guerra verbal entre el presidente estadounidense Donald Trump y los líderes de otros países de la OTAN no hubiera dañado ya bastante las relaciones transatlánticas, los jefes de gobierno europeos se están preparando para una segunda parte, durante la cumbre de Trump con el presidente ruso el 16 de julio. El momento elegido ya ha proyectado por sí solo una sombra simbólica sobre la unidad occidental, para la que la escenificación del consenso tendría ahora mismo una importancia crucial.

Algunos diplomáticos europeos con los que hablé en Washington antes de la cumbre temen que en esta ocasión Trump no se limite a denigrar a la OTAN, sino que amenace con una retirada de EE.UU. de la alianza militar. Todo esto, antes de embarcarse en un idilio con Putin que permitirá al líder ruso continuar explotando las diferencias entre Washington y Europa. En mayor medida que la guerra comercial o el deseo de Trump de que Moscú sea readmitida en el G8 (que se convirtió en G7 después de que Rusia se anexionara Crimea en 2014), lo que está conmocionando al viejo continente, sumido en una oleada populista anti-inmigración, es la incertidumbre de hacia dónde se dirige la administración de Trump.

Más preocupados que enojados, la mayoría de los líderes europeos hasta ahora han sido reacios a provocar a Trump con abierta crítica. Pero temen que la cumbre con Putin aseste otro golpe a sus relaciones con Washington, comerciando con la seguridad occidental. Más allá de una simbólica reunión de ideas, Putin podría persuadir a Trump para detener los ejercicios militares de la OTAN encabezados por Estados Unidos en Polonia y los países bálticos, a los que Rusia se opone vehementemente. También podría convencerle de aliviar las sanciones de Estados Unidos contra Rusia, sin tener en cuenta la situación de Crimea. Cualquiera de estas opciones sería devastadora para los intereses occidentales.

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La situación es volátil. Trump se enfrentó a la canciller alemana Angela Merkel el miércoles pasado, diciéndole que Alemania estaba “totalmente controlada por Rusia” porque importa altos niveles de gas natural ruso. Anteriormente, le había dirigido severas cartas a ella y a los líderes de otros aliados de la OTAN, repitiendo su crítica de que gastan muy poco en su propia defensa. Por su parte, el jefe de la OTAN, Jens Stoltenberg, advirtió de que la relación transatlántica y su alianza militar podrían no sobrevivir este bache.

Los críticos de Trump no ponen en tela de juicio que, en circunstancias normales, los líderes de las dos mayores potencias nucleares deban hablar entre sí directamente sobre cuestiones como los acuerdos nucleares y las limitaciones de armas. Pero pocos observadores de política exterior en Washington creen que Trump promoverá la seguridad occidental al involucrar a Putin en esos asuntos urgentes -incluida una extensión del tratado de reducción de armas New START entre Estados Unidos y Rusia, que expira en tres años- o que se vaya a encarar a Moscú en temas como la desestabilización de Ucrania o el apoyo al asesino Bashar al-Assad en Siria, o la intervención en las elecciones presidenciales de 2016 en Estados Unidos. Trump ha expresado públicamente su desacuerdo con los hallazgos de los servicios de inteligencia de EE. UU. y con los miembros de su propia administración que dicen que Moscú intervino en las eleciones. Rusia continúa diciendo que no tuvo nada que ver.

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La percepción de Putin como el principal adversario geopolítico de Estados Unidos es un elemento central para su popularidad en Rusia, y es muy probable que el líder ruso use la cumbre para pulir esa imagen. Y Trump, presumiblemente, ayudará a validar las acciones de Putin para socavar el orden mundial liberal liderado por Estados Unidos. En reuniones anteriores con Putin, el ministro de Asuntos Exteriores, Sergei Lavrov, y otros funcionarios rusos que Trump admira, el presidente de Estados Unidos ya ha mostrado lo susceptible que es a la adulación, algo que Putin, el despiadado ex oficial de la KGB, sin duda intentará explotar.

Pase lo que pase, la cumbre casi seguramente ahondará la brecha entre los Estados Unidos y sus aliados europeos. El dilema al que estos se enfrentan es que el implacable antagonismo de Trump hacia ellos no se debe a su fracaso para apoyar la alianza transatlántica dirigida por Estados Unidos, sino a su insistencia en preservarla. Saben que responder de la misma manera solo dañaría aún más la unidad occidental. En algún momento, sin embargo, se cansarán de someterse a sus golpes.

Algunos altos cargos ya lo han hecho. En un tweet del martes, el presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, señaló que la UE gasta en defensa más que Rusia y tanto como China. “Aprecie a sus aliados”, escribió en un mensaje a Washington después de la firma de una declaración conjunta de la Unión Europea y la OTAN. “A fin de cuentas, no son tantos”.

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