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‘El régimen asesina a gente mientras el mundo entero se queda mirando’

Restos de edificios derrumbados después de que los ataques del régimen de al-Assad realizados sobre la zona de pacificación del distrito Hamouriyah en la sitiada Ghouta oriental en Damasco, Siria, 6 de enero de 2018 [Samir Tatin / Agencia Anadolu]

Mohamed Adel lleva cuatro días en su oficina, un sótano debajo de un edificio en Duma, en el este de Ghouta. Un día de medianoche, decidió arriesgarse a tomar el viaje de siete minutos en metro y corrió hasta su casa para ver cómo estaba su familia. “Fue horrible”, dice, deteniéndose cuando un misil golpeaba el edificio de enfrente.

Desde que aumentaron los bombardeos en Guta Oriental hace casi una semana, cientos de familias se han refugiado en sótanos, algunas sin comida ni agua, según cuenta Adel, un periodista que cubre la guerra en Siria. Ayer, un voluntario murió cuando salió a buscar comida para 200 familias atrapadas bajo tierra.

Esta mañana se ha publicado este vídeo en Twitter; en él, parece verse a una joven explicando la desesperada situación en estos refugios del este de Ghouta:

“Algunos de estos niños llevan dos días sin comer”, cuenta Adnan Al-Qadiri, que también está atrapado en Ghouta. Al-Qadiri es miembro del Centro Assous, una organización de sociedad civil que ayuda a las mujeres del país a encontrar trabajo, ofrece apoyo psicosocial a niños y proporciona trigo para que los ciudadanos hagan pan. Incluso las panaderías han sido destruidas.

Adel afirma que la defensa civil ha calculado que, entre el lunes y el jueves, han muerto 334 personas, entre ellas 57 mujeres y 44 niños. Me cuenta que se han producido 338 redadas aéreas, se han lanzado 169 barriles explosivos, tres bombas racimo, 34 misiles napalm y más de 2.800 misiles. Tan sólo el lunes y el martes fueron asesinadas 260 personas, y otras 45 el miércoles.

Fue en el este de Guta en agosto de 2013 donde Al-Assad dejó caer gas sarín y asesinó a más de 1.000 personas. De hecho, desde 2013, los alrededor de 400.000 habitantes de las ciudades cercanas han sido bombardeados por el régimen, con un máximo de uno o dos días de respiro a la semana. Pero el intensificado bombardeo del régimen desde el 19 de febrero supone el peor ataque desde el comienzo del levantamiento sirio.

“La situación es muy, muy, muy mala. Es la peor desde que empezó la revolución. La situación empeora cada día, los bombardeos son cada vez más. Lleva sin parar desde el primer día de campaña”, cuenta Al-Qadiri.

Adel cuenta que, desde el lunes, han sido bombardeados siete hospitales. Ya que el régimen ha atacado hospitales, se han levantado centros improvisados en localizaciones secretas, bajo tierra o en granjas. Los heridos y los convalecientes se llevan allí a rastras, ya que todas las ambulancias han sido destruidas. Los ciudadanos lo llaman una “guerra sucia contra los médicos”, ya que atacar a los trabajadores sanitarios es una táctica que utiliza el régimen.

“Ninguno de los doctores secuestrados por el régimen siguen vivos”, declara Al-Qadiri. “Todos han sido asesinados por el régimen mientras estaban detenidos, o incluso antes de que les llevaran a prisión.”

“Todo el que trabajaba en el campo sanitario era un objetivo del régimen durante la revolución.”

“Hasta ahora, el régimen sigue bombardeando centros médicos”, continúa. “Muchos de los hospitales destruidos durante la revolución en zonas controladas por los rebeldes fueron reconstruidos y empezaron a trabajar médicos, pero el régimen volvió a bombardearlos. En Duma, Homoriya, Saqba y Kafr Batna. Ahora sólo queda uno en Douma.”

Desde el lunes, 22 de estos puntos médicos han sido atacados.

La electricidad necesaria para el funcionamiento de estos centros la proporcionan generadores donados por la ONU, ONGs internacionales o algunos introducidos de contrabando a través de los túneles, antes de que estos fueran destruidos. A veces no hay nada de electricidad, ya que las líneas eléctricas construidas por activistas hace seis años también han sido destruidas, lo que significa que también existe una ausencia de agua. Cuando los generadores se apagan, los doctores operan con la luz de sus teléfonos móviles.

Es complicado conseguir el equipo médico necesario, cuenta Al-Qadiri, ya que, durante dos años, el régimen ha impedido que entre ayuda médica. La medicina de las farmacias ha caducado, pero “la gente la toma de todas formas”, explica.

Ciertos medicamentos se introducen de contrabando, pero los precios son altos y suben cada día. Tras ser operados, los pacientes tienen permitida una pastilla, con un máximo de dos para que queden suficientes, cuenta Al-Qadiri. Algunas operaciones se realizan sin anestesia, añade Mohamed Adel: “En Guta nos falta todo tipo de equipamiento médico – también doctores y enfermeros. La mayoría de la gente que hay aquí son voluntarios preparados.”

Ahora, en el este de Guta sólo queda un doctor de cada especialidad, por ejemplo, sólo hay un cirujano y un pediatra. Desde que se impuso el asedio en 2013, nadie ha podido entrar, tampoco médicos internacionales. “Algunos estudiantes de medicina ayudan a los doctores. No se han graduado, pero tienen que ayudar”, explica Al-Qadiri.

Estos centros médicos no pueden aceptar a todos los heridos – cuando caen bombas, 100 o 200 personas necesitan asistencia médica. “No pueden tratar a tanta gente. Tienen que elegir a quienes están cerca de morir para tratarles a ellos”, añade.

Como ha sido el caso a lo largo de los siete años de guerra en Siria, las personas que viven en este infierno condenan el silencio internacional. El derramamiento de sangre continúa porque nadie ha responsabilizado al régimen, cuenta Adel: “Si nadie les disuade, seguirán cometiendo crímenes.”

Llevar a Siria a ser una de las principales prioridades es “un sueño, mientras Assad siga en el palacio presidencial”, continúa. “Con Assad, no veo más futuro para Siria que uno plagado de guerra y muerte.”

“¿Por qué la comunidad internacional no ha hecho nada para ayudar? Podrían hacerlo si quisieran, pero no lo van a hacer”, sigue Al-Qadiri.

“El régimen asesina a gente mientras todo el mundo se queda mirando. ¿A qué esperan? Nadie lo sabe

 

 

 

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MEMO Staff Writer